Antonio Elorza. La formación de la prensa obrera en Madrid.

Movimientos sociales / El movimiento obrero en España

La formación de la prensa obrera en Madrid.

Por Antonio Elorza

Artículo publicado en AA.VV., Prensa obrera en Madrid, 1855-1936. Madrid: Alfoz, 1987, pp. 61-104.

Si consideramos la cuestión desde el ángulo de la historia de un género, por tomar la conocida expresión de Paul J. Guinard sobre la prensa española del XVIII [1], el tema no ofrece dudas. La prensa obrera madrileña surge en el bienio progresista con El Eco de la Clase Obrera y más tarde, tras el paréntesis moderado, reaparece con las publicaciones internacionalistas, empezando por La Solidaridad, para bifurcarse luego entre «marxistas» y bakuninistas en la polémica que enfrenta a La Emancipación con El Condenado [2].

(1) Véase Paul Guinard: La presse espagnole de 1737 à 1791. Formation et signification d’un genre, París. 1973.

(2) Carecemos aún de un análisis preciso del periodismo «internacional» del Sexenio, por contraste con los buenos estudios sobre organización e ideología (Termes. Nettlau, Ralle, etc.).

No parece sin embargo que esta forma de abordar el tema nos diga demasiado sobre la forma en que surge esa prensa obrera, ni siquiera sobre el contenido de la calificación de «obrera» y menos acerca de la relación con la matriz en que va cobrando forma, el periodismo republicano. Por eso en este trabajo adoptaremos otra perspectiva, para cuya determinación podemos partir de una cita especialmente lúcida del libro de Thompson, The Making of the English Working Class: «La clase obrera no surgió -advierte Thompson- como el sol de la mañana, a una hora determinada; además, estuvo presente en su propia formación» [3]. A nuestro juicio, también ese momento inicial de la prensa obrera de Madrid debe ser contemplado como un hacerse, es decir, como un proceso donde intervienen las élites intelectuales -por llamarlas de algún modo- tanto de la pequeña burguesía como de la clase obrera y, en el cual tiene un lugar preponderante la relación con el mundo de las publicaciones democráticas (lo que supone una larga prehistoria) donde, habida cuenta de las circunstancias, las rupturas son menos profundas de lo que parece. Otro tanto ocurre con la autonomía de la producción ideológica de la clase, lograda formalmente en el caso que nos ocupa con la prensa internacionalista, pero que en realidad deshace menos lazos con el pasado de los que conserva. Volviendo a Thompson, al abordar este problema conviene resaltar que, lo mismo que sucede en cuanto a la formación de la clase, nos encontramos, no con objetos aislados que vuelan por el espacio -aspecto que muchas veces cobra la historia de la prensa aún al uso entre nosotros-, sino con un proceso de interrelación entre la clase obrera y el sistema de comunicación social, donde la clave explicativa no reside en uno de los elementos, sino, tal y como hace notar el historiador británico, en la noción de relación histórica.

No queremos con esto restar importancia a elementos tradicionales de análisis de la prensa: influencia de los modelos exteriores de prensa obrera, determinación del emisor, relaciones conflictivas con la censura, alcance sobre el público. Sólo queremos subrayar que la relación entre el periódico y la clase obrera se inicia mucho antes de que surja en Madrid el primer periódico que se confiesa obrero y, en segundo lugar, que lo que después sucede, especialmente cuando hay una prensa obrera que proclama la autonomía estratégica de la clase, resulta incomprensible sin tener en cuenta sus condicionamientos sociológicos y mentales, de los que se deriva su dependencia de la cosmovisión republicana. Las cosas resultan así más complejas, pero creemos que tal perspectiva permite apreciar mucho mejor el papel social de la prensa, su incidencia efectiva y, en último término, su contribución al proceso de cambio histórico a través de la acción de las diversas organizaciones sociales.

(3) Edward P. Thompson: The Making of the English Working Class, 1963, cit. por trad. esp., Ed. Laia, Barcelona, 1977. p. 7.

Nuestro punto de vista supone, pues, sumergir la prensa obrera -y a su lado la prensa destinada a la clase obrera-, en el complejo de posiciones sociales y políticas que se producen en un medio determinado. Ello exige tomar nota, en el caso de la prensa de Madrid, de las peculiares relaciones de la capital con el proceso de industrialización, con el poder político y con la difusión ideológica en la España de mediados del XIX [4]. Definir con precisión este contexto ayuda, a nuestro juicio, a entender fenómenos en otro caso incomprensibles, tales como la aparición del primer periódico obrero español en Madrid, cuando el movimiento asociativo, correlato de la industrialización, se ubica en Barcelona, o que el corte en la estrategia que representa La Solidaridad vaya acompañado de un continuismo con muchos temas del mismo pensamiento republicano al que se trata de rechazar [5]. Y que lo mismo suceda, a poco, en el intento de desgajarse que respecto al aliancismo esbozan los «marxistas» de La Emancipación [6].

(4) Desarrollamos aquí algunas ideas expresadas en nuestra comunicación presentada en 1985 en los primeros coloquios de Historia de Madrid: «Ideología obrera en Madrid: republicanos e internacionales».

(5) Sobre este tema ver Luis Arranz y Antonio Elorza: «El Boletín de las clases trabajadoras: la definición bakuninista de la clase obrera madrileña», Revista de Trabajo, número 52, 1973, pp. 353-448.

(6) Michel Ralle: «La Emancipación y el primer grupo “marxista” español: rupturas y permanencias», Estudios de Historia Social, 1979, 8-9, p. 93 y ss.

En este orden de cosas, la principal tensión se sitúa entre la capitalidad administrativa y el protagonismo en el movimiento social, que indudablemente corresponde a Barcelona. La especificidad de Madrid respecto al proceso industrial queda recogida en el Anuario de Madrid de 1868 [7]: no es que la ciudad carezca de toda actividad productiva, ya que “mantiene infinitos talleres donde no hay máquinas, pero en que se produce mucho”. Muebles, vestido, imprenta -con ciento treinta periódicos en ese momento- compensan la inexistencia de un desarrollo como el que Barcelona encuentra en la industria textil. No hay proletariado industrial, pero si un abundante artesanado, al que vienen a sumarse los jornaleros no cualificados. Por espacio de varias décadas, el movimiento societario se resentirá de ello, nuevamente por contraste con lo que sucede en Barcelona donde los tejedores inician una etapa de organización muy intensa ya en 1840 [8]. En este aspecto si hay evidente desfase entre ambas ciudades, lo que no excluye la presencia de “las clases trabajadoras” en el tejido urbano de la capital. Sobre todo ese protagonismo nacional de sus imprentas crea una situación de centralidad sectorial (cultural) con notables consecuencias en el plano ideológico, puesto que en este punto, por lo que toca a la prensa, la relación con Barcelona se invierte [9]. Y está además el poder político, lejano para los trabajadores catalanes, pero realidad concreta para los capitalinos, especialmente desde el momento en que comienza a implantarse la propaganda republicana al tiempo que se difunde el clamor por el derecho de asociación. Barcelona y Madrid no definen trayectorias paralelas; lo que ocurre, para la conciencia obrera y para su prensa, se explica en gran parte a partir de sus contrastes. Algo difícil de prever cuando a fines del XVIII surgen las primeras referencias a los jornaleros en los “papeles periódicos” de la capital.

(7) Anuario administrativo y estadístico de la provincia de Madrid para el año de 1868, Madrid, 1868 y 1869, pp. 502-505.

(8) Josep María Vila: Els primers moviments socials a Catalunya, Barcelona. 1935; Manuel Reventós, Assaig sobre alguns episodis históries dels moviments socials a Barcelona en el segle XIX, Barcelona, 1925, y sobre todo J. M. Ollé i Romeu, El moviment obrer a Coralunya, 1840-1843, Barcelona, 1973.

(9) M. Cabrera, A. Elorza, J. Valero y M. Vázquez. «Datos para un estudio cualitativo de la prensa diaria madrileña (1850-1875)», en M. Tuñón de Lara, Prensa y sociedad en España, 1820-1936, Madrid, 1975, p. 92.

1. El nacimiento de un tema

La aparición del tema obrero en la prensa periódica madrileña se remonta muy atrás en el tiempo. Coincide en la década de 1780 con la consolidación de un periodismo ensayístico, de orientaciones críticas, cuyo principal portavoz es un semanario, El Censor, que editan en Madrid los abogados Luis Cañuelo y Luis Marcelino Pereyra [10]. El tercer discurso -y por tanto el tercer número- del Censor consiste en la “Historia trágica de un jornalero, y reflexiones sobre la suerte de estos infelices” [11]. El discurso narra el hundimiento de una familia obrera, partiendo de una visión idealizada del triunfo de los sentimientos entre la gente sencilla en medio rural (“En medio de esta miseria reinaba entre ellos una paz digna de ser la envidia de todos los casados”, elogia el articulista). Pero la armonía se pierde al trasladarse a la ciudad y caer enfermo el jornalero. Luego se suceden las desgracias, agudizadas por la intervención brutal de un poderoso contra la virtud de la esposa. Sólo la muerte pone fin al drama, que sirve al escritor ilustrado para criticar a los ociosos, ensalzar a los desgraciados trabajadores y lamentar el mal uso de la limosna. La conmiseración es un pretexto para censurar el funcionamiento del orden social basado en el privilegio, generador de ocio, miseria y baja productividad al mismo tiempo. La sensibilidad es moderna, comparable a la que por los mismos días pone en imágenes Goya en El albañil herido, pero la especificidad del problema de las relaciones de trabajo se escapa por los agujeros que suscita la prioridad absoluta otorgada al relevo de la sociedad estamental. Una posible sociedad burguesa aparece aún aureolada por la perspectiva del consenso, de un crecimiento económico donde el trabajo será el criterio de la formación de la riqueza [12].

 

(10) Sobre El Censor, ver E. García Pandavenes, prólogo a su antología, Barcelona. 1872.

(11) El Censor. Obra periódica. Tomo primero. Que contiene la Dedicatoria, y los veintitrés primeros Discursos publicados en el año de 1781, Madrid, 1781, pp. 43-56.

(12) Véase en particular el libro de Ollé i Romeu cit. en n. 8.

En estas condiciones, no cabe extrañar que el tema resulte secundario en los “papeles periódicos” de la época ilustrada, insertándose en todo caso -como ocurre también en las colaboraciones del “Militar ingenuo” en el Correo de los Ciegos– en la argumentación crítica dirigida contra el sistema señorial o el dominio de los estamentos privilegiados [13]. Es la contraposición entre el sudor del pobre, su miseria, y el ocio y la opulencia del noble, que cobra rasgos cada vez más agudos conforme se acentúan las crisis de subsistencias a partir de 1789. Claro que en este período, la creciente desconfianza del poder ante la prensa relega el tratamiento del tema a otros medios de expresión, privados o clandestinos. Como máximo, puede detectarse su presencia en proyectos de periódicos, del tipo de ese Desengañador político que el escolapio Joaquín Traggia propone a Godoy en 1794 y que, a pesar de la estimación positiva del valido de Carlos IV no alcanza permiso para ver la luz [14].

(13) Cf. Manuel de Aguirre: Cartas y discursos del Militar Ingenuo del Correo de los Ciegos de Madrid, ed. de A. Elorza, San Sebastián, 1974.

(14) AHN, Estado, leg. núm. 3.248.

Luego el punto de mira de los ilustrados radicales ha de dirigirse, a partir de 1808, hacia otros objetivos. El discurso político prevalece sobre el social, tanto en la etapa de Cádiz como en el trienio liberal, así como las referencias a comportamientos obreros, nunca desembocan en un tratamiento específico del tema. En los casos de mayor preocupación, queda constancia de la oposición de clases, como sucede en el caso de la mención de El Eco de Padilla de 15 de agosto d 1821, que recoge A. Gil Novales: “Es necesario tener presente, que esta nación se compone de dos clases: poderosos y pordioseros, opresores y oprimidos” (15). El párrafo ilustra muy bien una situación social en que las modernas clases están ausentes del panorama y lo que aún se observa es la contraposición de opulentos y miserables característica de una situación del Antiguo Régimen en crisis. A la vista no están los proletarios, sino los pobres. Y por supuesto en las etapas de absolutismo ni siquiera eso. El vacío es entonces completo.

(15) El Eco de Padilla, Madrid, 15-VIII-1821, cit. por A. Gil Novales, Las Sociedades Patrióticas, t. II, Madrid, 1975, p. 1014.

