Carta de París a Madrid (25/4/1886)

Publicada en El Socialista n° 8, Madrid, 30 abril 1886, p. 3.

París, 25 de abril de 1886.

Por el telégrafo habrán sabido la sentencia del tribunal de Villefranche en la causa intentada contra Duc-Quercy y Roche: quince meses de prisión, o sea el máximum de la pena. No cabe duda que esta sentencia ha sido dictada a los jueces de Villefranche por el Gobierno central, y al Gobierno por los capitalistas que dirigen la Sociedad minera y metalúrgica del Aveyrón, y la prueba de ello es que veinticuatro horas antes que el tribunal «se pronunciara», un periódico ministerial de París anunciaba que los periodistas en cuestión serían condenados «a la pena de quince meses de cárcel».

A esto queda reducida la independencia de la magistratura en la más democrática de las Repúblicas burguesas.

Y la naturaleza de las leyes que nos rigen es tal, que los sofistas de la situación no tienen reparo en interpretarlas a medida de su conveniencia o de sus intereses, dándose el escandaloso espectáculo de que en una causa por «atentado a la libertad del trabajo», el tribunal correccional, o de primera instancia, se ve en la alternativa o de absolver a los acusados—lo que habría sido desobedecer las órdenes del Gobierno—o de condenarlos por un simple delito de imprenta, es decir, por haber telegrafiado a sus periódicos respectivos noticias que los agentes de la Compañía minera califican de «noticias falsas», y que, sobre no haberse demostrado que lo fuesen, no eran de la competencia del tribunal correccional, sino del Jurado.

Hay más; los periódicos Le Radical y La Nation, que tenían corresponsales en Decazeville, publicaron las mismas «noticias falsas» y al mismo tiempo que Le Cri du Peuple y L’Intransigeant. ¿En qué consiste que los corresponsales de aquellos dos periódicos no han sido en­causados ni molestados siquiera?

Misterios de la burguesía.

* * *

La verdad es que con esta estúpida condenación la clase gobernante ha puesto de manifiesto el terror que la domina y ha trazado a todos los socialistas revolucionarios la conducta que deben seguir en las circunstancias actuales: puesto que el sufragio universal sólo sirve de protesta contra la política de nuestros abyectos explotadores, reunirse todas las fracciones del socialismo para protestar votando por uno de los condenados de Villefranche en la elección más próxima.

En efecto: por renuncia de Enrique Rochefort, nombrado en octubre último diputado de París, una elección debe tener lugar en el departamento del Sena el día 2 del mes entrante. A fin de ponerse de acuerdo sobre esta elección, el 21 de abril celebróse un Congreso en el café llamado de la Prensa, al cual asistieron los delegados de la Unión federativa de los trabajadores socialistas de Francia, del Comité revolucionario central, de la Unión de los grupos socialistas independientes, de la Aglomeración parisiense (Partirlo Obrero), del Comité central de los radicales socialistas, de la Unión socialista para la acción revolucionaria, de los periódicos Le Cri du Peuple, L’Intransigeant, La France Libre, Le Socialiste, Le Prolétariat y la Revue Socialiste.

Después de una larga discusión sobre un manifiesto común, adoptóse la proposición siguiente:

«Considerando que la unión sería inmediatamente imposible si por la forma se impusiesen condiciones especiales, sea cual fuere la importancia de estas condiciones, la reunión decide que no habrá manifiesto ni programa común, y que cada grupo conservará su manera de ver y defenderá la candidatura única de protesta desde su punto de vista particular.»

Tratábase de saber quién debía ser el candidato de la unión, si el ciudadano Duc-Quercy o el ciudadano Roche, puesto que ambos habían sido condenados por la misma causa y a igual pena. Habiéndose echado a suerte estos dos nombres, el de Roche salió el primero, y en su consecuencia el ciudadano Roche fue proclamado candidato.

Ernesto Roche es un antiguo grabador, que redactaba el Movimiento Obrero en el periódico L’Intransigeant.

Este candidato puede y debe considerarse, en las circunstancias presentes, como el «candidato de la huelga de Decazeville», o lo que es lo mismo, de la lucha entre el trabajo y el capital, entre la clase obrera y sus insaciables explotadores, lucha que no se había presentado hasta ahora con caracteres más francos y determinados.

Según dice, con razón, nuestro querido amigo Julio Guesde en Le Cri du Peuple:

«Votarán por Roche todos los trabajadores que saben—y lo prueban con sus suscripciones de todos los días—que lo que está en litigio en Decazeville es la causa del trabajo, y que desean que la victoria definitiva la obtenga su clase.

»Votarán por Roche todos los socialistas que, con la restitución a la sociedad de las minas, talleres, máquinas, etc., aspiran a poner fin al régimen del salario, esclavitud moderna.

»Votarán por Roche todos los revolucionarios que sólo creen—y con razón—en la fuerza para el establecimiento del nuevo orden de cosas, de una República verdaderamente republicana.»

* * *

Entretanto, los animosos mineros del Aveyrón, admirablemente secundados por Basly, Camélinat y demás diputados obreros, se muestran más resueltos que nunca a la resistencia, no obstante las intrigas de los directores de la Sociedad minera, que, valiéndose de la buena voluntad de ciertos «conciliadores», tratan de sembrar el desaliento y la división entre los huelguistas.

Afortunadamente, las tentativas hechas por el alcalde de Decazeville, M. Cayrade, para conseguir un arreglo entre la Compañía y los mineros en huelga, han puesto en evidencia una vez más la mala fe y las intenciones leoninas de estos jesuitas de hábito corto. En las entrevistas que M. Cayrade ha celebrado estos días con el famoso León Say, presidente del Consejo de administración de la Sociedad minera del Aveyrón, el alcalde de Decazeville no ha podido obtener más que frases vagas, proposiciones capciosas, en una palabra, revelación de un sistema de emboscadas en que esperan habrán de caer un día sus antiguos esclavos.

Estos resultados nos confirman una vez más en nuestra opinión, que por fortuna es la de los huelguistas, que no se debe parlamentar con el enemigo, sino aniquilarlo.

Nuestros gobernantes, senadores y diputados, se han votado a sí mismos unas vacaciones que durarán próximamente un mes. En este tiempo la acción de los «conciliadores» quedará virtualmente suspendida, lo que no impedirá a los huelguistas el continuar organizándose y arbitrando recursos cada vez en mayor escala. Las suscripciones abiertas por los periódicos socialistas siguen aumentando en proporciones nunca vistas hasta ahora. La de Le Cri du Peuple asciendo ya a la enorme suma de 44.000 francos.

Cuando nuestros legisladores vuelvan de su viaje de recreo, es posible que se encuentren con alguna desagradable sorpresa.

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