El socialismo (1902)

Juan B. Justo (1865-1928) / Escritos y conferencias

El Socialismo

Conferencia dada en el salón «Unione e Benevolenza», de Buenos Aires, el 17 de agosto de 1902. Se publicó en folleto ese mismo año y luego tuvo numerosas ediciones, siendo uno de los trabajas más reproducidos del socialista argentino.

Trabajadores y ciudadanos:

Venciendo una íntima resistencia, vengo a explicar el socialismo en su sentido general. Me han atraído siempre los problemas concretos, y, en nueve años de acción y de propaganda, he mostrado cómo entiendo la doctrina que profeso, dando el último lugar a la doctrina, no dejándola aparecer sino aplicada. Sin ocultarlos tanto que puedan quedar estériles, tengo cierto pudor por mis hipótesis y mi ideal. Demasiado nos separan a los hombres las cosas de la vida práctica para que nos dividamos aún más por jactancias de teoría.

Al deferir, pues, al Comité Ejecutivo del Partido Socialista argentino, que me ha pedido esta conferencia, quisiera que mis palabras, libres de toda etiqueta dogmática, aunque dichas en nombre de un partido de clase, merecieran la atención y la simpatía de hombres de todas las clases sociales. Y me halaga la esperanza de conseguirlo, pues no tengo que dar un contenido ficticio a una vana fórmula, sino presentar y tan objetivamente como me sea posible, el grandioso movimiento que empuja hacia adelante al mundo civilizado, cuya contemplación da, por lo menos, la noción de un hecho, o, enriqueciéndonos en sentimientos e ideas, nos imprime una armónica tendencia.

¿Qué es el socialismo?

La palabra suele emplearse para designar, por una parte, el movimiento obrero, Por otra, la idea de una sociedad igualitaria y comunista, acepciones estrechas que a veces, por ignorancia, o por cálculo, se exageran hasta el ridículo. Para ciertos patrones, el más insignificante reclamo de los trabajadores es socialismo, y en su forma más peligrosa; así, un estanciero, al llegar a la cocina de los peones, encontró escritas en la puerta las palabras «¡Más galleta!», y, azorado volvióse a contar a su esposa que todos los peones eran anarquistas. O se mira el socialismo como la ilusión de unos bienaventurados, que pasan su tiempo en la esperanza de un mundo mejor, descuidando la vida real en homenaje a la utopía. «¡Soñadores!» nos dicen los cristianos ansiosos del paraíso y los patriotas satisfechos con que la constitución hable de libertad y fraternidad.

Parciales y contradictorias como son las ideas corrientes sobre el socialismo, ellas encierran, sin embargo, los elementos esenciales de una fórmula sintética: la agitación proletaria, fuerza viva del movimiento, y su objetivo ideal.

En efecto, el socialismo es la lucha en defensa y para la elevación del pueblo trabajador, que guiado por la ciencia, tiende a realizar una libre e inteligente sociedad humana, basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción.

Dar la razón de ser de este movimiento y su significado en el actual desarrollo histórico, es el objeto de esta conferencia.

El proletariado en acción contra la explotación capitalista

Desde luego, en la lucha por el pueblo trabajador tiene la parte principal el mismo pueblo que trabaja. Para el proletariado industrial y agrícola, la moderna clase social formada por los trabajadores sin medios de trabajo, que viven, por consiguiente, de un salario, el socialismo es una lucha de clase, la resistencia contra la explotación a que lo sujeta la otra clase social, propietaria de los medios de producción.

¿Cómo se distribuye la riqueza, es decir, el producto del trabajo humano, en la sociedad actual? En tanto que su trabajo es necesario y productivo para la clase privilegiada, los proletarios reciben, bajo la forma de salario, lo necesario para vivir. Lo demás aprópianselo los propietarios en forma de renta, privilegio inherente a la propiedad del suelo y demás medios naturales de vida y de trabajo, y en forma de interés y ganancia, privilegios que corresponden a la propiedad de los medios de producción y de cambio creados por el hombre. Estos privilegios son cambiables entre sí, valuándose una propiedad raíz en un capital que dé a su dueño una suma de interés más o menos igual a la que aquélla da de renta. Por otra parte, los capitales, cualquiera que sea la forma inmediata de su aplicación, ya se empleen más en salarios que en animales, máquinas y materias primas, o, al contrario, se inviertan más en adquirir estos productos del trabajo pasado del hombre que en pagar trabajo humano actual, tienden a recibir una tasa media de beneficios en todo el campo de la producción. En la explotación moderna, muy propiamente llamada explotación capitalista, toca, pues, a cada propietario una porción de lucro proporcional a la cantidad que maneja de trabajo humano vivo o muerto, recién en ejercicio o ya incorporado a la materia.

Planteadas así las cosas, los proletarios son sistemáticamente despojados y no tienen siquiera la seguridad de una retribución regular, ni de encontrar trabajo. Sus servicios se aceptan o rechazan, se aprecian en más o en menos, según la ley de la oferta y la demanda. Para los economistas, como para los empresarios, el precio del trabajo humano se fija como el de cualquier mercancía. Marx, el teórico más grande del socialismo, ha tomado esta idea de los economistas clásicos, la ha utilizado diciendo que la mercancía no es el trabajo sino la fuerza de trabajo, y ha hecho de está fórmula una de las bases de su crítica. En su libro «El Capital», pregúntase Marx de dónde puede provenir el incremento del capital en la circulación siendo así que en los cambios siempre se dan equivalentes, y resuelve el enigma descubriendo la mercancía «fuerza humana de trabajo» por la cual el capitalista paga al obrero estrictamente su valor de cambio, determinado, como el de toda otra mercancía, por el tiempo de trabajo necesario para su producción, es decir, en este caso particular, para conservar vivo y renovar el individuo que trabaja, proporcionándole en forma de salario, los indispensables medios de subsistencia y reproducción; y al consumir esa mercancía «fuerza de trabajo», al hacer trabajar al obrero, el capitalista encuentra que ella reproduce, por ejemplo, en seis horas el equivalente de su propio valor, lo que no impide hacerla funcionar, por ejemplo, doce horas, y producir así; otro tanto de valor no pago, de supervalía, de ganancia para el patrón.

Esta doctrina de Marx es la irrefutable crítica de los sofismas con que se pretende justificar y eternizar el privilegio, y un ingenioso modo de patentizar la explotación de los trabajadores por los capitalistas mediante el arsenal teórico de éstos mismos. En cuanto a la estática de la sociedad burguesa, es, sin embargo, una simple alegoría, pues la realidad no se compone de artificios como el del trabajo-mercancía. Marx mismo reconoce que «la determinación del valor de la fuerza de trabajo comprende un elemento histórico y moral», elemento que para nada entra en la del valor de las mercancías. La fuerza humana de trabajo es inseparable del hombre, y una sana teoría social no puede confundir los hombres con las cosas, ni con los animales de otra especie, que son las mercancías. La fuerza de trabajo no puede almacenarse: su falta de empleo es la muerte del que no trabaja porque no puede o del que trabaja demasiado para que otros vivan sin trabajar. En este sentido, la fuerza de trabajo es más despreciada y malgastada que la más vil de las mercancías. Pero si el obrero es explotado por el capital, si la mujer proletaria es prostituida para el placer de los poderosos, si el niño pobre es despojado al nacer de su alimento natural para que su madre sea el ama de un niño rico, no es por efecto de la ficción teórica del trabajo-mercancía, sino de la lucha por la vida en las condiciones peculiares de la sociedad humana actual. Busquemos las bases de la sociedad en las leyes fundamentales de la vida y de la inteligencia.

La lucha de clases

Los trabajadores sienten sus propias penas, simpatizan con sus compañeros de servidumbre y aúnan sus esfuerzos para defenderse colectivamente y elevar su situación en la sociedad, lucha de clase que Marx. ha contribuido a encender desarrollando hasta sus últimas consecuencias la teoría del trabajo-mercancía y anunciándolas al pueblo trabajador.