2. De la “organización del trabajo” a una prensa dirigida a los trabajadores

El periodo de modernización que para la prensa y para la política españolas se abre tras la muerte de Fernando VII supone también el inicio de una etapa a lo largo de la cual la problemática referida al trabajo logra una presencia cada vez más acusada en los periódicos madrileños. No obstante, la ausencia de un proletariado industrial en la capital condiciona notablemente la forma y el alcance de dicha presencia. No es casual que las primeras reflexiones tengan lugar desde el ángulo de una burguesía conservadora y sobre todo teniendo en cuenta la necesidad de precaver en España los estragos de la lucha social que registran los países europeos más avanzados. Tal es la óptica del moderado Andrés Borrego, un conservador cuyas ideas se han modelado en el exilio francés tras el trienio y que da cabida a cartas del fourierista Joaquín Abreu en 1838, en El Correo Nacional y que en su revista doctrinal, La Revista Peninsular plantea el tema de “la organización del trabajo” desde la perspectiva de su adoptación a un país de mentalidad católica como España [16]. Borrego deplora “la triste condición a que en éstos -Inglaterra y Francia- y otros países industriales se ve reducida la mayoría de la clase jornalera” y piensa en la prevención del problema para España [17]. Se trata de conseguir un orden burgués estable donde “se dote al pueblo de medios de instrucción y se le proporcionen elementos de trabajo” [18]. Pero todavía la cuestión social es como una nube en el horizonte, no un referente concreto en la Corte. Aquí más bien, la imagen del trabajador surge en su calidad de desposeído, de grupo social abocado a la miseria y de ahí que la reflexión se haga, en esta década y en la siguiente, frecuentemente desde el punto de vista del pauperismo (pensemos en las memorias que convoca y publica la Economía Matritense en su periódico El Amigo del País [19]. Era una consecuencia del todo congruente con la situación social de Madrid que han analizado en sus recientes investigaciones A. Bahamonde y J. Toro. «La incipiente industrialización madrileña se ve incapaz de absorber los contingentes de mano de obra que el campo le envía. Los recién llegados quedan, pues, condenados al subempleo, al paro encubierto. La documentación estadística los llamará jornaleros; la burguesía hablará de clases menesterosas, término que los republicanos sustituirán casi siempre por el de clases trabajadoras. Su número aumenta progresivamente: según el censo de 1797, en Madrid vivían 6.185 jornaleros -3,69 por 100 del total de la población madrileña-; Madoz los cifra en 11.049 -5 por 100- en 1848, que con los familiares a su cargo totalizan 25.207 madrileños, con unas condiciones de vida desastrosas” [20]. Las cifras anteriores deberían completarse, como apuntan Bahamonde y Toro, con los trabajadores de los talleres artesanales, unos doce mil hombres y cuatro mil mujeres a mediados del siglo. Las diferencias en el interior de las capas trabajadoras son por lo demás sensibles, y se reflejarán en la ideología, ya que el obrero cualificado cuenta con ingresos mensuales que pueden situarse entre 300 y 400 reales, teniendo por tanto acceso al mercado de bienes culturales, frente a los 80 ó 90 reales del jornalero no cualificado, por debajo muchas veces del nivel de subsistencia. De ahí la operatividad del concepto de “aristocracia obrera” para designar a esos oficios y cualificaciones que pueden participar en los procesos de formación doctrinal; de ellos saldrán los núcleos más activos, primero de colaboración con los partidos republicanos, y a partir de 1868 del internacionalismo. Pero, dada la configuración de Madrid, no responden a la imagen de un proletariado industrial dominante en el número, sino a una minoría dentro de la minoría. Ello explica su integración con las formas ideológicas de la pequeña burguesía [21].

 

(16) Véase Concepción de Casiro: «introducción» a Andrés Borrego, Periodismo político liberal conservador (1830-1846), Madrid, 1972, pp. 15-32.

(17) Véase Andrés Borrego: «Exposición de la Doctrina aplicable a política religión y social de España», en Revista Peninsular, Madrid, 1838. Sobre este tema, Concepción de Castro, Romanticismo, periodismo y política. Andrés Borrego, Madrid, 1975, pp. 75-82.

(18) El Correo Nacional, Madrid, 15-IV-1838.

(19) El Amigo del País, Madrid, 1846. t. IV. núm. 5, p. 213 y ss. (el premio fue ofrecido por la Sociedad Económica Matritense en su programa de 1° de mayo de 1845).

(20) A. Bahamonde y J. Toro: Burguesía, especulación y cuestión social en el Madrid del siglo XIX, Madrid, 1978.

(21) Por lo que concierne a los tipógrafos, sector emblemático de esta «aristocracia obrera», ver Juan José Morato, La cuna de un gigante, Madrid, 1925 (reimpresión facsímil de S. Castillo), Madrid, 1984, pp. 41 y ss.

Claro que en torno a 1840 esta problemática se encontraba aun en ciernes. De momento lo que cuenta es el desfase entre el potencial ideológico y político que proporciona la capitalidad y la ausencia de un proceso de industrialización como el que registra Barcelona. Aunque quizás mejor sería hablar de enlace entre desfase e interdependencia. Porque a pesar de todo Barcelona y Madrid forman parte de una misma realidad política. Y por eso pueden darse fenómenos como el diario El Corresponsal, órgano de la burguesía industrial de Cataluña en la Corte, donde aparecen las mejores crónicas en torno al asociacionismo obrero barcelonés, sin duda para actuar sobre la conciencia de los gobernantes progresistas con el objeto de promover la prohibición de aquel [22]. Algo parecido, pero a la inversa, sucederá quince años más tarde con la salida al público de El Eco de la Clase Obrera. Las decisiones políticas se toman en Madrid y es en la capital donde va consolidándose la prensa de alcance nacional, mientras la problemática obrera se centra en Barcelona. Un hecho casual, a comienzos de mayo de 1840 tiene lugar en Madrid al inicio de la prensa democrática, de orientación republicana, con la salida del diario La Revolución, prohibido casi de inmediato [23], mientras en Barcelona el asociacionismo obrero de la era contemporánea registra su acta de nacimiento con la formación de la Sociedad de Protección Mutua de Tejedores de ambos sexos, que entre 1840 y 1843 protagoniza con éxito el movimiento societario en nuestro país [24].

(22) Casimir Martí y Josep Benet: Catalunya a mitjan segle XIX, Barcelona, 1976, t. l, pp. 221-222.

(23) Juan J. Trías y Antonio Elorza: Federalismo y reforma social en España (1840-1870), Madrid, 1975, p. 93.

(24) A. Elorza: «Los orígenes del asociacionismo obrero en España», Revista de Trabajo, Madrid, 1972, núm. 37, pp. 123-345.

La existencia paralela de movimientos republicanos en Madrid y en Barcelona permite medir las diferencias entre las dos ciudades, a través del análisis de los primeros periódicos democráticos. En Barcelona, según puede apreciarse tanto a través de la lectura de El Republicano, como del diario progresista El Constitucional, cabe percibir la inmediatez de un proletariado fabril organizado, del que la prensa da cuenta a través de las informaciones sobre sus actividades y al que la prensa -no solamente democrática, sino también progresista- se dirige a través de editoriales, escritos de movilización y noticias. No en vano cuando se inicie la represión del asociacionismo obrero, una de las primeras medidas consistirá en la prohibición de entrada de periódicos en los talleres, lo que sugiere que también los trabajadores, a través de la lectura oral, recogían en el mensaje del que ellos mismos eran el referente [25]; incluso la prensa moderada, jugando la baza de la protección de trabajo nacional, se dirige a los trabajadores buscando su captación. Ahí está el periodiquillo en catalán El Pare Arcanjel y ahí están las ilustraciones que publica El Papagayo, dirigidas a los poderosos tejedores asociados. Lógicamente, nada de esto ocurre en Madrid. Para dar cuenta del asociacionismo obrero, El Huracán, periódico republicano heredero de La Revolución, tiene que hacer crónicas del obrerismo barcelonés, pasando a continuación a desear su expansión al resto de España [26]. Claramente, ni sus lectores son obreros ni existe en Madrid nada parecido a lo que está forjándose en Barcelona. La prensa republicana madrileña asume así, cuando surge algún conflicto, el papel de tutor de las reivindicaciones obreras. Es lo que ocurre en abril de 1842 al plantearse una huelga en la construcción. Un diario republicano, El Peninsular, publica el día 14 en Madrid en segunda página “Un consejo a los jornaleros de Madrid”, artículo que aprueba el fondo de sus pretensiones (“porque estamos convencidos de que cinco reales no son suficientes para mantener una familia aunque sólo se alimente de pan y patatas”) y les propone renunciar a toda algarada callejera, poniendo en práctica como contrapartida el principio de asociación. El periodista republicano se convierte en mentor y recomienda a los jornaleros que presenten “una reverente exposición» al Ayuntamiento de Madrid sobre sus reivindicaciones (el artículo fue denunciado por el promotor fiscal). Cien jornaleros firmaron la exposición y el inspirador del diario, García Uzal, les dirigió la palabra [27]. Se trata de hacer que el principio de asociación, clave del crecimiento capitalista, llegue también a los obreros.

(25) «Siendo las fábricas un sitio exclusivamente destinado al trabajo, queda prohibida desde hoy en ellas la lectura de los periódicos y demás papeles públicos». Bando del jefe político Francisco Fulgencio, Diario de Barcelona, 4-X-1844.

(26) J. J. Trías y A. Elorza. Federalismo y reforma social, cit., pp. 123-128.

(27) Ibídem, pp. 145-147.

En estos albores del republicanismo, el trabajador obtiene un lugar en la perspectiva emancipadora, aunque subalterno. Se ve forzado a participar en las iniciativas económicas y políticas de la burguesía democrática, esperando ver remediada su miseria con el triunfo de la república (a través del sufragio y, llegado el caso, mediante la insurrección). La problemática específica de los trabajadores es instrumentalizada. Son, en términos de Ayguals de Izo, uno de los publicistas más activos del período, director del periódico satírico popular Guindilla, “los ciudadanos del trabajo y de la virtud”, sobre cuya acción en la revuelta, como masa de maniobra, cuentan los republicanos. Por el momento no hay reformas: sólo los beneficios que pueden esperar de un crecimiento económico capitalista. Es lo que viene a mostrar Ayguals en su famosa novela María, la hija de un jornalero, cuando la propaganda pase del periódico a la literatura de la libertad. Para entonces, la prensa republicana ha tropezado con el obstáculo que representa el decreto de 9 de abril de 1844, declarando subversivo todo escrito contrario a la ley fundamental del Estado [28].

Tras ese forzado paréntesis, la aparición en torno al 48 de las publicaciones ligadas al socialismo utópico marca una nueva etapa. La producción ideológica sigue siendo ajena a la clase obrera, pero se sitúa de modo muy definido en el campo de una «intelligentsia» democrática para cuyo proyecto político la integración de los trabajadores resulta imprescindible, ofreciendo como contrapartida una perspectiva de reformas sociales. La figura del «trabajador» cobra así una presencia cada vez más intensa, hasta convertirse en el elemento simbólico que resume las ansias emancipadoras que la ideología trata de expresar. El pionero de este periodismo ligado a las escuelas utópicas, Fernando Garrido, lo expresa en unos versos, retóricos pero muy significativos, que en 1849 dedica a los trabajadores demócratas de Reus:

(28) Sobre Ayguals de Izco, ver V. Carrillo. «El periódico Guindilla (1842-1843), de W. Ayguals de Izco, y la evolución de las ideas republicano-federalistas en España», en La prensa y la revolución liberal, Madrid, 1983, pp. 37-55 y A. Elorza, «Periodismo democrático y novela por entregas en W. Ayguals de Izco», Estudios de Información, 1971.

«¡Honra y gloria al trabajo cantemos! Sin trabajo no hay gloria ni honor. ¡Maldición a los vagos soberbios, que alimenta del pobre el sudor! (…)

Asociad vuestras fuerzas, y unidos invencibles por siempre seréis; y al trabajo asociado la dicha, la abundancia y la paz deberéis” [29].

(29) Fernando Garrido, «El trabajador» (1849) en Obras escogidas, II, ed. de F. Pi y Margall, Barcelona, 1860, p. 124.

Esta presencia del trabajador en la literatura reformadora de raíz utópica supone, paralelamente, un desplazamiento ideológico en favor de Madrid respecto a Barcelona. Cierto que allí el fenómeno también cobra cuerpo, con los periódicos cabetianos, pero mientras las relaciones en el plano del movimiento real se mantienen, la capital hace valer su protagonismo en cuanto a la difusión periodística que recogen las estadísticas del franqueo. El contenido también difiere entre los dos focos por causas estructurales. En Barcelona, igual que ocurre en Francia, el utopismo cabetiano expresa a un tiempo las insuficiencias y la prolongación de las tendencias igualitarias correspondientes a un proyecto democrático, republicano, que no llega a imponerse en el plano político concreto y que deriva hacia lo imaginario, expresando las aspiraciones y las frustraciones de un conglomerado de menestrales, trabajadores y miembros de la pequeña burguesía intelectual. Por su parte, el fourierismo arranca de un claro distanciamiento entre el emisor de la ideología, ajeno a las capas populares e incluso al proceso industrial, y su referente, más amplio y que engloba una problemática donde se yuxtaponen las distintas tensiones y los estrangulamientos propios de una transición capitalista en que el hecho industrial no es hegemónico. Además, a partir de 1843, con La Démocratie Pacifique dirigida por Victor Considérant, la propaganda fourierista abandona en gran parte la utopía falansteriana, sustituyéndola por un sentido práctico, de intervención política mediante la conjugación de reivindicaciones democráticas y sociales (entre ellas, la libertad de asociación) [30]. Era una fórmula muy ajustada a las circunstancias españolas de la década moderada, permitiendo una crítica del capitalismo especulativo sin necesidad de afinar en las características específicas de un proceso de industrialización ausente de la capital española. En esa perspectiva de reformas, el trabajador por supuesto se halla presente, pero en la doble calidad de ciudadano que se emancipa a través del sufragio y de hombre que supera la opresión a través de los mecanismos de la asociación. Acaba siendo un referente privilegiado, pero dentro de una óptica cuyo objetivo último consiste en excluir, mediante un “wishful thinking” armonista, la concreción de la lucha de clases.

(30) Gian Mario Bravo, Le origini del socialismo contemporáneo, 1789-1848, Florencia, 1974; J. Maluquer, El socialismo en España, 1833-1868, Barcelona, 1977.

Quizás sea Fernando Garrido el publicista que mejor encarne esa evolución desde la utopía fourierista a la democracia social. El punto de llegada está claro, puesto que se trata de mostrar una concepción evolutiva de la historia cuyo hilo conductor sería la emancipación del trabajador, merced a la triple acción del progreso industrial, del cultural y del sufragio universal, hasta su incorporación -y subrayamos el término- a la sociedad burguesa en condiciones de igualdad. Lo que ocurre es que buena parte de las principales publicaciones de Garrido en el periodo se han perdido: sólo conocemos el anuncio de su periódico La Atracción, en abril de 1847, y tampoco sobrevivió, tras figurar en los ficheros de la Hemeroteca Municipal de Madrid, el posterior semanario titulado El Eco de la Juventud. Uno de sus folletos de propaganda, famoso por el proceso y condena de que fuera objeto, tampoco llegó hasta nosotros [31]. En cualquier caso parece que en la primavera de 1848 un grupo de jóvenes demócratas se encuentra en Madrid preparado para recibir el impacto ideológico de la revolución de febrero de 1848 en Francia. El diario progresista por excelencia, El Eco del Comercio, queda deslumbrado por el fogonazo: en adelante, proclama en su número de 10 de marzo de 1848, «el trabajo no será ya esclavo”. El símbolo de ese momento de esperanza en las reformas es una expresión que ya cuenta con raigambre en el vocabulario social: «la organización del trabajo”. Este es el título del periódico bisemanal que aparece en Madrid entre marzo y mayo de 1848, y en el que al lado de los líderes teóricos Fernando Garrido y Sixto Cámara figuran colaboraciones de veteranos propagandistas (fourieristas como Joaquín Abreu, pero también Ramón de la Sagra) y jóvenes adherentes a las ideas reformadoras (así el co-editor Beltrán del Rey). El eje del periódico consiste en esa propaganda doctrinal que busca desterrar la “vieja política” de los partidos propios del orden establecido para buscar nuevas vías de intervención sobre el poder donde el contenido privilegiado sería resolución del problema social. Los redactores de La Organización del Trabajo son conscientes de que el tema no se plantea en España del mismo modo que en su entorno euro-occidental, ya que, escriben, «en España, repetimos, no es tan urgente el remedio como si se viera ya en la crisis mortal que compromete la vida de otros pueblos» [32]. Pero ello no implica inexistencia de la opresión, tanto en las regiones agrarias como «en el dominio fabril». Frente a esa situación, tanto Garrido como Cámara proponen «una reforma pacífica» cuyo contenido parte de aplicar «la ciencia social» -es decir, medidas reformadoras inspiradas en «la asociación del capital, el trabajo y el talento»- al tema crucial de la miseria del trabajador.

Este no es todavía el interlocutor del discurso, orientado más bien a ganar para las reformas a los miembros más dinámicos de la clase político-intelectual de la Corte, cuando no a las propias «clases acomodadas» sobre las que pende la amenaza de una guerra a los ricos. Por fin, a través de los gabinetes de lectura, la propaganda podría alcanzar a las clases populares. El destinatario es, pues, inter-clasista.

(31) A. Elorza, El fourierismo en España, Madrid. 1975, pp. XCV-XCVI.

(32) Cit. por A. Elorza, Socialismo utópico español, Madrid, 1970, p. 173.

En los dos años siguientes, el progreso en cuanto a difusión de las ideas «socialistas» en Madrid se refleja en el éxito que alcanza el periódico La Asociación, suprimido por orden del gobierno en mayo de 1850 y que debió tener gran número de suscriptores, ya que en febrero-marzo de ese año paga en franqueo quinientos y trescientos reales respectivamente, por sólo veintidós de El Eco de la Juventud de Fernando Garrido. Dirigía La Asociación Ordax Avecilla y su supresión siguió a la condena de un folleto de Garrido Defensa del socialismo por ella editado [33]. Para continuar la tarea propagandística, apoyada en el recién constituido partido demócrata, se funda el 25 de mayo La Creencia. Ahora bien, el gobierno moderado se hallaba dispuesto a cortar todo brote de socialismo y en consecuencia, el ministro de Gobernación, conde de San Luis, hace publicar el 15 de julio de 1850 una real orden dirigida a impedir la difusión de todos aquellos impresos «que vayan encaminados a destruir la organización social, y el principio y forma de gobierno establecido por la Constitución del Estado» [34]. Al propio tiempo, coincidiendo con esta presión gubernamental, tiene lugar un estancamiento ideológico para el que cuenta sin duda el callejón sin salida en que ha entrado el proceso de revolución política abierto en Francia a partir de febrero del 48. De ahí la propensión a conjugar un discurso de lamentación por la suerte del trabajador con un arbitrismo reformista cuyo mejor ejemplo es el eco alcanzado por las recetas de reforma del crédito, que recorre las páginas de La Reforma Económica de Sixto, de los pocos números que han sobrevivido de La Asociación y de La Creencia. En esta «revista popular», dirigida como su suprimida predecesora por Ordax Avecilla, se desarrolla ya un discurso pedagógico formalmente dirigido a «la instrucción de las clases obreras», proponiendo en pequeños ensayos los recursos para una posible superación de la miseria. Y decimos formalmente porque en realidad su venta por suscripción, aunque al reducido precio de cinco reales por mes, indica un público lector cuyo límite inferior se encontraría en los artesanos especializados.

(33) La Démocratie Pacifique, 22-V-1850.

(34) José Eugenio de Eguiazábal, Apunte para una historia de la legislación española sobre imprenta desde el año de 1480 al presente, Madrid, 1879, p. 302.

La solución del problema social se cifra nuevamente en el trabajo asociado. Puede decirse que la palabra «asociación» constituye el eje en torno al que gira toda la construcción doctrinal. Es un concepto plurisémico. «Asociación» significa, por una parte, pero no primordialmente, derecho de asociación de los trabajadores, mediación a través de la cual pueden contrarrestar el predominio patronal a la hora de fijar las condiciones de trabajo. Pero «asociación» es también el núcleo de la transformación capitalista de la economía y de las relaciones sociales en sentido progresivo, por antonomasia y positivamente asociación de capitales. El punto de encuentro entre ambos polos tiene lugar en el interior de la utopía reformistas del trabajo asociado, donde merced a una organización cooperativa favorecida por el crédito popular el proletario se eleva -apoyado culturalmente en la educación y políticamente en el sufragio universal- a una condición de plena ciudadanía, equiparándose, integrándose en las formas de vida burguesa [35].

(35) Una discusión más amplia en nuestro trabajo «Asociacionismo y reforma social en España (1840-1869)», en J. J. Trías y A. Elorza, op. cit., p. 244 y ss.

Por medio de una acción multidireccional, es lo que ensaya a partir de 1845 uno de los componentes del grupo de demócratas sociales de cuyo periodismo venimos hablando. Se trata de Antonio Ignacio Cervera, mezcla de arbitrista del crédito, promotor de la enseñanza popular y periodista demócrata. Autor muy joven de una memoria sobre el pauperismo, premiada por la Económica Matritense, donde despliega un plan de asociación general, va a protagonizar a partir de 1850 el ensayo más complejo de incorporación de los trabajadores a la política democrática. Cervera propone un reformismo de base múltiple, con la escuela popular para formación de adultos, un gabinete de lectura asimismo popular, un banco de trueque y, a su lado, un proyecto de organización de cooperativas artesanales [36]. El crédito es la clave de bóveda del sistema, con una Caja de Cambio universal inspirada en el Banco del Pueblo y que, finalmente instaurada entre 1858 y 1863, desembocará en una rotunda quiebra. En el subsuelo, el entramado organizativo permitía amparar la persistencia de la organización democrática en tiempos de persecución política. Cervera es un organizador y su prensa va a caracterizarse, a diferencia de los periódicos doctrinales precedentes, por servir ante todo de vehículo a las empresas de Cervera. Lo explica éste en su primer periódico, El Amigo del Pueblo, que ve la luz en agosto de 1849: se trata de «dar a conocer a las clases menos acomodadas de la sociedad todas aquellas instituciones que puedan mejorar su situación, ya socorriendo con actos filantrópicos sus desgracias, ya auxiliándolas cuando quieran asegurar su porvenir, con el depósito y buen empleo de los pequeños capitales que hubiesen ahorrado» [37]. El Amigo del Pueblo desapareció probablemente en febrero de 1850, y desde luego antes de mayo del mismo año. Sus suscriptores fueron recogidos por La Creencia. En la segunda mitad de 1851 coge el relevo El Trabajador, «periódico de educación popular» del que apenas nos ha llegado algún número suelto, y que marca un hito por abrir la etapa de títulos que sugieren identificación entre prensa y clase obrera. Suspendido por el gobierno, le sigue El Taller, hoy perdido, cuyo título recoge la versión española del primer periódico francés, L’Atelier de Bouchez [38]. Sobre la significación práctica de ambos contamos con una reseña tardía de Garrido: Al parecer en Valencia existía aún en 1872 «la asociación del taller fundada por el periódico “El Trabajador”, al que, por muerte violenta de la arbitrariedad gubernamental, sigue “El Taller” y que para fomentar las asociaciones obreras cobraba sólo tres cuartos de cada suscripción, dejando los catorce restantes para que en cada localidad se dedicaran al objeto más preferente, socorros mutuos, escuelas, creación de talleres, publicaciones, etc. etc. Por tal medio, en Barcelona, Valencia, Madrid, Reus, Antequera y otros muchos puntos, se reunieron de 600 a 4.500 asociados, que llegaron a formar 12.000 suscriptores, con lo que se sostenían escuelas en Madrid, donde llegaron a concurrir 4.200 trabajadores, hasta que la atención del gobierno se fijó en ellas disolviéndolas, prohibiendo el periódico y prendiendo en diversas ocasiones a Cervera…» [39]. La prensa se convertía así en pieza clave de la incipiente organización obrera/artesanal de signo democrático, en vísperas de la revolución de 1854.

(36) Recogemos los más significativos escritos de Cervera en «El pauperismo y las asociaciones obreras en España (1833-1868)», Estudios de Historia Social, 10-11, 1979, pp. 386-404, 423-429 y 432-451.

(37) El Amigo del Pueblo, Madrid, núm. 2, 31-VIII-1849.

(38) Clara E. Lida, Anarquismo y Revolución en la España del XIX, Madrid, 1972, p. 41.

(39) La Revolución Social, 9-I-1872.

Ello no significa, empero, que la articulación efectiva fuera un hecho. Una cosa era el discurso dirigido hacia las clases populares, a los trabajadores, y otra la mentalidad aún dominante. Siempre Fernando Garrido nos permite situar las cosas en su justo término, cuando evoca desde la atalaya de los setenta ese pasado de resistencias a la predicación democrática: «La revolución de 1854 -nos cuenta Garrido- dio lugar a grandes manifestaciones democráticas, y sin embargo las publicaciones republicanas, como el Eco de las barricadas, que publicamos entonces el malogrado Antonio Ignacio Cervera, Federico Beltrán y yo, no podían penetrar más allá de la Plaza Mayor, porque el pueblo de los barrios del sur repugnaba todavía la palabra Republicana de tal manera, que apaleaba a los vendedores de nuestro «periódico» (40). Esto no impedía que, convertido en protagonista de la revolución de julio, el «pueblo», identificado con «el trabajador» fuera ya el destinatario privilegiado del mensaje de la democracia social. Lo expresa mejor que nadie otro joven publicista que a comienzos de la década ha venido a unirse al núcleo de propagandistas democráticos de Madrid, Francisco Pi y Margall en su hoja El Eco de la Revolución [41]. Mientras el otro Eco, el de Garrido y Cervera, hacía reposar sobre la puesta en marcha de la ley del progreso la solución de «la miseria» obrera, en El Eco de la Revolución la emancipación del trabajador aparece como exigencia ineludible, asociando el proceso revolucionario con el fin de la explotación. El lenguaje ha virado un tanto, aunque el propio Pi reconozca que no hay solución a corto plazo, que «esa esclavitud es ahora por de pronto indestructible»:

«No puedes ser del todo libre mientras estés a merced del capitalista y del empresario, mientras dependa de ellos que trabajes o no trabajes, mientras los productos de tus manos no tengan un valor siempre y en todo tiempo cambiable y aceptable, mientras no encuentres abiertas de continuo cajas de crédito para el libre ejercicio de tu industria…» [42].

(40) Fernando Garrido, «Prólogo» a F. Díaz Quintero, Enciclopedia republicana federal social, Madrid, 1871, p. VII.

(41) Sobre Pi y Margall, entre otros, véase Juan J. Trías, estudio preliminar a F. Pi y Margall, Pensamiento social, Madrid, 1969.