En esta lucha el proletariado sigue el ejemplo de las clases oprimidas y enérgicas de todos los tiempos. Desde la disolución de la sociedad gentil basada en el parentesco y cierta comunidad de bienes dentro de la «gens», para ser reemplazada por el Estado, basado en el territorio y la propiedad, la historia interna de los pueblos ha sido una serie ininterrumpida de luchas de clases: eupátridas y trabajadores, en la naciente Atenas; ricos y pobres, en la Grecia de la decadencia; patricios y plebeyos, en Roma; señores y campesinos, nobles y burgueses, en la Europa Occidental, y ahora, en el mundo entero civilizado, burgueses y proletarios.

Y no se trata esta vez de una relación patriarcal de amo y servidor, compatible con la vida regular de éste aunque no se dé cuenta de su situación, y, habituado a ese mutualismo casi biológico, no ambicione una vida mejor, ni sea capaz de conseguirla. Los artesanos de la Edad Media trabajaban en condiciones permanentes fijadas por la costumbre. Los siervos, adscritos a la gleba, tenían seguros, por lo menos, una casa y un campo que transmitían a su familia; sólo las depredaciones de los señores pudieron arrastrarlos a la revuelta, a la «Jacquerie». Todo es estable cuando el modo de producción es estable. Al contrario la época actual, de incesante progreso técnico-económico, obliga a la clase obrera a una continua lucha defensiva, so pena de perecer.

En las sociedades modernas se produce casi exclusivamente para el cambio, y el cambio está entregado a la libre competencia, en la cual triunfa el capitalista que más reduce el costo de producción. Sin tener, pues, más sed de lucro que la inherente y saludable a su clase social, los empresarios tienden, por una parte, a economizar gastos a expensas de los trabajadores que emplean, por otra, a mejorar la técnica industrial.

La primera tendencia se manifiesta prolongan do la jornada de trabajo, disminuyendo los días de fiesta, ahorrando sobre las condiciones materiales de trabajo necesarias para la salud y la de los obreros, sobre el alojamiento y la comida de éstos cuando son huéspedes del patrón, deprimiendo en general los salarios, habituando a los trabajadores a una vida inferior, a alpargatas en vez de botas, porotos en vez de carne, aguardiente en vez de vino, mate cocido en vez de café.

La revolución de la técnica trastorna más aun la vida del trabajador. Las máquinas lo desalojan, lo arrojan de un campo de la producción a otro, le imponen un esfuerzo más sostenido e intenso; la jornada, ya larga, se prolonga desmesuradamente, se muele o se teje día y noche, si así conviene al capital; las hornallas no se apagan ni los más indispensables días de reposo y de fiesta; las mujeres y los niños son arrebatados por la fábrica al hogar obrero, amenazándolo de completa disolución. La población trabajadora, amontonada en las ciudades o diseminada en los campos, parece el simple anexo de un mecanismo destinado a producir para los dueños del capital.

Y, en efecto, cada tantos años llega un momento en que no hay quien compre los productos a un precio conveniente para los capitalistas, aunque no falta, por supuesto, quien necesite consumirlos; se ha producido demasiado, y no hace cuenta producir más. Fábricas y talleres se paran entonces, y quedan sin trabajo miles o millones de obreros.

Así, mientras cierto número de potentados, a cuyas arcas un hilo de oro afluye sin cesar, cuentan sus rentas por minuto y hasta por segundo; mientras el progreso industrial realza la vida de la clase propietaria y parece ofrecer a todos el bienestar, la masa laboriosa lleva una vida precaria en su misma escasez, ve diezmada su prole por las enfermedades y sucumbe prematuramente a una tarea excesiva sin recompensa.

No son idénticas en todos los países las condiciones de trabajo y de vida del pueblo, en las cuales diversas circunstancias introducen variantes de cierta consideración; pero cuando el capitalismo opera sin trabas, su tendencia a deprimir esas condiciones es universal.

La clase obrera entra, pues, en movimiento, impulsada por los motivos más fuertes, de orden biológico, por el hambre y por el amor, y sus primeros actos de defensa son por eso a veces ciegos e instintivos: el asesinato de los inventores, la destrucción de las máquinas, el incendio de las fábricas.

Las huelgas

Pronto llegan los proletarios a un primer grado de conciencia en que comprenden su situación de clase explotada, sin ser todavía capaces de librarse de la explotación; pero ya saben resistirla, uniéndose para oponerse a las exigencias del capital, en la huelga, fenómeno tan común que constituye uno de los grandes caracteres de la época histórica actual.

No faltan asimismo quienes, no comprendiendo o no queriendo comprender las huelgas, las atribuyen a la influencia de teorías, o a una agitación artificial sostenida por elementos nocivos, extraños muchas veces a la clase trabajadora. No podemos responderles mejor que refiriéndonos a las huelgas en los Estados Unidos, grande y poderoso pueblo moderno, incapaz, sin embargo, para la teoría, y en cuyo seno ha encontrado hasta ahora el socialismo un eco tan débil como fuerte es la tendencia de los trabajadores a esta forma elemental de la moderna lucha de clases.

Hasta 1870 las huelgas fueron raras en los Estados Unidos; de 1871 a 1880 se produjeron en número de 1123, y en las dos décadas siguientes su frecuencia e importancia han aumentado considerablemente. De 1881 a 1890 hubo 9173 huelgas, que comprendieron 45.801 establecimientos e interrumpieron el trabajo de 2.460.641 obreros; en los diez años siguientes las huelgas fueron 13.620, parando 71.708 establecimientos y 3.645.053 obreros, incremento mucho mayor que el de la población en general y casi paralelo al de la población industrial.

¿Cuáles son los obreros que así entran en pugna con el capital? ¿Acaso los, míseros e incultos trabajadores negros de los Estados del Sud? De ninguna manera. Los conflictos industriales se producen sobre todo en los Estados del Noreste, donde toda la población obrera es blanca. Cinco Estados, el pujante Illinois, el rico Ohio, la industrial y minera Pensilvania, el Estado-imperio de Nueva York y el educado Massachusetts, dan por sí solos el 74,78 por ciento de los establecimientos en huelga.

La organización de las huelgas, cada vez mejor preparadas por asociaciones permanentes de obreros, prueba el creciente vigor de la conciencia proletaria. De las 9173 huelgas producidas durante los años 1881-90 en los Estados Unidos, 5669, es decir, 61,8%, fueron ordenadas por sociedades gremiales, mientras que en la década siguiente esta proporción se eleva a 64,5%, pues 8788 huelgas sobre 13.620 fueron resueltas por organizaciones obreras, progreso, mucho más patente en el cuadro que sigue, construido con datos extraídos, como los anteriores, de las cifras del decimosexto informe anual del comisionado del trabajo de los Estados Unidos:

Este cuadro muestra:

1) Que en ambas décadas la proporción de los establecimientos en que la huelga fue decretada por asociaciones obreras ha sido mucho mayor que la proporción de las huelgas ordenadas por éstas, según la indiqué anteriormente, es decir, que entre las huelgas ordenadas por las asociaciones figuran las más importantes, las que se extienden en término medio a mayor número de establecimientos.

2) Que la proporción de las huelgas organizadas por asociaciones aumenta notablemente de una década a otra.

3) Que la proporción de huelgas triunfantes es mucho mayor entre las huelgas ordenadas por asociaciones obreras que entre las otras.

4) Que el éxito de las huelgas decretadas por sociedades gremiales ha sido notablemente mayor en la segunda década que en la primera.

A la creciente intensidad, se agregan, pues, la creciente conciencia y la creciente eficacia del movimiento proletario; y como en los Estados Unidos, en el mundo entero civilizado.