(42) El Eco de la Revolución, cit. por Anuario republicano federal, I, p. 24.

Por supuesto, Pi permanece atrapado por la visión de un marco económico artesanal y todavía no se libera de la engañosa salida de la reforma del crédito, pero por vez primera emisor y destinatario se funden en el proyecto liberador de la opresión, no según una armonía interclasista soñada a priori [43]. Quedan así establecidos los supuestos para el encuentro entre esas dos trayectorias hasta ese momento distantes, la del movimiento obrero real, de Cataluña, y la de una producción ideológica reformista, marcada por el atraso económico de la capital, pero con una incidencia potenciada -como revela el caso citado de Cervera- por la capitalidad política y el protagonismo en el mercado de la difusión cultural y, en especial, de la prensa periódica.

(43) J. J. Trías, op. cit., p. 64.

3. Asociación obrera y pedagogía: El Eco de la Clase Obrera (1855-1856)

El primer periódico que se autocalifica de obrero va a nacer en Madrid, y en circunstancias que invierten casi puntualmente la secuencia que describíamos para el trienio 1840-43. Si entonces es la pujanza del movimiento asociativo obrero en Barcelona lo que hace aconsejable a los fabricantes la organización en Madrid de una campaña a través de El Corresponsal, informando sobre los actos de las sociedades obreras para promover su prohibición, ahora son las circunstancias excepcionales, de persecución tras la huelga de julio de 1855, las que mueven a la aparición en la Corte, y por iniciativa de un trabajador catalán, de un periódico encargado de impulsar la campaña en defensa del derecho de asociación que los trabajadores catalanes tienen entablada.

Los datos de base son los mismos, reducibles en el límite a la dualidad Madrid-Barcelona. Esta última como capital industrial, foco del asociacionismo y de la conflictividad de los trabajadores, pero alejada del poder político -y del polo principal de irradiación ideológica- que se encuentra en Madrid. El actor social -fabricantes o trabajadores- tiene que recurrir a la capital del Reino para intentar modificar las posiciones establecidas de facto en el Principado en torno al tema clave de la asociación. Y ha de trasladar consecuentemente su voz allí el periódico, como instrumento para reforzar las propias posiciones. Ello explica que el primer periódico obrero surja precisamente en la capital, y no en Barcelona, a pesar del evidente desfase que entre ambas poblaciones existe en lo que se refiere a madurez asociativa. Precisamente El Eco de la Clase Obrera dará cuenta de ello, cuando informe del número de firmas de trabajadores que respaldan la exposición dirigida a las Cortes Constituyentes en defensa del derecho de asociación: son 600 firmas por Madrid frente a las 22.000 de Cataluña. La capital se ve incluso superada por otras poblaciones, como Sevilla (4.540 firmas), Alcoy (1.280 firmas), Navarra (1.141 firmas), Antequera (1.028 firmas), Valladolid, con mil, Málaga (958 firmas) y Córdoba (650 firmas) [44].

(44) El Eco de la Clare Obrera, Madrid, núm. 19, 16-XII-1985.

El Eco de la Clase Obrera comienza a publicarse el 5 de agosto de 1855, a un mes justo de la huelga general de Barcelona y puede considerarse como un efecto de la misma, y como vehículo de las sociedades obreras catalanas en la campaña nacional que deciden lanzar por el reconocimiento por ley de las asociaciones. Recordemos los hechos, de los que por otra parte contamos con una crónica muy detallada en el libro de Martí y Benet sobre el movimiento obrero barcelonés del bienio. El 21 de junio de 1855, el gobernador militar, general Zapatero publica un bando por el cual son prohibidas todas las asociaciones obreras y anulados los contratos colectivos de trabajo hasta entonces en vigor [45]. La respuesta de las sociedades obreras a este golpe de timón dado contra ellas por la autoridad militar, y aprovechado de inmediato por los fabricantes, es la convocatoria el 2 de julio de una huelga general. La proclama fue significativamente silenciada por la prensa de Barcelona y reproducida únicamente por la de Madrid en su integridad, lo que habla de nuevo de ese juego triangular entre intereses de clase y papel de las ciudades, industrial y de gobierno. Lo ponen de relieve en su citado libro Martí y Benet, y tal vez valga la pena reproducir el párrafo en su integridad por lo que tiene de reflejo preciso de esa situación a que hacíamos referencia. «La prensa barcelonesa, tanto la liberal como la conservadora -escriben estos autores- no reprodujo este texto que con tanta claridad, exponía los motivos de la huelga general y cuáles eran exactamente las reivindicaciones obreras. Sólo el diario progresista La Corona de Aragón informó de ello a sus lectores. El resto de los diarios de Barcelona lo silenció, limitándose a reproducir los textos de las declaraciones de las autoridades, con comentarios sobre el acontecimiento. En cambio, en la prensa de Madrid encontramos reproducido íntegramente el documento obrero. Esta diferencia de comportamiento tiene su explicación. En primer lugar, los obreros catalanes no disponían de periódico alguno desde donde hacerse escuchar su voz sin intermediarios. Más aun, aunque hubiesen contado con tales periódicos, Cataluña se encontraba sometida de nuevo al estado de sitio, y por lo mismo, sometida a la censura militar. Finalmente, publicar en Barcelona este tipo de documentos era tanto como favorecer la causa de los huelguistas. En cambio, la publicación en la prensa de Madrid tendía más bien a movilizar a la opinión y al gobierno contra los obreros» [46].

(45) «Bando», Diario de Barcelona, 22-VI-1855.

(46) Casimir Martí y Josep Benet: Barcelona a mitjan segle XIX. El moviment obrer durant el bienni progressista (1854-1856), Barcelona, 1976, t. II, p. 9.

La explicación de Martí y Benet nos permite intuir, sin excesivo margen de error, las razones para lanzar desde las sociedades obreras barcelonesas -o por sus simpatizantes en la Corte- un periódico obrero en Madrid: era preciso compensar el desequilibrio radical con que tropezaban los intereses obreros a la hora de medirse con los de la burguesía en el campo de la comunicación social. El Eco de la Clase Obrera verá la luz justamente para cumplir ese propósito, llevando a la opinión pública ese interés central de los trabajadores, contrarrestando en Madrid las campañas adversas. Las palabras con que se abre el primer número de nuestro periódico son a este respecto bien claras, aún cuando deliberadamente, y a la vista del apoyo recibido por la prensa democrática de la capital, el objetivo polémico ceda paso a la afirmación de principios:

«Teníamos redactado un artículo -comienza diciendo el editorialista del Eco– para rebatir los escritos que han visto la luz pública estos últimos días acriminando y ultrajando a la clase obrera de Cataluña con motivo de las últimas ocurrencias habidas en Barcelona; pero atendiendo la noble conducta de algunos periódicos que han salido a nuestra defensa y la Vindicación que los obreros del antiguo Principado han publicado, hemos preferido entrar desde luego a tratar de los asuntos que más nos interesan, contentándonos con decir que una parte de la prensa periódica de Madrid al declararse con tanta ligereza enemiga de la Asociación, ha llenado malísimamente su cometido» [47].

Como «fundador y director» de El Eco de la Clase Obrera figura, y con la notación de «operario» Ramón Simó y Badía, cajista barcelonés que en el periodo que nos ocupa debió jugar un papel destacado como portavoz de los intereses obreros catalanes en Madrid. Simó y Badía es autor, asimismo, en febrero de 1855, de una Memoria sobre el desacuerdo entre dueños de taller y jornaleros, donde proporciona algunos datos personales de interés. Simó y Badía autodefine como

(47) El Eco de la Clase Obrera, núm. 1, 5-VIII-1855.

«cajista: representante que fue de la clase de impresores cerca de las primeras Autoridades de Barcelona durante los acontecimientos que tuvieron lugar en aquella capital en marzo de 1854; ex-presidente de varias asociaciones de socorros mutuos, etc. etc.» [48].

Es, pues, un dirigente obrero con suficiente tradición que por añadidura escribe tal memoria para incidir sobre los trabajos de la Comisión creada por Real Decreto de 10 de enero de 1855 para analizar la cuestión de «las disidencias suscitadas entre los fabricantes y los trabajadores de Barcelona» y «proponer al Gobierno los medios más oportunos de terminarlas felizmente» [49]. La Comisión fue inoperante y el escrito de Badía orientado a propiciar una presencia obrera en la misma, resultó poco menos que arrojado al cesto de los papeles. Simó y Badía remitió diez ejemplares del opúsculo a las Constituyentes. La presidencia de las Cortes acusó recibo y dispuso el envío de los mismos al archivo, sin pasárselos a la Comisión precitada. Y en el archivo duermen desde entonces como testimonio de la incomunicación entre los intereses obreros y la representación nacional.

(48) Ramón Simó y Badía, Memoria sobre el desacuerdo entre dueños de taller y jornaleros, Madrid, 1855, p. 1.

(49) C. Martí y J. Benet, Barcelona..., l, pp. 705 y 723.

La Memoria de Simó y Badía tiene, pues, un interés ante todo ideológico. Muestra cómo, en el bienio progresista, los trabajadores asociados buscan aún una vía de concordia, confiando en que antes o después el gobierno presidido por Espartero sabrá restaurar un equilibrio en los conflictos de clase, superando las dos vías que la indiferencia del poder deja abiertas: el predominio de los patronos o la acción obrera acorde con sus propios intereses y según las propias fuerzas. «Confiamos firmemente -declara Simó y Badía- en que el gobierno llegará a convencerse de que esas continuas desavenencias entre jornaleros y dueños de taller no son cosa del acaso, y por lo tanto fáciles de remediar con sólo el nombramiento de una comisión interventora: nada de eso; el mal está en que el proletario se halla fuera del amparo de las leyes, y por consecuencia, o tiene que ser explotado por las clases pudientes, o tiene que buscar su salvación en sí mismo. Ambos extremos nos repugnan» [50].

(50) R. Simó y Badía, Memoria, p. 14.

En el intento de hacer innecesaria la lucha de clases, el cajista barcelonés propone un sistema de mediación del poder público que encontraría su complemento en una organización neo-corporativa de la clase obrera. El papel de la legislación consistiría en acabar con «el estado de abandono en que las leyes y las autoridades han dejado siempre a la clase jornalera». Simó y Badía se apoya en los escritores franceses sobre la cuestión social. Cita a Thiers y probablemente, al proponer «la organización del trabajo» utiliza a Luis Blanc y a los utópicos moderados. Su triple haz de reformas en la legislación social es muy cauteloso. Se limita a proponer el reconocimiento del derecho de asociación, la limitación del trabajo de aprendices -en conexión directa con los problemas de su sector profesional- y el establecimiento de condiciones higiénicas para los talleres. Lo esencial es el primer punto, que contempla desde la perspectiva de un oficio de fuerte estructuración corporativa como es el Arte de Imprimir. La asociación se organizaría englobando a «todos los individuos que se dedicasen a un arte u oficio», en forma obligatoria. Esta organización por oficios se proyectaría, siguiendo pautas corporativas, desde la educación de los jóvenes trabajadores hasta la meta esencial, la fijación de la «tarifa», las condiciones económicas del trabajo para todo el oficio acordadas con los dueños de taller y representantes gubernamentales en el marco de una comisión mixta. Para dirigir las asociaciones de oficio habría una comisión permanente de gobierno, ayudada por otras dos comisiones, de salud y de instrucción. Las tres comisiones formarían la Junta Directiva, que tendría a su cargo además un libro de parados [51]. Se trata, en consecuencia, de un proyecto de estabilización de los conflictos de clase mediante la organización corporativa de los trabajadores garantizada por el Estado.

Tal proyecto se diseña, explícitamente, con el objeto de conseguir la armonía social. La clase obrera busca el reconocimiento de sus intereses mediante la protesta de que los mismos resultan compatibles con el orden social vigente. Pero esta intención formal no puede eludir, ni la denuncia de las condiciones concretas de explotación, ni la consiguiente invocación de la resistencia como recurso imprescindible para los explotados. La asociación es así momento de conciliación, pero también anuncio de un estadio del conflicto social más favorable para la clase obrera.

En esta trayectoria se inscribe la línea editorial de Eco de la Clase Obrera, que muy verosímilmente traza el propio Simó y Badía con la serie de artículos firmados con la inicial «S.» y titulados en sentido tranquilizante «Armonía entre el capital y el trabajo». Las cartas aquí quedan algo más al descubierto, pues desde un principio Simó y Badía presenta «asociación» y «resistencia» como sinónimos. Según un esquema bipolar, gracias a la acción convergente de ambos puede esperarse la resolución de los conflictos sociales:

(51) Ibídem.

«La situación del trabajo es triste, el estado de las artes precario. Cualquier innovación introducida en la industria, cualquier paralización en los trabajos, sea cual fuere su causa, produce males de consideración y deja un sin fin de familias sumidas en la miseria, fomentando la desmoralización y los conflictos. A nuestro corto entender hay un remedio para combatir y cortar el mal, dando al cuerpo social vida y robustez: la resistencia, la asociación. Resistencia que lejos de ser un obstáculo para las operaciones comerciales, como algunos han creído, es por el contrario un motivo poderoso para la producción y el consumo, porque sostiene el salario del obrero, extingue la miseria, establece un equilibrio proporcional entre todas las clases y regulariza el movimiento de la máquina social» [52].

Esta identificación es muy útil para entender la doble cara que en todo momento ofrece el semanario. El discurso teórico tiende, una y otra vez, a subrayar la centralidad del objetivo de la asociación, al tiempo palanca desde la cual los trabajadores articulan sus intereses y la sociedad encuentra un vehículo para lograr la armonía de clases. Pero al mismo tiempo la concreción efectiva de ese derecho de asociación tiene lugar a través de la resistencia. Este aspecto no se aprecia en los artículos doctrinales, sino en las noticias relativas al movimiento obrero, cuyos temas suelen ser las condiciones miserables o las acciones reivindicativas.

(52) El Eco de la Clase Obrera, núm. 1, 5-VIII-1855.

El argumento es que si bien la armonía es el estado óptimo de las relaciones sociales -«aplaudimos que se aconseje a la clase obrera sea sumisa y obediente»- esa subordinación resulta imposible si el trabajador vive en condiciones de miseria por la dureza de su labor y la cortedad de su salario: «que el salario de aquellos infelices obreros se fijara de modo que pudiesen atender, con la comodidad que merecen, a sus necesidades», tal es la condición del equilibrio deseado. A la desigual situación del trabajador frente al capital contribuye en fin la carga de los impuestos estatales, «viniendo a recaer todo al fin en perjuicio de la numerosísima clase proletaria». Y la única solución para que esa balanza recobre una posición equilibrada reside en que los trabajadores salgan de su aislamiento. Para superarlo, el Gobierno sólo debe aplicar al problema el principio del reconocimiento jurídico de la libertad. «El Gobierno -concluye Simó y Badía- no debe hacer otra cosa que dejarle el camino expedito y fomentarla lo más posible. Esta organización es lo que llamamos resistencia, único medio de mantener en perfecto equilibrio los intereses de los individuos, tanto colectiva como particularmente. La única e indispensable base de esta resistencia es la Asociación» [53]. El principio de libre «organización por clases, por ocupaciones» es, pues, presentado formalmente como camino para conseguir la armonía social, adhiriéndose al vocabulario dominante entre la burguesía, incluso progresista, pero su contenido es la sanción del conflicto social en condiciones de restauración del equilibrio de fuerzas para la clase trabajadora.

(53) El Eco de la Clase Obrera, núm. 3, 19-VIII-1855.

Resulta difícil pensar, sin embargo, que ese nivel de conciencia de clase tuviese una excesiva penetración entre los trabajadores del mundo de oficios que caracteriza a la estructura profesional española de mediados del XIX. No es casual que Simó y Badía sea cajista, anticipando el papel decisivo que la profesión ha de desempeñar a partir de 1870. Los planteamientos reformadores, fuertemente inspirados en la literatura «socialista» de las dos décadas precedentes, son patrimonio de una élite obrera que comparte en líneas generales la visión de las cosas propias de los demócratas atraídos por la cuestión social. De ahí que, salvo en lo que concierne al sujeto emisor, no existan demasiadas distancias entre lo que describe El Eco de la Clase Obrera y los propósitos expuestos en años anteriores por los demócratas sociales. Esta convergencia y la propia debilidad de esa aristocracia obrera en tanto que productora de ideología explican que el grueso de las aportaciones doctrinales de nuestro primer periódico obrero correspondan al principal portavoz de la pequeña burguesía reformista, don Francisco Pi y Margall. Él es quien redacta la exposición que los trabajadores presentan a las Cortes, según relata su biógrafo Vera y González: «Poco después de haberse dictado por el gobernador de Madrid la prohibición de las conferencias sobre economía política, se presentaron a Pi varios obreros comisionados por las asociaciones de Cataluña, y le encargaron la redacción de un folleto de dieciséis páginas, contra el proyecto de organización industrial presentado por Figuerola (sic). El folleto se dio como suplemento en “El Eco de las Clases Obreras” (sic) que entonces publicaba Simó y Badía. Redactó, además, Pi la memoria de los trabajadores catalanes acerca de las asociaciones obreras. De aquí nació el pensamiento de hacer firmar una exposición a las Cortes a todos los obreros en España, pidiendo la libertad absoluta de asociación» [54]. Además, Pi debió redactar las «Observaciones al proyecto de ley» publicadas en los números 19 y 20 del Eco y las más destacadas colaboraciones teóricas: la serie «influencia de las asociaciones», firmada P.M., que se inicia en el núm. 5 (2.09.55) y se cierra en el 11 (14.10.55) y los artículos «Del crédito» (núm. 17, 2.12.1855), y «La usura» (núm. 20, 6.01.1856). Desconocemos si hubo una participación ulterior, porque la única colección conservada del semanario, en la Hemeroteca Municipal de Madrid, se cierra en el núm. 26, el 3 de febrero de 1856. En marzo del 56, ya no debía publicarse pues, como anotan Martí y Benet, el periódico no figura en las estadísticas del timbre, ofrecidas por la Gaceta de Madrid [55].

(54) E. Vera y González, Pi y Margall y la política contemporánea, I, Madrid, 1886, p. 509.

(55) C. Martí y J. Benet, Catalunya..., II, p. 239.

Tanto la exposición a las Cortes como la serie sobre las asociaciones prueban hasta qué punto coincidían en ese momento las ideas de la democracia social y las de la aristocracia obrera, no sólo en cuanto al objetivo de conseguir el derecho de asociación, sino también en la concepción de las relaciones de clase, basada en una profunda modificación favorable a los trabajadores sobre la base de la libre asociación. Sobre esa plataforma común, y amén de los oropeles de la reforma del crédito, lo que ofrece Pi y Margall es una argumentación más elaborada, con el punto de llegada utópico de una posible sustitución del orden capitalista por la red de asociaciones obreras. El aspecto reivindicativo cede paso a la perspectiva constructivista. Un sistema de mediaciones resuelve toda disensión entre operarios y fabricantes. El principio proudhoniano de justicia ocupa el lugar que dentro del esquema de Simó y Badía desempeña la resistencia: «Donde no alcance la Asociación de un pueblo -advierte Pi en el último artículo de la serie-, alcanzarán las Asociaciones reunidas; donde no las Asociaciones del pueblo, las de toda la provincia; donde no las de la provincia, las del reino. La justicia triunfará al fin, y sólo la justicia» [56]. En caso de crisis de una rama industrial, la Asociación decidirá lo que hoy llamaríamos su reconversión. Claro que la asociación en Pi pierde sus acentos corporativos. Es voluntaria, pero él tiende a generalizar su alcance. El equilibrio de fuerzas entre fabricantes y obreros determina una violencia cada vez menor en las confrontaciones. El fabricante, en vez de aminorar el salario, busca otros medios para reducir costes, mientras «los operarios por otra parte, dirigidos inteligentemente, renuncian a toda pretensión insostenible…» [57]. Nos encontramos ante una utopía armonista fundada en la concertación de los dos factores de la producción. En las Observaciones que los comisionados obreros catalanes presentan a las Cortes, obra posiblemente de Pi y publicadas en el Eco, la utopía cobra perfiles concretos: «Organizada toda la clase, puede convertirse en productora y absorber los capitales. Dueña exclusiva del capital y del trabajo, ¿qué poder mayor que el suyo? Si a imitación de la obrera se organizan luego las demás, ¿qué es del Estado…? ¿Era tan malo, además, que el capital y el trabajo, hoy antagonistas, se refundiesen en uno? La cuestión social estaría probablemente resuelta, y por muy feliz podía darse el siglo con haber hallado una solución de tanta trascendencia…» [58].

Ahora bien, no parece que este ropaje filosófico fuese la médula del periódico. Bien al contrario, su orientación es muy pragmática y tiende a un fin muy definido, generar una campaña de solidaridad obrera que respalde ante las Cortes los derechos de los trabajadores a la asociación. Todo gira en torno a ese apoyo a la exposición obrera, cuyo texto se hace público en el sexto número, el 9 de septiembre de 1855. Los artículos doctrinales sirven de envoltorio, las manifestaciones de solidaridad con la iniciativa catalana -de trabajadores de Madrid, de Sevilla, de Granada- y las noticias sobre la realidad obrera de respaldo a la posición única que guía toda la publicación. Sólo queda al margen la sección educativa, que da alguna idea de quién es el destinatario, con sus nociones elementales de gramática -conjugaciones de verbos incluidas-, química y geografía.

(56) P. M., «Influencia de las asociaciones», V, en El Eco de la Clase Obrera, núm. 11, 14-X-1855, cit. por nuestra antología del periódico, Revista de Trabajo, 1969, núms. 27-28, p. 444.

(57) C. M., «Influencia de las asociaciones», II, El Eco de la Clase Obrera, núm. 5, 2-IX-1855.

(58) El Eco de la Clase Obrera, núm. 20, 23-XII-1855.

El Eco de la Clase Obrera es, por consiguiente, un periódico surgido en y para una campaña, que renuncia de antemano a cualquier otro objetivo. No hay documento que lo pruebe, pero todo indica que son las sociedades catalanas quienes proporcionan los fondos para su publicación. Tampoco sabemos nada de su tirada, si bien a través de ese indicador que son las estadísticas de facturación en Correos, recogidas por Martí y Benet, puede constatarse que los niveles máximos (76,48 rs. en diciembre, 62,36 rs. en noviembre contra 22,20 rs. en septiembre, 10,24 en octubre, 47,40 en enero y 24 en febrero, habiendo arrancado de 2,32 en agosto de 1855) corresponden a la fase cenital de la campaña. La tirada se aumentó desde primero de noviembre de 1855 [59]. El 9 de octubre habían salido para Madrid los comisionados de la clase obrera catalana, Molar y Alsina, veinticuatro horas después de que el ministro Alonso Martínez leyese ante las Cortes su proyecto de ley «sobre ejercicio, policía, sociedades e inspección de la industria manufacturera». Las semanas que siguen son las de más intenso debate, publicando los sucesivos números del Eco las noticias relativas a la recogida de firmas en los distintos lugares de España, culminando en los discursos que los comisionados obreros de Cataluña pronuncian el 9 de noviembre ante la comisión encargada de dictaminar el proyecto de ley. El Eco publicó los discursos íntegros en su número de 9 de diciembre, insertando en el siguiente número la Impugnación del proyecto de ley por P. M. (Pi y Margall) y las Observaciones sobre el mismo dirigidas a la Comisión por los comisionados (y escritas tal vez por el mismo Pi), estos dos documentos como opúsculos independientes. La campaña desembocó en la entrega, el 29 de diciembre, de la exposición acompañada por las firmas a las mismas Cortes [60]. Quizás por eso, una vez cumplida su principal finalidad, el Eco entra en curva descendente hasta su desaparición.

(59) C. Martí y J. Benet: Catalunya..., II, p. 262.

(60) C. Martí y J. Benet: Catalunya…, II, pp. 238-239.

Además, por lo menos en lo que concierne a Madrid, la presencia de una prensa demócrata radical garantizaba una atención suficiente a los intereses obreros. En particular, diarios como La Soberanía Nacional, dirigido por Sixto Cámara, y La Voz del Pueblo, de Surís secundaban en sus editoriales la reivindicación obrera y publicaban sus documentos (por ejemplo, La Voz inserta íntegros los discursos de Molar y Alsina ante la Comisión, en los días 13 y 18 de diciembre de 1855, La Soberanía había hecho lo propio con la exposición, el 15 de septiembre, etc.). En términos doctrinales, lo más destacado es la aceptación por el demócrata Sixto Cámara del principio de la explotación del trabajo por el capital como causa de la situación creada en Cataluña. «Hay un vicio radical, profundo -escribirá el 12 de julio, comentando la huelga general- en la constitución actual de la industria» [61]. Para explicar dos días más tarde, en polémica con el progresista La Nación:

«¿Quiere saber nuestro colega el origen de la honda crisis catalana? (…) Este origen no está, ni en la historia, ni en el carácter de aquella provincia. Ni está tampoco en la asociación de los obreros. Ni en la contemporización del gobierno. Ni en su falta de energía. Este origen está en la tiranía del capital, en la esclavitud del trabajo» [62].

(61) La Soberanía Nacional, Madrid, 12-VII-1855.

(62) La Soberanía Nacional, 14-VII-1855. Sobre las polémicas de prensa en el momento, ver nuestro art. «El proyecto de ley Alonso Martínez sobre el trabajo en la industria (1855)», en Revista de Trabajo, 1969, núms. 27-28, pp. 251-275.

El esquema de la dualidad de clases, fruto de la experiencia catalana y de la propia campaña de solidaridad, se encuentra asimismo en un editorial sin firma que El Eco de la Clase Obrera publica el 13 de enero de 1856:

«Oprimidos y opresores, productores e improductivos, amos y esclavos, tiranos y siervos: siempre han sido estos los términos de la distinción social introducida entre los hombres, los miembros del eterno dualismo de las instituciones y de su esencial contradicción» [63].

(63) El Eco de la Clase Obrera, núm. 23, 13-I-1856.