Los trabajadores no se limitan a resistir al empeoramiento, sino que reclaman perentoriamente mejoras. En todas partes son más las huelgas de ataque que las de simple defensa. De 1894 a 1900 ha habido en Austria 167 huelgas contra la reducción de los salarios y 985 huelgas exigiendo su aumento, y en Francia, 399 huelgas contra la reducción y 1976 por el aumento. De 1892 a 1899 ha habido en Inglaterra 33 huelgas contra el aumento de las horas de trabajo y 67 por la reducción de éstas, y en Italia 22 huelgas defensivas, contra la prolongación de la jornada, y 87 huelgas de ataque, para acortarla.

Las huelgas son, con todo, conflictos destructivos que, paralizando el trabajo, arrojan a los obreros en la miseria aguda y quitan ganancias a los empresarios, con el consiguiente retardo en la acumulación del capital. La influencia diaria y latente de las organizaciones obreras de resistencia, indispensable para vigilar de cerca las relaciones de los trabajadores con las empresas y oponerse a los abusos de éstas, es, pues, muy superior a la que resulta directamente de las huelgas.

El gobierno de clases

Pero, por su misma eficacia, pronto encuentra la organización gremial un enemigo contra el cual no está preparada a luchar. No en vano ha dicho un estadista. «El Estado es un complot de ricos que tratan de su propia conveniencia». Complacientes con los poderosos, los gobiernos prohíben las sociedades de resistencia o desconocen su legalidad, sofocan violentamente las huelgas, en la sangre o la prisión reemplazan con soldados a los trabajadores en huelga. Y en cambio de tantos servicios, merman los salarios de los obreros con impuestos de consumo, y, si están en manos de una clase propietaria inepta, envilecen la moneda, con lo que despojan a ciertos capitalistas, al mismo tiempo que parecen favorecer a todos ellos deprimiendo los salarios. A la tiranía y la explotación del capital se agregan para el pueblo la tiranía y la expoliación del gobierno.

En los albores de su conciencia política, los trabajadores están, pues, llenos de odio o de desdén por la ley y las cosas del Estado; los seducen las fórmulas absolutas y falsas, puramente negativas de las instituciones: la propiedad es el robo, repiten, sin pensar en qué puede entonces entenderse por robo; y en el terreno de los hechos, no van más allá del asesinato político y de algún incendio de oficina de recaudación. Por mucho que estos actos repugnen a los hombres inteligentes y cultos, no es posible condenarlos cuando son la manifestación genuina de un espíritu de resistencia a la opresión política, incapaz de actuar con más eficacia y altura. Los atentados y revueltas son dolorosos para el pueblo, pero éste sufre más en el supersticioso quietismo. Puramente destructiva, y en gran parte contraproducente, la reacción violenta es mejor que la falta de toda reacción.

«Cuanto menos tengan los trabajadores que hacer en cualquier forma con la ley, tanto mejor». Tal era la opinión invariable de las antiguas uniones gremiales inglesas, prejuicio que sólo abandonaron hacia 1867, cuando las «trade-unions», que ya eran poderosos organismos, viéronse amenazadas de disolución y castigados como criminales sus más simples actos de defensa, en virtud de leyes calculadas para su ruina. Los consejos de oficio recomendaron entonces a los obreros la importancia de registrar sus nombres como electores y no apoyar en las elecciones siguientes sino a los candidatos que se comprometieran a sostener las demandas de las «trade-unions». Desde entonces estas organizaciones intervienen en la política, apoyando indistintamente a los dos partidos tradicionales de Inglaterra, según lo que consideran las conveniencias obreras del momento. Su órgano permanente es el Comité Parlamentario, electo cada año por el Congreso general de las uniones gremiales para vigilar la acción de los legisladores y ejercer presión sobre ellos. Por el estilo de la inglesa es la política obrera los Estados Unidos.

En estos países, a pesar del gran desarrollo del movimiento gremial, que se ha hecho empíricamente, casi sin guía teórica, la conciencia de clase de los trabajadores no está del todo formada. Al contrario, una buena parte de las huelgas en el Reino Unido nacen de «disputas entre diversas clases de trabajadores», como los documentos oficiales tienen buen cuidado de hacer constar, y en Norte América afean el movimiento obrero numerosas huelgas contra el empleo de trabajadores negros o chinos, contra obreros «importados» o de ciertas nacionalidades, o simplemente de otra organización gremial. La solidaridad es estrecha dentro de la corporación de oficio, cuyos grupos locales forman una federación nacional, delegados ingleses y norteamericanos pasan la frontera para deliberar en los congresos internacionales de obreros mineros y tejedores, la simpatía es viva entre los gremios diferentes, pero no hay allí todavía un vínculo material ni mental que ligue a los trabajadores todos. Así, la política obrera en esos países es estrecha y deficiente.

En los pueblos más cultos, Suiza, Alemania, Escandinavia, en Francia y en Italia, los trabajadores conscientes llevan la lucha de clase en que están empeñados directamente al campo de la política, donde se afirma con toda su amplitud y toda su fuerza la solidaridad de los que trabajan. Si ha de haber partidos, ninguna división tan fundamental como la de los hombres que trabajan por un salario contra los dueños del suelo y del capital. Frente a los viejos partidos de las clases privilegiadas, levántase, pues el partido obrero para hacer valer los derechos políticos de los trabajadores donde han sido ya reconocidos o conquistarlos, si es necesario mediante la huelga general, donde, como en Suecia, no, hay sufragio universal, o, como en Bélgica, el voto obrero es tenido en menos.

Sea directamente, por la iniciativa y el referéndum populares de las leyes, como se los practica ya en Suiza para ciertas cuestiones, sea mediante su representación, que asciende ya a cientos de diputados en los parlamentos del mundo y a miles de concejales, el partido obrero lucha con fines inmediatos de una luminosa evidencia: 1)valerse de la fuerza del Estado para moderar la explotación patronal; 2) librar al pueblo de la expoliación fiscal; 3) hacer que el Estado y los municipios cumplan sus deberes elementales de higiene, educación, asistencia, etc. Esos tres órdenes de reformas constituyen la médula del programa mínimo del partido obrero, que en cada país se adapta, por supuesto, a las circunstancias y necesidades del ambiente.

Las nuevas leyes…

En cumplimiento de esos fines rigen ya leyes nuevas que regulan ciertas relaciones de los hombres, abandonadas hasta hace poco tiempo a la ley del pecuniariamente más fuerte. El Estado y los municipios se hacen empresas ejemplares respecto de los trabajadores que emplean, e imponen la misma línea de conducta a las empresas particulares que les sirven, mediante condiciones estipuladas en los contratos. Las sociedades gremiales de resistencia son legalmente reconocidas, y a ellas se dirigen en demanda de informes las oficinas públicas encargadas de levantar la estadística del trabajo. Para ésta y para la inspección del trabajo, fórmase un nuevo departamento de gobierno, que en Nueva Zelandia es un ministerio, el cual estudia y propone las nuevas leyes a dictarse y vigila el cumplimiento de las ya promulgadas sobre el empleo de las mujeres y los niños, las horas de trabajo en general, los días de reposo, el modo de pagar los salarios, el alojamiento de los trabajadores, la instalación de las fábricas del punto de vista de la seguridad y la higiene, la responsabilidad en los accidentes, los conflictos entre patrones y obreros, y demás reglamentaciones que en los países adelantados constituyen ya todo un código industrial.

Necesarias para todos

Y no son sólo los trabajadores quienes lo piden y lo aprecian. La organización obrera de resistencia gremial y política es un factor indispensable en la vida de los pueblos modernos para evitar los peores excesos de la competencia y la explotación. El más bueno de los patrones, la empresa más atenta al bienestar de sus obreros, no pueden, en general, acortar la jornada ni elevar los salarios más allá del término medio, ni hacer gastos de instalación o indemnización que no hagan las otras empresas, sin elevar su costo de producción y ponerse, por consiguiente, en malas condiciones de competencia con las otras unidades industriales del género, lo que los expondría a pérdidas y aun a la ruina, con la cual sufrirían también los obreros. Los mejores, pues, de los jefes de industria o comercio ven con buenos ojos la resistencia obrera y las leyes sobre el trabajo, que les permiten hacer valer sus buenas intenciones para con los trabajadores que emplean.