Se trata de un deslizamiento cortado muy pronto por la evolución política del país, al cerrarse el bienio progresista. Desde 1856 hasta 1868, los grupos más activos de los trabajadores madrileños, como los del resto del país, se forjan y se mueven a la sombra de los sectores demócratas. Es lo que puede constatarse con el seguimiento del diario La Discusión: la voz de las sociedades cobra relieve cuando se hace precisa, como ocurre con ocasión del debate entre socialistas e individualistas. Claro que no toda la prensa ha sobrevivido. No parece, por ejemplo, haberse salvado un solo ejemplar de El Cambio Universal, la publicación que entre 1858 y 1863 acompaña a la experiencia -finalmente terminada en desastre- de banco popular, moldeado sobre los proyectos publicados por Antonio Ignacio Cervera durante el bienio. Del mismo modo que tampoco ha llegado hasta nosotros un solo ejemplar del segundo periódico obrero del bienio progresista, El Tipógrafo, que debió aparecer a principios de noviembre de 1855 -el Eco constata y celebra ese nacimiento [64]- y del que por lo menos salió un segundo número.

Los brotes de prensa obrera, según es sabido, se trasladan a Barcelona, ya en la década de los sesenta, con El Obrero y La Asociación. Su problemática recoge fundamentalmente el marco catalán aunque, en términos políticos, confirme la línea de comportamiento vigente en la capital del reino: liderazgo republicano y participación de esas vanguardias obreras y artesanales en el ámbito asociativo e ideológico de la democracia.

(64) El Eco de la Clase Obrera, núm. 14, 11-XI-1855.

4. El libro del obrero: prensa republicana e internacionalista

En principio, la revolución de 1868 parece sentar las bases para una hegemonía duradera del republicanismo sobre las capas populares urbanas y, consecuentemente, sobre las élites obreras. En el mismo escrito donde deplora el rechazo popular del republicanismo en 1854, Fernando Garrido consigna el éxito de la penetración de sus ideas en los barrios populares de Madrid catorce años más tarde. «Pero apenas se ha producido una nueva generación de hombres -escribe desde la atalaya de 1871-, los muchachos de esos barrios en 1854, hombres ya en 1868, no sólo no rechazan las publicaciones republicanas en esta época, sino que han convertido estos barrios en uno de los focos principales de la revolución política y social; han convertido en tribuna antimonárquica, revolucionaria, la Capilla de San Isidro, y dando sus votos, para que los represente en las Cortes a Orense, el viejo republicano, han vuelto en su inmensa mayoría la espalda a los ídolos monárquico-católicos, a quienes durante tantos años rindieron culto. Este ejemplo de los llamados barrios bajos de Madrid es común a todas las poblaciones de España» [65].

 

(65) F. Garrido, «Prólogo» a Enciclopedia republicana federal social, p. VII.

Nada anuncia en ese momento la fragilidad de la unión. Las sociedades obreras ven reconocido el derecho de asociación. En Barcelona, sus manifestaciones iniciales señalan una adhesión inequívoca –La Federación incluida- al ideario democrático federal [66]. Y cobra auge la actuación en Madrid de aquellas instituciones que representaron antes del 68 esa acción tutelar del republicanismo sobre la aristocracia obrera, como el Fomento de las Artes [67]. Otro tanto sucede con los centros de asociacionismo popular, donde convergen trabajadores y pequeña burguesía bajo el denominador común de la democracia revolucionaria. Los lazos parecen tan sólidos que la prensa republicana de más circulación, como La Igualdad, no encuentra oportuno en los meses que siguen a la Gloriosa hacerse cuestión del tema. De ahí también la lentitud con que los republicanos reconocen el alcance de la separación internacionalista en 1869-70.

(66) Sobre el federalismo inicial de las sociedades obreras catalanas, ver Josep Termes, Anarquismo y sindicalismo en España. La Primera Internacional, 1864-1881, Barcelona, 1972. pp. 33-38; Anselmo Lorenzo, El proletariado militante, Madrid, 1974, p. 86.

(67) Anselmo Lorenzo, El proletariado militante, pp. 31-37.

En Madrid, la asociación que encarna la citada convergencia es el club de Antón Martín. Su secretario, Luis Aner, futuro colaborador de El Condenado, nos cuenta algunos rasgos de su historia: «El club de Antón Martín es anterior a la revolución de septiembre. Los que en esta época le fundan y los socios que en él se afiliaron, formaban ya un todo homogéneo, un núcleo de conspiración constante que venía trabajando desde el año 1865; que en los distritos del Sur dio muestras de su existencia en la triste pero gloriosa lucha de 22 de junio de 1866 y que al día siguiente de esta derrota siguió incansable su obra de conspiración, allegando recursos y preparando elementos que el 29 de septiembre de 1868 dieron por resultado la junta revolucionaria de Antón Martin» [68]. Y es en el club de Antón Martín donde se constituye, el 24 de enero de 1869, el Núcleo promotor de la Asociación internacional central de Trabajadores (sic), sección Madrid. Constaba de tres comisiones en las que podemos descubrir ya algunos nombres que luego destacarán en nuestro internacionalismo. De los siete miembros de la Comisión de relaciones locales, provinciales e internacionales, cuatro son Anselmo Lorenzo, Julio Rubau, Ángel Mora y Enrique Borrel. En la Comisión de reglamento está Francisco Mora. Y entre los siete componentes del «la comisión de propaganda y creación de un periódico que tienda a preparar al Obrero» tenemos a dos futuros contendientes, el periodista republicano Francisco Córdova y López y el futuro bakuninista Tomás González Morago [69].

(68) Luis Aner, «El club de Antón Martin, su formación y desarrollo», La Justicia Social, Madrid, núm. 1, 5-VIII-1869. p. 7.

(69) La Solidaridad, Madrid, núm. 2, 22-I-1980.

Sobre la historia del Núcleo en meses sucesivos contamos con el conocido testimonio de Anselmo Lorenzo. La divergencia viene marcada por ambos lados. Por una parte, los republicanos abandonan pronto las reuniones de Núcleo: sólo Fernando Garrido asiste a una reunión, mientras «los demás políticos fueron desapareciendo poco a poco de nuestras reuniones y sólo cuantos teníamos empeño en continuar la obra de Fanelli nos encontrábamos a gusto y llevábamos adelante nuestra obra de la mejor manera que podíamos» [70]. En sentido inverso, el grupo internacionalista, ganado desde muy pronto por la versión aliancista del ideario de la Internacional, cuyos líderes de opinión serían el propio Lorenzo y González Moraga, va consolidando su hegemonía a partir de la utilización de los espacios puestos a su disposición por los republicanos hasta el momento en que puedan dar el salto a su organización autónoma. La tradición conspirativa anterior al 68 favorecía este tipo de comportamiento.

(70) Anselmo Lorenzo, El proletariado militante, p. 55 y ss.

Es lo que ocurre puntualmente en el terreno de la prensa. El club de Antón Martín logra desde primeros de agosto de 1869 contar con un órgano oficioso, el semanario de divulgación doctrinal La Justicia Social, que bajo la dirección de Joaquín Martín de Olías se dirige a un público popular, y particularmente a los lectores obreros, con el fin de exponer la conexión entre republicanismo y reforma social [71]. La fórmula empleada para la captación obrera consiste en intercalar noticas relativas al obrerismo internacional y textos de militantes madrileños sobre un telón de fondo de claro contenido democrático. No obstante, las dosis del segundo elemento pronto disminuyen, porque tras un texto aliancista firmado por Anselmo Lorenzo en el tercer número -escrito al que cabría considerar como momento fundacional de la ideología anarquista en España- falta la producción propia, compensada sólo por la publicación intermitente de cierto «Mr. Bakounine».

En La Justicia Social coinciden esa insistencia sobre la armonía de intereses entre republicanos y obreros, con el elogio y el apoyo abiertos hacia la Internacional, un esquema que ha de mantenerse entre los republicanos reformistas incluso más allá de la ruptura de 1870 (pensamos en el Boletín de las Clases Trabajadoras, de que luego haremos mención, o en los textos incluidos en la Enciclopedia Republicana Federal Social de Díaz Quintero y en el Anuario Republicano Federal). En la Internacional ven los redactores de La Justicia Social, desde su primer número, un proyecto de «gran regeneración social»:

(71) Véase nuestro «Ideología obrera en Madrid: republicanos e internacionales». La Justicia Social se presentaba con el objeto de «propagar la Idea que los hijos del pueblo manifiestan en la prensa y en el club», «una revista que publique y propague los artículos y discursos de los hombres del trabajo». Se trataba de un claro discurso de captación, cortado sólo con el aldabonazo del manifiesto internacional de diciembre de 1869.

«Sabemos que se están redactando en Madrid las bases para fundar la asociación internacional de trabajadores. Siéndonos conocida esta sociedad por las ventajas que en los países en que se halla establecida reporta a los obreros, nosotros excitamos a los trabajadores de Madrid y de provincias a que una vez unidos hagan sus esfuerzos solidarios, y de este modo podrán conseguir su objeto, que es la realización de la justicia y la destrucción de todo privilegio» [72].

(72) La Justicia Social, núm. 1. p. 15.

En un estudio que redacté hace años, en colaboración con el profesor Luis Arranz, traté ya de mostrar la importancia de este eslabón perdido que es La Justicia Social en las relaciones entre republicanismo e internacionalismo en 1869. Así, de acuerdo con la reseñada disposición favorable, La Justicia Social publica los discursos pronunciados por los internacionalistas Anselmo Lorenzo y Tomás González Morago en la Bolsa de Madrid, así como el artículo del primer «La cuestión social», verdadera profesión de fe bakuniniana. A partir del 16 de septiembre, reproduce resúmenes muy amplios del Congreso de la Internacional en Basilea (Bâle) y del mismo número arranca la serie de «Cartas de Mr. Bakounine a la Asociación internacional de obreros de Lode (es en realidad Locle) y de chaud-de Fonds». No era poca cosa, como precio a pagar por una imagen de credibilidad en los momentos en que trata de incrementar su radio de acción suscitando un periódico estrictamente obrero, pero defensor de sus mismos ideales. A cambio del ensayo, La Justicia Social traduce número a número las cartas de Bakunin, en las cuales, si bien el tema central es el patriotismo, no deja de hacerse una crítica sin reservas de Iglesia y Estado, entendidos ambos en cuanto factores de deshumanización al convertir fraudulentamente al «hombre natural» en santo y en ciudadano respectivamente. En particular, Estado se contrapone a pueblo (aquel «es una abstracción devoradora de la vida popular») resultando el enemigo principal, incluso a nivel simbólico: «es el altar de la región política sobre el cual la sociedad natural es siempre inmolada», advierte Bakunin [73]. No era, pues, una buena contribución a la causa de la intervención política de los trabajadores.

(73) La Justicia Social, núm. 11, 17-X-1869. pp. 8-9.

Pero la inserción más significativa es la de los discursos en la Bolsa de González Morago y Lorenzo, así como del artículo de este último. Lo esencial no es ya el problema político, sino el social, consumar el desarrollo de la humanidad quebrando la red de opresiones que en torno al hombre trazan los conceptos de Dios, o mejor «fantasma divino», nacionalidad, Estado y propiedad. Todo Estado, incluso el democrático, conlleva una explotación incompatible con la libertad y la igualdad. El ejemplo elegido para condenar la política consiste en las propias Cortes constituyentes: el sufragio universal, lo mismo que el derecho divino, sólo sirve para generar una autoridad que desemboca inexorablemente en tiranía. «Como vemos -concluye Lorenzo-, la autoridad también se opone a nuestro principio; neguemos, pues la autoridad» [74]. El objetivo último es garantizar la igualdad política social mediante la propiedad colectiva de los medios de producción. No había, pues, que aguardar a que saliese La Solidaridad para que los aliancistas madrileños lograsen una formulación coherente de sus ideas.

(74) Anselmo Lorenzo, «La cuestión social», La Justicia Social, núm. 3, 19-VIII-1869.

El siguiente paso, según todos saben, es el Manifiesto hecho público el 24 de diciembre de 1869, donde la sección internacionalista de Madrid asume el papel de Sección organizadora central provisional de España y se precisan los fundamentos de la organización autónoma de la clase obrera, sobre el eje del apoliticismo. Su texto todavía será publicado por La Justicia Social, aunque con algún retraso, y a partir de ese momento el semanario democrático pasa ya a una actitud crítica [75].

Por fin, el 15 de enero de 1870 ve la luz La Solidaridad, «órgano de la Asociación internacional de trabajadores de la Sección de Madrid». Su programa, redactado por Anselmo Lorenzo, afirma la decisión del «pueblo trabajador» por inaugurar una era de libertad y clausurar «el imperio de la autoridad». La ruptura con la política es, no obstante, una brecha más profunda que la que corresponde a las concepciones filosóficas, en cuyo terreno prevalece la continuidad. Con razón los internacionales madrileños se autodenominan «liberales igualitarios». Según precisa el llamamiento «A los obreros españoles» que el primer número recoge en su folletín, lo fundamental es quebrar la dependencia política de los republicanos, requisito para emprender por sí mismos la labor emancipadora:

(75) Joaquín Martín de Olías: «Juicio crítico del manifiesto de los trabajadores internacionales de la sección de Madrid», La Justicia Social, I a IV, 14-I a 28-II-1870.

«Ya no nos entregaremos a los políticos de oficio que viendo en el estado angustioso en que nos encontramos nos prometen sacarnos de él, no seducen, nos llevan a las barricadas, y sirviéndoles de escalones nuestros ensangrentados cadáveres trepan a la cumbre del poder para olvidarnos el otro día» [76].

La alternativa reside en la federación de las sociedades obreras, libre de toda contaminación política. Ahora bien, insistimos, el horizonte conceptual permanece estrechamente ligado al antecedente republicano. Al «orden mesocrático» lo que se le reclama es haber incumplido sus aspiraciones, generando otra estructura del privilegio, ahora basada en el capital, cuyo resultado es «la miseria» de los trabajadores. Se trata de un incumplimiento cargado de connotaciones morales, frente al que se alza el principio de equilibrio social, «la justicia», enarbolado por los trabajadores y cuya proyección concreta es el establecimiento posrevolucionario de un orden de libertad y de igualdad para individuos, clases y sexos. Es un esquema todavía deudor del racionalismo ilustrado, con la contraposición de orden natural, meta de la acción revolucionaria, a la injusticia vigente. La revolución, la «liquidación social», apartando la falsa vía de la política, viene a conciliar en el marco igualitario del «pueblo» esa dualidad esencial de la sociedad burguesa. No hay espacio para el análisis de las relaciones de clase.

(76) «A los obreros españoles», La Solidaridad, núm. 1, 15-I-1870.

En La Solidaridad cobran así forma desde un primer momento los rasgos de la mentalidad aliancista española, de acuerdo con la caracterización efectuada por M. Ralle, destacando el desfase observable en la prensa de la Primera Internacional española entre las especulaciones teóricas y abstractas sobre el funcionamiento de la sociedad futura y la simple relación, sin un análisis preciso, de los conflictos sociales reales (las huelgas en particular). «Se aborda de este modo la organización de la sociedad futura de acuerdo con los principios de la libertad y de la igualdad absolutas; la aplicación de estos mismos principios a la organización -la Asociación Internacional de Trabajadores- que permitirá alcanzar la citada transformación de la sociedad, lo que recoge en particular la preocupación de borrar toda huella de relaciones autoritarias. En ocasiones, como ocurre en el semanario La Solidaridad, la presencia de la disertación doctrinal y de la crítica de los defectos morales de la sociedad “burguesa” reduce casi al silencio a las luchas reales. Todos los periódicos disponibles de la F.R.E. presentan en mayor o menor medida dicho desfase» [77].

La distribución habitual del espacio en las cuatro páginas de La Solidaridad confirma esas impresiones. El núcleo del semanario, las dos primeras páginas, se cubre con los artículos de divulgación de la «ciencia social» o con documentos internacionalistas de contenido análogo. La rúbrica «movimiento obrero» engloba a continuación una serie variopinta de noticias, casi una miscelánea, con hechos procedentes del movimiento obrero español, pero también de Francia, Inglaterra y otros países europeos. La reseña de las huelgas tiende ante todo a subrayar el eje bipolar de la combatividad de los trabajadores y de la explotación burguesa. Los aspectos negativos de esta última encuentran cabida en otra sección, significativamente titulada «martirologio obrero». Cierran el número noticias varias y avisos y convocatorias, tanto de la Sección de la A.I.T., como de las sociedades de oficio.

Pero el rasgo principal es el arriba mencionado. Incluso en términos formales, y aunque postule la supresión inmediata del orden burgués, esta primera prensa obrera sigue atrapada en las redes del discurso de la pequeña burguesía republicana. La exposición de los principios generales de la nueva doctrina, desligada de todo análisis de la situación concreta, hace que el contexto social y político en que tiene lugar la propaganda resulte difuminado. A ello coopera también el apoliticismo, determinante de una exclusión sin reservas de todo aquello que pudiera venir contaminado por el contacto con el Estado o los partidarios de la «clase media». El discurso se reduce a la elaboración de variantes, sectoriales o retóricas, en torno a la propuesta bakuniniana del triple rechazo de la política, de la religión y del capital. Es lo que, en uno de esos artículos teóricos a que venimos haciendo referencia, expone el zapatero Víctor Pagés:

(77) Michel Ralle: «Acción y utopía en la Primera Internacional española», Estudios de Historia Social, 8-9, 1979, p. 75.

«Ya os he probado, hermanos míos, que no hemos esperar nada de la política del día, ni menos de la religión. (…) Desechad la religión como un obstáculo para alcanzar nuestra emancipación y la integridad de nuestros derechos, y no hagamos caso de ciertos políticos que son liberales a medias.

Despreciemos sus ofertas y digámosles que el pueblo trabajador, el pueblo que sufre, el pueblo que paga, está preparando su no muy lejana emancipación, en la ignorancia que nos atribuyen. Digámosles que está preparando la gran revolución social (…)

En tanto que se acerca nuestro triunfo no desanimemos en nuestra tarea, propaguemos nuestras doctrinas entre los que aún gimen bajo el yugo político y social, y entonces nuestro triunfo será seguro, nuestra emancipación una verdad» [78].

(78) Víctor Pagés, «El derecho y sus enemigos», La Solidaridad, núm. 11, 26-III-1870.

La revolución es vista como una reapropiación, la reconquista por el obrero de «la integridad de nuestros derechos», e incluso de «nuestra propiedad». Y, en términos reales, la política aparece como el obstáculo fundamental que aparta a los trabajadores del objetivo revolucionario: es la expresión del «principio de autoridad, eterna antítesis de la libertad» [79]. Nada tiene de extraño, en consecuencia, que la principal confrontación teórica de La Solidaridad tenga lugar con el republicano Fernando Garrido y en torno al tema del apoliticismo. Por lo demás, la argumentación no ofrece nada nuevo, ya que su eje es el supuesto bakuniniano de que la política constituye una «adormidera» para los obreros revolucionarios, por lo que toda participación en ella o en las instituciones ha de evitarse:

(79) J. J. Morato, «No nos extraña (sic) ni nos asusta», La Solidaridad, núm. 14, 16-IV-1870.

«¿Ignoran acaso esos calumniadores de la clase media que cual venenosos áspides se deslizan entre los humildes hijos del trabajo, que los miembros de la Internacional no temen arrastrar la impopularidad ni las injurias de las masas para hacerlas comprender que no las conviene en manera alguna llevar con sus votos al municipio, a la diputación provincial ni a las Cortes a ningún obrero, como ellos desearían hacer instigados por sus enemigos, que pretenden adormecerlas educándolas? ¿Pueden querer gozar de un privilegio los que piden el reinado de la igualdad, utilizarse de un monopolio los que proclaman la completa justicia, apoderarse de la autoridad los que defienden la anarquía? Los que quieren ocupar un puesto piden que se conserve, no que se destruya» [80].

Ello no significa, empero, que la gestión del semanario, en cuanto al control de los mensajes emitidos, renunciase a los principios de la denostada autoridad. A lo largo de la vida de La Solidaridad existe un nexo estricto entre organización y órgano de prensa. En una etapa inicial, a partir del primer número, es la Comisión de Propaganda de la sección madrileña de la Internacional la que actúa como consejo de redacción, según confirma la renovación del mismo de que da cuenta el núm. 17, el 7 de mayo de 1870 (coinciden todos sus miembros, desde el presidente Enrique Simancas al secretario Celso Gomis, pasando por los vocales Carlos Alieri, Francisco Mora, Anselmo Lorenzo, Hipólito Pauly y Tomás González Morago). Tras la elaboración en julio de un Reglamento del periódico, la división de ambas instancias quedó consagrada, surgiendo un Consejo de redacción designado por la Asamblea general de las secciones federadas, pero con un estricto condicionamiento ideológico (entre otras cosas, no tratar cuestiones con criterio de «partido político o autoritario») y actuar en relación con la Comisión de propaganda (La Solidaridad, núm. 28, 23-VII-1870).

(80) Véase L. Arranz y A. Elorza, art. cit. en n. 5. La polémica con Garrido se abre en el núm. 20 de La Solidaridad, 28-V-1870, al que corresponde la cita.

En expresión de Morato, La Solidaridad fue un «modestísimo semanario» «que vivió poco y en precario» [81]. Alguna vez hemos visto la mención, sin confirmar, de una tirada de quinientos ejemplares. En cualquier caso, se trataba de un nuevo episodio de la relación conflictiva existente entre el papel ideológico conferido por la capitalidad y la debilidad del movimiento real. Lo prueba el episodio de la celebración frustrada en Madrid del primer Congreso obrero internacionalista. La Asamblea general de los internacionales madrileños, reunida el 14 de febrero de 1870, lanzó la idea de reunir en Madrid, en el primer domingo de mayo, un Congreso donde los delegados obreros de toda España regularizasen la vida orgánica de la A.I.T. en España. De inmediato, según reseña Lorenzo, «los amigos de Barcelona se apresuraron a hacernos observar por carta y en términos cariñosos que habíamos cometido una ligereza; que un congreso obrero en Madrid había de resultar un fiasco en razón a que no existían sociedades obreras en el centro de España y que las catalanas no podrían concurrir por lo costoso que les resultaría» [82]. El lugar del Congreso fue puesto a votación entre las agrupaciones obreras, otorgando una clara ventaja a Barcelona.

Una segunda muestra de debilidad vino dada por la escasez de lectores de La Solidaridad. Desde muy pronto surge el conocido indicador de angustias económicas que es el requerimiento a los suscriptores morosos: comienzan en el núm. 15, el 23 de abril de 1870, y muy pronto se vuelven apremiantes («recordamos a nuestros suscriptores -advierte el 30 de abril- que siendo La Solidaridad un periódico de obreros, es de absoluta necesidad recoger fondos en el más breve plazo, para que no sufra contratiempo su publicación»). En el último trimestre de 1870 sus apariciones se irán espaciando, incumpliendo el plazo semanal de publicación. El núm. 43 sale el 5 de noviembre, el 44, el 19 de noviembre, sigue un breve período de regularidad cerrado el 10 de diciembre, con el núm. 47, para ver la luz el 48 sólo el 14 de enero de 1871. En la semana siguiente, el 49 incluye ya el anuncio del fin: «A pesar de los esfuerzos hechos por la Federación madrileña para continuar La Solidaridad, se ve en la imprescindible necesidad de suspender por ahora su publicación…». La Federación de Barcelona se encargaría de cubrir las suscripciones.

(81) Juan José Morato, Líderes del movimiento obrero, p. 79. Anselmo Lorenzo matiza este juicio en El proletariado militante: «El éxito de La Solidaridad, sin ser notable, distó de ser un fracaso», p. 87.

(82) Anselmo Lorenzo, El proletariado militante, p. 94.

Ahora bien, si la prensa obrera vivía con dificultades, peor resulta comparativamente el balance para los periódicos que desde el republicanismo buscan una difusión en campo obrero. A través de La Justicia Social, tenemos noticia del infortunado ensayo de lanzar, a partir del 24 de septiembre de 1869, un periódico proletario que al mismo tiempo pudiera convertirse en órgano de la democracia socialista. Según el director del semanario, una comisión de obreros habría visitado a su director para que la sección de movimiento social de La Justicia Social se incorporase a un nuevo periódico, estrictamente obrero y de precio muy económico, cuyo nombre previsto era “El Proletario” [83]. De hecho el periódico verá la luz, posiblemente en noviembre de 1869, con el título de El Cuarto Estado, pero a las pocas semanas dejó de publicarse. El 27 de noviembre, los redactores Francisco Pérez, Sebastián Gatell y Urbano Ruiz y García confiesan el fracaso del periódico «republicano socialista». Quedaba así despejado el camino para La Solidaridad. En ninguno de los centros de documentación consultados han quedado ejemplares del citado periódico.

(83) La Justicia Social, núm. 12, 24-X-1869 («Advertencia»). El semanario era previsto como «el periódico más barato de cuantos conocemos en España», con una inscripción a 4 rs. el trimestre, del mismo coste que la posterior de La Solidaridad (La Justicia Social costaba 4 rs. al mes). Un mes más tarde, El Cuarto Estado anunciaba su desaparición, escudándose en el proyecto de salir como diario. La Justicia Social, en cambio, parecía funcionar bien, agotándose sus primeros números.

A partir de ese momento, sólo quedaba ensayar una recuperación del terreno perdido. Es lo que busca, a partir del 4 de marzo de 1870, una singular publicación periódica titulada Boletín de las clases trabajadoras, bajo la dirección de Fernando Garrido, el publicista republicano, y con una amplia participación como presuntos colaboradores de la plana mayor de su corriente política: Emilio Castelar, Estanislao Figueras, Federico Beltrán, Ramón Cala, José Guisasola, Francisco Pi y Margall [84]. Es una publicación curiosa, ya que en principio aparece semanalmente, pero en realidad ajusta su salida al público a la aparición de las distintas entregas de la obra magna de Garrido, la Historia de las clases trabajadoras. De modo que tiene un doble canal de distribución, por una parte, a través de los medios usuales de venta por número sueltos y por suscripción (con precios económicos: dos cuartos el número y un real al mes) y por otra parte, como complemento de las sucesivas entregas de la Historia. De hecho, este segundo canal acabará siendo el único. A partir del número 12, de 14 de julio de 1870, no figura fecha, apareciendo seis números en 1870, quince en 1871 y dos en 1872. En el núm. 35 el Boletín dice adiós a los suscriptores de la Historia y deja de publicarse, al tiempo que anuncia un nuevo empeño de Garrido, la publicación de una Biblioteca Socialista.