Lo conseguido

Y que esa resistencia y esas leyes concurren a impedir la degradación de la clase trabajadora en los países nuevos y prósperos donde no se ha consumado todavía, y en los otros países, a levantar al pueblo trabajador de la miseria en que lo ha hundido la explotación capitalista, lo prueba el hecho de que, hasta donde alcanzan las investigaciones de la estadística, las condiciones de trabajo y de vida mejoran en los países más adelantados, haciendo al pueblo proletario, siquiera en grado mínimo, partícipe de los beneficios del progreso.

Desde 1893 publícase oficialmente un informe anual sobre los cambios acaecidos en las horas de trabajo y los salarios en la Gran Bretaña e Irlanda. Resumiendo los datos de los años 1893 a 1900, se encuentra que 82.367 trabajadores sufrieron un aumento de las horas de trabajo, y 363.802 obtuvieron una reducción de la jornada, mejora que se aprecia mucho más cuando se sabe que los aumentos de tiempo fueron en su mayor parte insignificantes, mientras las reducciones alcanzaron para decenas de miles de trabajadores a 4, 6, 8 ó más horas por semana, pasando de 4 horas por semana el acortamiento medio de la jornada para los trabajadores comprendidos en las estadísticas de los años 1894, 1897 y 1900. De una investigación hecha por la Oficina de Trabajo del Estado de Nueva York sobre las horas de trabajo de los obreros de 5.000 establecimientos de ese Estado, resulta que en 1891 el 16,67 por ciento de los obreros trabajaban de 52 a 57 horas por semana, y el 72,18 por ciento de 58 a 63 horas, mientras que en 1899 la primera categoría ascendía a 22,04 por ciento y la segunda bajó a 63,13 por ciento, pudiéndose seguir de año en año en las cifras de todo ese período el triunfo sostenido y gradual de la jornada de 9 horas sobre la de 10.

Datos mucho más completos permiten afirmar que los salarios han subido en los últimos cincuenta años. Según las investigaciones de 1840-45, 1860-65 y 1891-93, en los departamentos de Francia, excepto el del Sena, el salario medio de los obreros de las principales industrias fue en esas tres épocas respectivamente 40, 53 y 77 centavos de peso oro americano, y el de las obreras, 20, 25 y 42 centavos. En París el incremento de los salarios no ha sido menos rápido, como se ve en el siguiente cuadro, que he extractado del «Bulletin of the Department of Labor», y muestra la marcha de los salarios en la principal ciudad de Francia, en la ciudad belga de Lieja, en Londres, Manchester y Glasgow, ciudades británicas cuyo término medio de salarios aparece en la primera columna, y en Baltimore, Boston,Chicago, Cincinnati, Filadelfia, Nueva Orleáns, Nueva York, Pitsburgo y Allegheny, Richmond, St. Louis, St. Paul y San Francisco, representadas por el término medio de la cuarta columna. Se trata del salario medio diario, en pesos oro americano, de cierto número de ocupaciones comprendidas entre las de albañil en ladrillo y en piedra, peón de albañil, carpintero, pintor, picapedrero, plomero, herrero y ayudante, calderero y ayudante, moldeador, fundidor y ayudante, mecánico y ayudante, ebanista, tipógrafo, conductor, maquinista y foguista de ferrocarril, carrero y peón:

Este cuadro no sirve para un estudio comparativo de los salarios en los países que comprende, pues, por no ser completos los datos, los términos medios de los distintos países se refieren a grupos diferentes de ocupaciones; en cambio, es bien demostrativo de la tendencia de los salarios a subir, incremento proporcionalmente mayor en Europa que en los Estados Unidos. En este país, la curva de los salarios, deprimida por la crisis de 1893-95, pronto volvió a ser ascendente; partiendo de 100 en 1891, el salario medio llegó a 100,30 en 1892, y bajó después hasta 97,88 en 1895, para subir de nuevo y alcanzar a 103,43 en 1900.

Salarios y precios

La elevación de los salarios en oro adquiere todo su significado cuando se piensa que ella ha coincidido con el encarecimiento relativo del oro, debido a que la producción de este metal no ha podido desarrollarse paralelamente a la de las mercancías en general. Al mismo tiempo que la fuerza humana de trabajo se ha encarecido en oro, y cada unidad de tiempo de trabajo ha venido cambiándose por mayor número de unidades de moneda, cada una de éstas ha llegado a ser equivalente a una cantidad mayor de artículos de consumo. El alza de los salarios reales ha sido, pues, mayor aun que la de los salarios en oro en todos, los países donde rige de verdad el patrón monetario de oro y los trabajadores reciben en oro o en signos equivalentes el importe de sus salarios. Se comprende que el envilecimiento de la moneda corriente imprima a los salarios reales la tendencia contraria.

Gracias al progreso de la técnica industrial, los precios de las mercancías en general han bajado considerablemente en los últimos cincuenta años. Gracias al progreso de la instrucción económica y política del pueblo trabajador, los salarios han subido considerablemente en la misma época. Producir cosas cuesta menos, disponer de hombres cuesta más, diferencia objetiva entre el trabajo humano y las mercancías que el movimiento socialista tiende a acentuar.

El aumento de los consumos

En los principales países, la estadística ha comprobado el aumento de los consumos que la elevación de los salarios hace suponer. ¡Bien venido aumento de los consumos! Las necesidades del pueblo son las más urgentes y reales, sus deseos los más ingenuos; consumiendo más, el pueblo trabajador transforma los productos de su propio trabajo en la mayor cantidad posible de vida y de placer. Y al mismo tiempo aleja y atenúa las crisis periódicas de sobreproducción relativa a que está condenada la sociedad actual.

El «exceso» de producción

Por su misma esencia, el capital tiende a acrecentarse en forma de nuevos y más poderosos medios de producción. Y ¿cómo encontrar salida para tantos productos si en los fecundos campos y en los emporios de la industria el proletariado recibe una alimentación deficiente y falta de variedad, un mal vestido y un peor alojamiento? Y no llenando sus más simples apetitos, no cumpliendo los preceptos higiénicos más elementales, mucho menos puede el pueblo obrero satisfacer sus necesidades superiores, de orden intelectual y estético, que también ofrecerían un ancho campo de salida a los productos de la industria.

En el teatro de la sociedad moderna, represéntase «la vida», la siempre nueva y hermosa función; la concurrencia de los palcos y la platea ofrece grandes claros: muchos abonados, llenos de hastío, no asisten más; otras personas que tendrían acceso a las mejores localidades, sienten temor por el fuerte espectáculo; las que están, han venido tarde y muéstranse distraídas, menos atentas a ver que a ser vistas; en las galerías altas, mientras tanto, apíñase una multitud ansiosa de sentir y admirar las bellezas del cuadro, a la cual no llegan, tan lejos y apretada está, más que trozos de escena, frases sueltas, acordes fugaces; y así, malógrase para todos la obra del arte.

En virtud de la misma eficacia mayor del trabajo humano, prodúcense las crisis, según se dice, por exceso de producción, en realidad por insuficiencia de consumo. Saludemos como un correctivo de esas calamidades periódicas todo aumento de la capacidad de consumo del pueblo.

Por el progreso de la técnica

El altísimo sentido social de la lucha del pueblo obrero por suprimir la competencia capitalista en cuanto ella se hace a expensas de los trabajadores sin mejorar las condiciones de la producción, se complementa cuando, consideramos los efectos directamente opuestos de esa resistencia sobre la otra forma de competencia, la competencia buena y necesaria que, manifestándose en el progreso técnico, aumenta la productividad del trabajo humano. Una clase trabajadora inteligente, que no se contenta con una vida inferior, es el mejor estímulo al perfeccionamiento de los medios y procedimientos de trabajo, pues en la medida en que la mano de obra se encarece, más empeño ponen los empresarios en reemplazarla con medios mecánicos, con maquinas que, por otra parte, sólo pueden ser dirigidas y atendidas por obreros de cierto bienestar y cultura. Esta es una de las faces de lo que se llama la economía de los altos salarios. Donde un proletariado abyecto trabaja de cualquier modo y por cualquier cosa, no se adoptan las máquinas, ni siquiera en las condiciones y los trabajos que más parecerían exigir su empleo. Recuerdo lo que vi en el puerto de Castries, de la Isla Santa Lucía, estación carbonera inglesa, muy bien tenida, donde se supondrían aplicados a la carga y descarga todos los inventos de la mecánica. Cuando el buque hubo atracado, no funcionaron guinches a vapor, que no había, sino una turba de negros, mujeres en su mayor parte, que formando un apretado cordón desde las pilas de carbón hasta las carboneras del buque, desfilaron durante horas llevando los canastos sobre la cabeza con la regularidad de la correa sin fin que conduce los baldes de un elevador. ¿Para qué máquinas si se disponía de esa gente harapienta y descalza, que día o noche hacía, cantando, el penoso y sucio trabajo, muy contenta de ganar así algunos peniques? ¿Por qué en los inmensos rebaños del Plata se emplean poco las máquinas de esquilar? Porque estas han sido inventadas para los esquiladores australianos que cobran de 4,26 a 4,87 $ oro por esquilar cien ovejas, y, aunque trabajan por pieza, saben limitar su jornada a 8 horas; mientras que los esquiladores argentinos no han sabido siquiera exigir un aumento del salario por pieza proporcional al aumento de la lana desde que han mejorado las razas: el tamaño de los animales ha crecido, los pliegues de su piel dan más lana a los estancieros y más trabajo a los esquiladores, pero éstos, que trabajan por día de 12 a 14 horas, no reciben por esquilar cien ovejas más de cuatro a cinco pesos papel moneda depreciado, es decir, 2.20 $ oro, en el mejor de los casos. Sólo con una clase obrera celosa de su mejoramiento es posible la generalización de los procedimientos adelantados de trabajo. Luchando por las 8 horas y la limitación del peso de las bolsas, los hombres que hoy mueven los cereales en los embarcaderos argentinos propenden al más pronto establecimiento de los elevadores, que han de abolir y reemplazar el sistema bárbaro y caro de envasar los granos en sacos.

La centralización industrial

Al promover el empleo y el perfeccionamiento de las máquinas y dejar fuera de combate los establecimientos atrasados, que sacan todas sus ganancias de la explotación sin tasa y sin control y pierden, por lo tanto, toda posibilidad de existencia bajo las leyes reglamentarias del trabajo; al obligar a los empresarios a buscar en la mejor organización de los procesos industriales la mayor economía del costo de producción, la clase trabajadora secunda la tendencia del capitalismo a la centralización, al crecimiento de la unidad industrial, al triunfo de los establecimientos grandes sobre los pequeños. Las construcciones industriales y las máquinas se agigantan, cada uno de esos nuevos organismos ocupa centenas y miles de obreros, y la división del trabajo se extiende en proporción. El obrero es y tiene la conciencia de ser un minúsculo eslabón de una cadena inmensa, y ve que la eficacia de su labor está precisamente en esa vasta cooperación, realizable sólo mediante tan poderosos elementos técnicos. Y hacia otros campos de aplicación del trabajo humano, en el comercio, en los transportes descúbrese la misma perspectiva. Para el trabajador aléjase cada vez más la posibilidad de ser propietario particular de sus medios de trabajo.

La anarquía capitalista

Y si dentro de cada uno de esos poderosos organismos reinan el orden y el método, en las relaciones de ellos entre sí, en la economía nacional y mundial vemos una ruinosa anarquía. La competencia entre las empresas y de las naciones entre sí toma formas destructivas de la riqueza y contrarias a toda idea de sana administración. En aras del privilegio local y de la especulación, los bienes naturales y el trabajo humano se desperdician a montones. Y cuando a la desastrosa competencia de los irresponsables «capitanes de la industria», que muchas veces lo son simplemente porque disponen del dinero, sucede el monopolio del sindicato, cesa el desperdicio, pero se acentúa el despojo.

El monopolio

Operando en grandísima escala, parando los establecimientos menos productivos para imprimir tanta mayor fuerza a los mejores, enviando los productos a su destino desde la fábrica más próxima, lo que reduce en mucho los gastos de transporte, dando un vastísimo campo de acción a los talentos administrativos, ahorrando gastos de publicidad y de viajantes, los «trusts» reducen al mínimo el costo de producción. Pero si, por medios lícitos o ilícitos, buscan y consiguen el monopolio, no es para contentarse con las ganancias del más fuerte en la competencia, sino para pesar sobre los consumidores, elevando muy por encima del costo de producción los precios de los artículos que los sindicatos producen; sobre los productores de las materias primas, deprimiendo los precios de las que los sindicatos consumen; sobre los inventores, pagándoles mal o robándoles sus inventos. En descuento anticipado de tan extraordinarias ganancias, los hombres de presa financieros que organizan los sindicatos exageran enormemente el capital de éstos, lo aguan, como se dice en el argot de la especulación, seguros de sacar de alguna parte dividendos para ese capital ficticio. Una tonelada de registro del «trust» de la navegación oceánica recientemente formado representa así un capital de 250$ oro, mientras que la excelente línea Cunard sólo vale 75$, y la gran compañía Hamburguesa-Americana, 57,50$ oro por tonelada de registro. No es extraño, pues, que una buena parte de las acciones ordinarias y aun de las acciones preferidas de ciertos sindicatos se den en cambio, no de dinero ni de bienes raíces o muebles, sino de «buena voluntad» o de «buena voluntad, etc.», según declaración de sus propios directores, y es de suponer cuánto apreciarán los «trusts» la buena voluntad de los legisladores y funcionarios, que por medio de leyes y concesiones tanto pueden hacer prosperar sus negocios. La moralidad interna de esas empresas colosales, en que unos pocos hombres manejan casi en secreto cientos de millones de pesos, no es mejor que su moralidad externa. Los directores, que informan a los accionistas como les conviene y pueden fraguar a su gusto los balances y dividendos, especulan en los títulos del sindicato que administran, juego oculto en que llegan a provocar huelgas para amenazar las ganancias del sindicato y deprimir el valor de sus títulos, que adquieren entonces a bajo precio. Tras la asociación y el monopolio, reaparece así en sus peores formas la lucha de capitales, como siempre, aniquiladora de los pequeños.

Por su mismo desarrollo, la propiedad privada de los medios de producción se reduce al absurdo. Ella separa más y más a los trabajadores de la posesión de los medios de trabajo. Ella no es capaz de dirigir las fuerzas productivas sin tropiezos ni cataclismos, y mucho menos de realizar el bien de la comunidad tan amplió y completo como hoy podemos concebirlo.

La socialización de los medios de trabajo

Para su propia emancipación, y para dar al esfuerzo de los hombres la mayor eficacia por el consenso y la armonía, el pueblo trabajador asigna, pues, a la lucha de clase en que está empeñado un objetivo último e ideal: la socialización de los medios de producción y de cambio, su paso de la propiedad privada a la propiedad colectiva, única manera de que los trabajadores vuelvan a ser dueños de los elementos de trabajo, y de que haya igualdad y justicia en la economía social.

La necesidad del progreso técnico y la aspiración de los trabajadores a la independencia económica conducen paralelamente al Socialismo. El obrero de un gran molino moderno o de una gran destilería no puede pensar en independizarse estableciendo, una tahona o un pequeño alambique, ni los empleados de un ferrocarril aspirar a tener, cada uno, un carruaje o un carro para competir con la vía férrea. Lo que esos obreros piensan, o deben pensar, para ser libres, es hacerse dueños del molino, de la destilería, del ferrocarril. Y la dependencia recíproca de las diversas ramas de la producción, así como el espíritu de solidaridad, tan activo ya en las filas trabajadoras, hacen que la evolución de la propiedad de los medios de producción, todavía privada e inadaptada a la forma ya colectiva de la producción, se conciba como la substitución de los propietarios particulares, parasitarios y explotadores, por la comunidad laboriosa entera, para instituir una gran república cooperativa, donde, ejercitando todos en el trabajo sus más altas aptitudes, cada uno disponga del producto de su trabajo.

Para ser fundada y fecunda, esta hipótesis del colectivismo futuro no necesita ser detallada. Sus bases técnicas están ya en gran parte constituidas, faltando sólo que la producción rural adquiera un grado de organización y eficiencia comparable al de la producción industrial y el comercio. Mucho queda en cambio por aprender acerca de las relaciones económicas de los hombres, que han de conciliar la cooperación con la libertad individual, el completo desarrollo y aprovechamiento de las aptitudes de cada uno con la igualdad. La estadística acumula materiales inmensos para el estudio objetivo de los salarios, que contribuirá a resolver el problema de la retribución de las diferentes clases de trabajo. La experiencia de los «trusts», que monopolizan más o menos ciertos ramos de la producción, prueba, por otra parte, que la competencia capitalista está lejos de ser necesaria para la eficiencia de la dirección técnica. Preguntados los sindicatos norteamericanos, en una reciente investigación oficial, si han notado en la dirección de sus establecimientos alguna falla de cuidado imputable al monopolio y la seguridad de las ganancias, 21 declaran no haber tenido deficiencia alguna y 7 afirman haber conseguido una eficiencia mayor. El jefe de cada uno de los establecimientos pertenecientes a un sindicato tiene la obligación de llevar prolijos apuntes sobre el costo de producción en la fábrica que regentea, para la frecuente comparación de todos los establecimientos entre sí. De esa manera, sin que haya entre éstos competencia mercantil alguna, reina la más vigorosa competencia en la fabricación, competencia mucho más instructiva que la de establecimientos independientes entre sí, pues dentro del «trust» se conoce exactamente el costo de producción y se puede medir el grado exacto de eficiencia de cada uno.

La expropiación

¿Cómo se realizará la sociedad basada en la propiedad colectiva? La idea, muy simple y muy popular, de una revolución que expropie a los capitalistas no resuelve absolutamente el problema.

Grandes revoluciones de la Historia han sido ante todo confiscaciones de propiedad, y, podríase ciertamente tratar a muchos potentados de hoy como la Reforma protestante trató a la iglesia y la Revolución Francesa al clero y a la nobleza. Pero ahora se anhela una transformación social de mucha mayor trascendencia, imposible de realizar por edictos ni golpes de mano. Al proclamar, pues, su intención de expropiar a los que monopolizan los medios de producción, el pueblo obrero afirma simplemente, en la forma más enérgica, su derecho a la vida. Mientras haya elementos de trabajo y hombres que quieran vivir, ni los códigos ni la constitución podrán impedírselo.

De la coerción a la libertad

La dificultad no estaría en abolir el derecho legal de los actuales propietarios, sino en establecer firmemente la propiedad social, y ésta tiene que basarse en la capacidad de todos para la cooperación libre y consciente.

Marx dice que «al capital nada cuestan las fuerzas productivas resultantes de la cooperación y de la división del trabajo», a las cuales llama «fuerzas naturales del trabajo social». Si hacemos abstracción, agrega, del desgaste y ,consumo de aceite y carbón, las máquinas obran sin costo, exactamente como las fuerzas naturales existentes sin la intervención del trabajo humano. Esta asimilación de las fuerzas técnicas y sociales a las fuerzas naturales es otro de los artificios de que se sirve Marx para demostrar la explotación del trabajador por el capital mediante las simples leyes del valor. Pero no es más que un artificio, como el del trabajo-mercancía. Si muchos obreros distintos construyen las diversas piezas de una máquina, y otros las unen y articulan, y otros ponen en movimiento esa máquina, junto con muchas otras, iguales o diferentes, que se reúnen en una fábrica, y ésta y otros establecimientos industriales y agrícolas se encargan de suplir recíprocamente sus necesidades, no es en virtud de fuerzas naturales, sino de fuerzas sociales e históricas, de la dirección coercitiva que ejerce la clase capitalista en la producción y el cambio. El problema es hacer pasar a manos del pueblo entero esa función de dirección que hoy monopoliza la clase privilegiada propietaria, pues de ella salen o en ella aspiran necesariamente a entrar todos los jefes de la industria.

Y el pueblo, disciplinado por la producción en grande escala, está preparándose en la cooperación libre y la acción política para un orden social en que las relaciones de los hombres en el trabajo sean comprendidas, voluntarias y equitativas.

Las sociedades por acciones

Aunque muchos han creído y creen todavía en la concentración de la riqueza, la estadística de las cajas de ahorros y del impuesto sobre la renta muestra que el número de personas que algo poseen aumenta en los países adelantados y prósperos más rápidamente que la población, hecho que lejos de amenguar la corriente revolucionaria, es un nuevo factor de evolución de la sociedad actual. No son, en efecto los nuevos pequeños capitalistas de la psicología rutinaria y estrecha del campesino aislado en su parcela o del pequeño tendero que no renuncia a su comercio caro y miserable. En un medio social moderno, los nuevos poseedores comprenden la necesidad de la asociación y sus capitales están representados por acciones de sociedades anónimas. A propósito de los trusts, hemos visto el riesgo que corren estos pequeños capitales de ser escamoteados por los grandes, riesgo que los trabajadores accionistas previenen en parte haciendo valer su, voz y voto en las asambleas, que a todos permiten intervenir en el manejo indirecto de los negocios.

Las cooperativas

Mucho más característica de la nueva mentalidad obrera es la asociación de los proletarios en cooperativas de producción y consumo, que proveen ventajosamente a los asociados, dan buenas condiciones de trabajo a los obreros que emplean y contribuyen eficacísimamente a mejorar la técnica sin buscar ganancias extraordinarias para nadie. Estas asociaciones, que reúnen ya en Europa algunos millones de hombres, cuyas pequeñas cuotas reunidas suman ingentes capitales, están completamente libres de la interesada tutela del gran capital y son la elocuente expresión de un nuevo grado de conciencia de la clase proletaria; ya no es la simple conciencia de ser explotado, sino la conciencia constructiva necesaria para dejar de serlo; ya no se trata de la huelga, simple acuerdo de los obreros para no hacer, sino, del acuerdo para hacer, y para hacer técnica, económica y moralmente bien.

Creciente complejidad de la vida económica

La moderna vida económica es y se hace tan extensa y compleja, que la simple asociación libre, gremial o cooperativa, es cada vez menos capaz de abarcarla y dominarla. A medida que la técnica se perfecciona, los hombres entran en relaciones económicas nuevas, que se imponen a cada uno como una necesidad para compensar la imperfección, proporcionalmente cada vez mayor, de su dominio de la técnica. La grande industria, muy lejos de haber desgarrado, como incidentalmente dice Marx, «el velo que ocultaba a los hombres su propio proceso social de producción», ha extendido y obscurecido ese velo. Los «misterios» de los oficios de la Edad Media no abarcaban sino una pequeña parte de la producción, destinada, sobre todo, a satisfacer ciertas necesidades y gustos de la clase alta. Para la masa del pueblo eran entonces completamente claros los procesos de producción, como lo son aún para los pueblos bárbaros. Dentro de la comunidad de familia o de la aldea, producíase todo lo necesario, más lo que se debía entregar como tributo al señor. El campesino molía y panificaba su grano, hilaba y tejía sus fibras, fabricaba sus propios utensilios y herramientas, era su propio albañil, carpintero y herrero. ¿Qué sabe, en cambio, de todo esto, un agricultor moderno de las llanuras argentinas, que siembra y cosecha para el mundo y toma de la tienda del pueblo próximo desde las máquinas conque trabaja, hechas en Norte América, las telas inglesas de algodón de Georgia o de Egipto, el arroz de la India, el azúcar de Alemania o de Tucumán, el café del Brasil y el vino de Mendoza o de Italia, hasta el pan hecho, no, por supuesto, de su trigo, sino de un trigo cualquiera, tipo Bahía Blanca o tipo Rosario? Y más restringida aún, con relación a sus necesidades, es la capacidad técnica del hombre de la ciudad, donde el trabajo se divide y los consumos y gustos se diversifican más que en el campo. Para el hombre moderno la técnica sólo es asequible bajo la forma de principios científicos, generales y abstractos, como las relaciones de los hombres en la producción social, relaciones económicas que no dependen ya simplemente del gremio ni de la cooperación, sino de la acción política.

Difusión necesaria de la conciencia política

De ahí la necesidad de la difusión de la conciencia política en la sociedad moderna, y su consecuencia, el sufragio universal. A los nuevos modos de producción corresponden nuevas relaciones políticas. Así como sin la abolición de los privilegios de la nobleza, sin la fiscalización del gobierno por una cámara burguesa, sin la independencia americana, no hubiera alcanzado el mundo el progreso de los dos últimos siglos, así tampoco es concebible el desarrollo regular de un país moderno, de gran agricultura, grande industria y gran proletariado, sin el ejercicio efectivo del sufragio universal. Por eso los gobiernos realmente modernos ven en la educación común una de las funciones esenciales del Estado.

El Socialismo resulta de la extensión de la conciencia política del pueblo y tiende a ampliarla y profundizarla aún más; es causa y efecto del sufragio universal, su razón de ser, lo que le da fuerza y eficacia; llama a todos a la acción política y a todos da luces para la obra política consciente.

Para el Socialismo, el Estado ya no aparece como un simple agente de opresión al servicio de la clase privilegiada, modo de ver que sólo se sostiene y propaga entre los pueblos peor gobernados, con mayoría de trabajadores analfabetos, sin aptitudes para el sufragio universal, sembrando en ellos un saludable escepticismo por las maquinaciones políticas de la clase dominante y defendiéndolos al mismo tiempo de caer en las redes electorales de falsos predicadores de nuevas doctrinas, que harían de proletarios irritados e inconscientes su presa más fácil.

La conquista del poder político

La clase trabajadora de los países más cultos ve en el Estado un poder coordinador y regulador de las relaciones de los hombres en la producción cuya importancia se acrece a medida que los procesos técnicos se concentran y sistematizan y que el pueblo obrero es llamado a influir mediante el sufragio universal. Cuando esta influencia sea preponderante, el Estado habrá perdido su función de policía y de gobierno para desarrollar al máximum, en bien de la comunidad, su función de administración. El socialismo conduce, pues, al pueblo obrero a la conquista del poder político como condición esencial de su emancipación económica, a apoderarse de la fuerza del Estado para moderar la explotación capitalista hasta abolirla por completo.

La fórmula es grande, su objetivo, remoto; pero jamás un movimiento político ha prescindido tanto de las formas para atenerse a la substancia como el movimiento socialista actual.

Contra la centralización en manos gubernamentales ineptas

El Partido Socialista Obrero cuenta con el poder político para socializar los medios de producción, pero acoge con mucha reserva los proyectos de inmediata nacionalización o municipalización de los trabajos y servicios colectivos. Es cierto que el correo, monopolizado por el Estado, sirve en todas partes más o menos bien; que Alemania prospera bajo el régimen de los ferrocarriles del Estado; que en Europa ya se han hecho muy felices aplicaciones de colectivismo municipal. Los partidos obreros, sin embargo, saben lo que se puede esperar de administradores privilegiados o que amparan el privilegio, y no quieren centralizar la dirección del trabajo en el Estado o el municipio sino en tanto que éstos hayan pasado a manos del pueblo trabajador, prefiriendo la gestión privada de los negocios a su manejo por gobiernos corrompidos e ineptos. Aunque creyéramos tanto como Proudhon en los milagros del crédito, ¿qué esperar de un banco habilitador de la nación argentina, que empezó por habilitarse él mismo a expensas del pueblo, con una emisión de papel moneda depreciado?

Un control político indispensable

En la política distingue el pueblo obrero las diferentes corrientes en que se divide la clase gobernante, y apoya aquellas que propulsan la causa obrera, que es la del pueblo en general, ejerciendo así desde ya un control indispensable en las sociedades modernas.

A la falta de esa intervención autónoma y consciente del pueblo trabajador, débese la decadencia política de Inglaterra y los Estados Unidos, países donde el proletariado no se ha constituido todavía como partido de clase y son relativamente pocos y de escasa influencia los convencidos del Socialismo. En Norte América el partido platista, con el apoyo de la Federación Americana del Trabajo, ha podido reunir millones de votos en favor de una manipulación monetaria que hubiera envilecido el peso y deprimido los salarios, en ventaja de los malos deudores y de los malos empresarios. Gracias a la oposición del gran capital, no se ha realizado semejante aberración, que en un país más culto no hubiera adquirido importancia ni siquiera como amenaza; por ejemplo, en Alemania, dónde la Democracia Social ha contribuido a desbaratar las maniobras bimetalistas de los agrarios. La misma desorientación de la política norteamericana se evidencia en la absurda guerra llevada contra los trusts en nombre de la libre competencia. Sin comprender el alto sentido histórico de esa centralización ni sacar de ella una teoría social ancha y fecunda, pueblo y gobiernos pierden su tiempo en crear contra los monopolios vanas restricciones legales, al mismo tiempo que los favorecen con derechos de aduana casi prohibitivos, y que la Corte Suprema anula, por desigual, el impuesto sobre la renta. Y en la Gran Bretaña triunfa todavía el imperialismo, que ha conducido a la cruel y ruinosa guerra de Sud África, sacrificando la vida del pueblo a los apetitos del capital.

El internacionalismo

Contra el orgullo y el gusto por la prepotencia nacional, verdadero provincialismo, en que tantas veces escolla todavía la política de los pueblos, no hay defensa más segura que el Socialismo, que de la competencia, capitalista internacional deduce la solidaridad obrera cosmopolita, que quiere para el comercio mundial la mayor libertad, no en honor del librecambio abstracto, que tan mal disimula intereses capitalistas particulares, sino para mejorar la situación del pueblo.

El buen nacionalismo

Y no sólo así el Socialismo, se manifiesta como buen nacionalismo; él facilita la asimilación de la población inmigrada, en lugar de dejarla constituirse como una nueva clase de metecos, y al defender a la población obrera contra las exacciones del capital, la pone especialmente en guardia contra las más pesadas, que son, en general, las del capital ausentista y extranjero. Y levantando y educando a las masas, aumenta su poder militar, y las hace capaces de conservar y desarrollar, aun bajo la dominación extranjera, lo bueno y vital de la nacionalidad, puntos de vista recomendables a los patriotas de buena fe para dar un contenido real a su patriotismo. Hay hombres sinceros, apegados a la tradición y los símbolos, para quienes nada es tan precioso como su bandera y su nombre nacional. Que ellos se convenzan de que sólo un pueblo trabajador despierto y celoso de la equidad económica es capaz de defender su independencia política. Los siervos, sumisos a los señores del país, se someten sin resistencia al dominador extranjero. Tomen el ejemplo de los imperialistas ingleses, para quienes «tres piezas y una cocina por familia son el mínimum necesario para criar una mediana raza imperial». ¡Cuánto más necesarias serán para un pueblo sano y fuerte que quiera y sepa defender su libertad!

Orden y progreso

Tan grande es la necesidad del Socialismo y tan benéfica su influencia en la vida de los pueblos modernos, que este movimiento proletario gravita ya en un doble sentido sobre las ideas de la clase dominante, haciéndole relegar al segundo plano las cuestiones de forma política, abriendo sus ojos a las verdaderas y urgentes necesidades públicas del momento e inclinándola a satisfacer en el gobierno las reclamaciones del pueblo. Y, por otra parte, arrebatándole algunos de sus hijos, de los más inteligentes y sinceros, que sacrifican con orgullo la importancia exterior de su persona a la difusión y el triunfo de sus ideas; al incorporarse a las filas obreras en el terreno político, ellos les llevan su contingente de luces, y, por la misma independencia de su conducta, libran al proletariado de prejuicios de clase.

En este doble sentido, proclamar la lucha de clases es negarla, es disipar la amenaza de una catastrófica revolución social, y reemplazarla con la perspectiva de una sabia y progresiva evolución.

La política más avanzada

El Socialismo es así el advenimiento de la ciencia a la política, la política más avanzada, no por lo que prevé o lo que promete, sino por lo que hace. En política, como en todas las cosas, el método se juzga por los resultados, más que por las intenciones e hipótesis. Si la política más avanzada fuera la que promete más, nada tan avanzado como las delicias que todas las religiones presagian a sus fieles. Si fuera la que pretende ver más adelante en el tiempo, lo más avanzado sería proyectar instituciones o costumbres para cuando el planeta esté más frío. El Partido Socialista es el más avanzado porque es el que ve más clara y completamente las cosas sociales como suceden hoy, y su método el más avanzado porque es el que hoy más eleva demográfica, técnica, económica y políticamente al pueblo.

El nuevo desarrollo mental

Y en el orden mental, ya hemos visto que el Socialismo es para las masas trabajadoras la compensación del trabajo parcelario. Nada hace pensar que retroceda alguna vez la división del trabajo. Al contrario, es de suponer que en la más libre cooperación los hombres estrecharán aún más el campo de la actividad técnica de cada uno, para hacerla más productiva y abreviar para todos el tiempo de trabajo necesario. Hasta las más altas profesiones se especializan, así como los trabajos de investigación, a medida que en los observatorios y laboratorios, los métodos gráficos de cálculo y de representación, la estadística, la bibliografía científica, se acercan al trabajo manual y del cual adquieren al mismo tiempo la seguridad y la eficiencia. Así también ellos mutilan o desarrollan de modo muy desigual la mente de los hombres que se les dedican por completo. Para muchos distinguidos médicos, el mundo perdería todo interés si dejara de haber enfermos y algunos astrónomos de hoy día, que, a diferencia de Galileo, no construyen sus telescopios, desdeñan tal vez las artes prácticas, sin pensar que las necesidades de la agricultura y la navegación indujeron por primera vez a los hombres a observar el cielo.

Para el progreso intelectual de la humanidad es, pues, de día en día más importante la política, ese campo en que todos los hombres son llamados a completar su desarrollo mental.

La ley de las leyes

En la lucha que a todos nos imponen los problemas sociales, complétanse las ideas generales que sacamos de la técnica, aprendemos a ver en la evolución social un proceso tan regular como la cristalización de un mineral o el desarrollo de una planta, y en la política un arte tan metódico como el de forjar el hierro, o el de mejorar una raza. Así se confirma y ensancha la idea embrionaria de orden y de ley que adquirimos en los otros actos de la vida; así se arraiga en la inteligencia, como un axioma, la idea de la regularidad universal de los fenómenos, la ley de las leyes, que desaloja y suplanta los viejos conceptos religiosos del mundo, y que si los desaloja y suplanta, es por y en tanto que difiere fundamentalmente de ellos. No llega, en efecto, a nosotros por el camino fácil y humillante de la revelación, como ley absoluta, inmutable, perfecta, en la cual no pensemos sino para someternos: no es la obscuridad que hace marchar al ciego con cuidado, de miedo de golpearse. Todo lo contrario. La adquirimos en ruda y constante lucha; viviendo, conocemos los dichos, aprendemos a preverlos, impedirlos y ocasionarlos. Y siempre encontramos nuevos hechos, cuyas leyes determinamos. Lejos de ser absoluta, nuestra idea de ley es enteramente relativa y humana, está siempre en vías de desarrollo, no podemos pensar que deje de estarlo, y cada uno de sus pasos, cada una de sus conquistas, no es para nosotros una ligadura más ni una nueva maldición, sino una manifestación de fuerza, un gaje de libertad y una promesa de triunfo.

En lugar de la religión

Con el Socialismo, la religión pierde, pues, todo asidero en la mente del pueblo, desnudez de misticismo que aleja el parentesco entre las sectas comunistas de la historia y el socialismo moderno. Así como en sus pasadas luchas, el pueblo adoptó casi siempre una herejía, un nuevo modo de ver en religión, más libre y verdadero, el Socialismo prescinde por completo de la religión, aunque tolera, por supuesto, todas las creencias que no pretendan imponerse. El camino del pueblo hacia su emancipación está iluminado por la ciencia, a la cual acusan de bancarrota los retrógrados, en el mismo momento histórico en que ella afirma su propia universalidad y se exalta en su definitivo triunfo. El Socialismo es la apoteosis de la ciencia. Puesto el que pueblo piensa y se mueve, pueden los sabios abstraerse en el cultivo de las más atrevidas teorías, aunque parezcan un sarcasmo comparadas con la actualidad, seguros de que la humanidad sabrá resolver los problemas de civilización que ellos hayan planteado.

La religión ha perdido, por otra parte, todo valor en el desarrollo progresivo de los pueblos, y ya no disimula su papel de baluarte del privilegio. Para gobiernos y pueblos inteligentes, la iglesia es un agente de embrutecimiento.

Aplicar el bálsamo religioso a los males colectivos, es declararlos sin remedio. Hasta el protestantismo, con toda su superioridad sobre la iglesia romana, es hoy una rémora. ¿No vemos a los boers, incapaces de fundar una moderna nacionalidad, hacer todavía la guerra en nombre de la Biblia? ¿No vemos estancarse la vida política de Inglaterra? ¿No vemos al pueblo norteamericano, plagado de sectas, impotente en manos de los sindicatos? ¿No será porque cree en la misa presbiteriana que reza en su propia iglesia el rey del petróleo, señor Rockefeller? ¿No será porque admira demasiado la piedad del señor Schwab, jefe del «trust» del acero, que ha mandado construir una catedral para agradecer al dios de los católicos su reciente sanación?.

El problema moral

Y ¿para qué una moral religiosa? El pueblo sabe que tiene que trabajar, y esto le basta para ser bueno. Para los proletarios, explotados, altruistas sin quererlo y aun sin saberlo, otra imperativa regla moral es de todo punto superflua; lo que necesitan es un egoísmo de clase, luchar por su propia elevación colectiva, lo mejor que pueden hacer por sí mismos y por la Humanidad. Aun el Socialismo es para ellos un nuevo trabajo, más que un nuevo ideal.

Son los privilegiados, los pudientes, quienes deben ver en las nuevas doctrinas un ideal moral. El Socialismo no los invita a una renunciación estéril y destructiva, sino a dedicar al bien de todos las ventajas de su posición social: el propietario, como guardián inteligente y fiel de la parte de la fortuna pública que le ha tocado regentear; el empresario, haciendo más productivo el trabajo, y viendo con buenos ojos que los trabajadores quieran sacar ventaja de ese aumento; el consumidor, prefiriendo los artículos producidos en condiciones humanas de trabajo; el ciudadano, distrayéndose de la tarea de acumular dinero, en el perfecto cumplimiento de sus funciones políticas; el gobernante, realizando obra efectiva de solidaridad social; todos, afirmando su autonomía dentro de la familia, del partido, de la clase, cuando éstos opongan prejuicios a sus humanas aspiraciones y sanos afectos. Y sin buscar la recompensa de la gratitud ni del honor, felices en su alto egoísmo, sea éste o no altruismo para los demás.

Así entendido, el Socialismo, más que una teoría histórica, una hipótesis económica y una doctrina política, es un modo de sentir, pensar y obrar que vigoriza y embellece la vida de los individuos como la de los pueblos.

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