(84) Se publicaron 35 números entre el 4-III-1870 y 1872, sin otra mención.

Todo parece indicar que no existían compradores para un periódico republicano-obrerista y que, como consecuencia, el Boletín termina por ser un pseudo-periódico, ya que se mantiene sólo como complemento de los doscientos ochenta pliegos del libro vendido por entregas. Formalmente, el Boletín reproduce el esquema de la prensa obrera del periódico, si bien con una monotonía que refleja verosímilmente la penuria en cuanto a medios y a redactores. Los artículos doctrinales preceden a la información, con el movimiento social en España y en el extranjero, y cierran los anuncios, habitualmente bibliográficos. Llama la atención en las noticias que la referencia al movimiento internacionalista es asumida como propia y cuando los datos proceden de La Federación de Barcelona, por ejemplo, se hable de «nuestro querido colega» [85]. Estamos ante un claro ensayo de captación. En sentido opuesto, sobresale la precariedad de las colaboraciones. Todo se centra en escritos de Fernando Garrido, con el añadido de alguna pluma secundaria, como la de Francisco Flores García, propagandista republicano escasamente original y bastante plúmbeo.

(85) Boletín de las Clases Trabajadoras, Madrid, 1871, núm. 30, p. 2.

En realidad, el Boletín sirve al propósito de divulgar en forma sintética las ideas de Garrido sobre la emancipación del trabajador. El problema es que, muy posiblemente, los obreros -y ni siquiera la élite obrera que dirimía los conflictos ideológicos- no leían sus artículos. Garrido presenta un cuadro de progreso de la humanidad basado en la mejora progresiva de la condición obrera. «Nosotros quisiéramos -declara- que todos los trabajadores comprendieran que al asociarse, al buscar en la asociación su emancipación del yugo del capital, no sólo trabajan para sí, sino para la humanidad entera; que son los instrumentos de la ley del progreso, y que tuvieran la conciencia de lo grande y sublime de su misión…» [86]. La línea editorial del Boletín prolonga la de La Igualdad frente al apoliticismo, pero en términos más sosegados. Es como si Garrido, desde su periódico, tratase de buscar una fórmula de conciliación entre los aliancistas y el federalismo, aceptando la superioridad de objetivos de la Internacional, tal y como se definió en la asamblea de Barcelona -la república universal, social, colectivista- pero introduciendo la república federal como momento imprescindible en el tránsito hacia la liberación definitiva de la humanidad. Cuando las decisiones del Congreso de Barcelona consoliden el predominio del apoliticismo entre los internacionalistas españoles, Garrido irá más allá que en las ocasiones anteriores, insertando en el Boletín un artículo de título elocuente: «Imposibilidad de no ocuparse de política en una sociedad en que todo es política» (87). Garrido propone, apoyado en el Consejo de Londres, la formación de un posible partido obrero, a modo de única escapatoria para que el proletariado camine hacia su emancipación sin participar de la política de la clase media. Pero ya es demasiado tarde. La verdadera polémica sobre este punto será desarrollada por los propios internacionalistas y en la misma prensa internacionalista, entre el semanario «marxista» La Emancipación y sus antagonistas, dominantes en el campo de la opinión obrera. Claro que el resultado no variará y por el momento la posición política del puñado de internacionalistas madrileños resulta vencida en toda regla.

(86) Fernando Garrido: «Las clases trabajadoras tienen en sus manos el destino del mundo», Boletín de las Clases Trabajadoras, núm. 10, 2-IV-1870.

(87) Fernando Garrido: «Imposibilidad de no ocuparse de política en una sociedad en que todo es política», Boletín de las Clases Trabajadoras, núm. 12, 14-VII-1870.

No vamos a detenernos en el episodio final de la trayectoria que nos ocupa, ya que en este coloquio contamos con uno de sus mejores conocedores, autor de una monografía sobre sobre La Emancipación desgraciadamente inédita. Por ello nos ceñiremos a destacar aquellos aspectos que representan una modificación respecto al panorama de la prensa obrera incipiente que trazábamos a partir de La Solidaridad. El primero es la continuidad ideológica, más allá de los cambios tácticos que introduce la adhesión del «grupo de los nueve» al «marxismo» [88]. Lo pone de relieve el planteamiento doctrinal del programa que La Emancipación presenta en junio de 1871, debido a la pluma de Anselmo Lorenzo. Suponía una adhesión sin reservas al principio bakuninista de que la «política de la clase media» constituía una desviación respecto a la vía revolucionaria, consistente en preparar la destrucción de la sociedad capitalista:

(88) Véase el art. de M. Ralle sobre La Emancipación. Aunque, en apariencia, la polémica ofrezca una imagen de ruptura completa. Entre tantos otros textos, cabe citar la declaración de la federación internacionalista de Ciudad Real en el verano de 1872, enfrentándose a los planteamientos de La Emancipación: «Que nos hacemos solidarios de La Federación, El Condenado y de la Circular de este Consejo regional, por conocer la pureza y dignidad con que han defendido los revolucionarios principios de la Internacional, cuya síntesis es el lema de nuestra bandera, que es -lo decimos muy alto- la Propiedad Colectiva en Economía, la Anarquía en Política y la Razón Humana de Religión…» En Actas de los Consejos y Comisión Federal de la Región Española, t. I, Barcelona, 1969, p. 215.

«Enemigos acérrimos de la política de la clase media permaneceremos constantemente alejados de su círculo de acción y aconsejaremos siempre a los trabajadores la abstención completa en cuanto a esa política directa o indirectamente se refiera, puesto que, de tener participación en ella, no podrían menos de hacerse solidarios de los crímenes que en nombre de la misma diariamente se cometen.

La clase trabajadora, que necesita hoy de todas sus fuerzas para realizar su gigantesca organización, y tiene apenas tiempo suficiente para llevarla a término, no debe malgastar este ni agotar aquellas en otra lucha que en la que directa y principalmente le concierne» [89].

(89) «Programa», La Emancipación, cit. por nuestra antología del semanario, Revista de Trabajo, 1970, núm. 30, p. 226.

Como es sabido, la intervención de Paul Lafargue enriquecerá notablemente los planteamientos teóricos del semanario, suscitando los elogios de Engels, pero ello no significa una profundización de las relaciones entre obrerismo y política. Tampoco la rectificación encarnada por el artículo «La política de la Internacional», de 27 de noviembre de 1871, al proponer la formación de un partido político obrero, supone un giro respecto a la confrontación abierta con toda forma de política burguesa. «Apartaos con desprecio de esas urnas electorales -concluye el artículo- de donde no saldrá nunca nuestra emancipación ni nuestra independencia. Esta es la política de la Internacional» [90]. Y, como ha puesto de relieve Michel Ralle, la agria polémica con los bakuninistas de El Condenado y La Federación tampoco trae consigo una rectificación en las ideas de fondo aun cuando la crisis de junio de 1872, con la expulsión de los nueve «marxistas» de Madrid de lugar a un fenómeno nuevo en la historia obrera: la formación de un embrión de partido político a partir de la redacción de un periódico.

(90) La Emancipación, núm. 24, 27-XI-1871.

Siempre optimista a lo largo de estos meses sobre las perspectivas de imponerse en España a los bakuninistas, Engels escribe a Laura Marx que gracias a la labor de Lafargue se podía cantar victoria («so aber hat der ganze Rebellionversuch schmählich geendigt und wir kennen victoire sur toute la ligne proklamieren») y la versión científica del socialismo había echado raíces en nuestro país («an den Artikeln in der Em., worin zum ersten Mal den Spaniern wirkliche Wissenschaft zum Besten gegeben wird…») [91]. En realidad, la idea de una articulación entre acción social y acción política, que Engels creyera arraigada en España de acuerdo con intervención en el Consejo General de 19 de diciembre de 1871 [92], estaba lejos de ser mayoritaria entre los internacionalistas españoles y, en la crisis de 1872, lo que dio fue un total aislamiento del grupo «marxista». La Emancipación quedó así como órgano de un movimiento muy minoritario. Un nuevo testimonio de Engels, esta vez de octubre de 1872, describe la situación, recogiendo la perspectiva agónica que para los «marxistas» madrileños había significado el aislamiento introducido por su expulsión de las filas de la Internacional española. «El órgano de la nueva federación madrileña, La Emancipación -escribe el 16 de noviembre Engels al secretario del Consejo General, ya en Nueva York-, es acaso el mejor periódico de la Internacional. Su actual redactor (José Mesa) es incontestablemente el hombre más considerable de los nuestros en España (aunque) no puede él solo hacerlo todo. La venta de La Emancipación, que estuvo a punto de desaparecer, y cuya vida auxiliamos desde aquí enviando algún dinero, aumentó su venta» [93]. Y es también conocido que, casi al tiempo de su desaparición definitiva, el 15 de abril de 1873, Engels daba cuenta al mismo Sorge de la situación agónica del semanario: «La Emancipación de Madrid está muriéndose, si es que ya no está muerta. Le hemos enviado quince libras, pero como apenas nadie paga los ejemplares recibidos parece imposible sostenerla» [94]. Era al mismo tiempo un indicador del fracaso del primer brote marxista en el movimiento obrero español.

(91) Friedrich Engels, Paul et Laura Lafargue, Correspondance, t. I, 1868-1886, París, 1956, p. 26.

(92) Le Conseil Général de la Premiére Internationale, 1871-1872. Procés-verbaux, Moscú, 1975, pp. 52-53.

(93) Sorge Briefwechsef, Stuttgart, 1921, pp. 102-103. Cit. por V. M. Arbeloa, en nota 9. p. 114 de Líderes..., de J. J. Morato.

(94) Juan José Morato, Líderes del movimiento obrero español 1868-1921, ed. de V. M. Arbeloa, Madrid, 1972, p. 114.

Ahora bien, tal y como ha puesto de relieve M. Ralle, la fidelidad y la energía de Mesa no suponían un cambio cualitativo en la ideología. El momento de proclamación de la Primera República es particularmente significativo porque traza la divisoria entre los internacionalistas «marxistas» españoles (la libertad republicana carece de contenido para la clase obrera: «no seremos de los que aconsejen a los trabajadores que pidan reformas sociales al gobierno republicano», ya que «la república española viene únicamente a establecer la libertad y asegurar el orden; aquí se detiene su misión») [95] y el enfoque engelsiano, basado en el atraso económico de España y en la conveniencia por tanto de una fase democrática para fortalecer en ella las organizaciones obreras. Cierto que, aun mal traducido, La Emancipación incluye en su núm. 88 un artículo tomado de Der Volkstaat -«La República en España»- pero en tercera página y con letra pequeña. Confirmando la línea apuntada, en el núm. 89, de 18 de marzo de 1873, un Manifiesto declara la oposición radical a la República conservadora y a los partidos burgueses y su política. La «acción política del proletariado» se define en el terreno de la revolución, como ruptura con la política burguesa en todas sus formas y a modo de repliegue sobre ese nuevo mundo en gestación que es la Internacional.

La Emancipación muere por falta de lectores, ante el insuficiente eco que su mensaje ideológico encuentra en las sociedades obreras y en sus vanguardias militantes. Así, una vez más, la historia de la prensa obrera se funde con las peripecias de la clase, y en particular con la secuencia de los cambios ideológicos en el interior de la misma. Su doble eje, de un proyecto doctrinal bien elaborado, a nivel de la aristocracia obrera del momento, y de información del movimiento obrero internacional y español, tropieza con el frágil desarrollo del proletariado madrileño (y por consiguiente de su conciencia de clase) y con la sima que se abre entre su propuesta y la mentalidad dominante en el internacionalismo de la época.

(95) La Emancipación, núm. 86, 15-II-1873.

De este modo, con la ruptura entre «marxistas» y bakuninistas surge también la primera polémica de prensa obrera en nuestra historia. La propia aparición de El Condenado, semanal, desde el 8 de febrero de 1872, responde a la quiebra interna en la Alianza y se traduce desde muy pronto en alfilerazos contra La Emancipación, actitud que asume el carácter de guerra abierta desde su reaparición el 11 de julio de 1872 (había estado suspendido desde el 4 de abril). Luego, tras un paréntesis de enero a marzo de 1873, su vida se prolonga hasta el 9 de enero de 1874, produciéndose la muerte del semanario por el golpe de barra dado hacia la represión por el gobierno Serrano-Sagasta, el 10 de enero de 1874, con el decreto por el que se disuelve la Internacional. Max Nettlau informa que en semanas sucesivas hubo intentos de volver a sacar El Condenado, incluso clandestinamente, con lo que se hubiera convertido en eje de la prensa internacionalista española; pero el proyecto, aun considerado como seguro, no debió cuajar. «Une publication clandestine de ce journal -escribe Nettlau- était considerée comme certaine, soit meme qu’elle ait existé, mais je ne pense pas qu’elle fut jamais faite» [96].

(96) Max Nettlau, La Première Internationale en Espagne (1868-1888), Dordrecht, 1969, p. 240.

Ahora bien, no hubo solo diferencias políticas entre La Emancipación y El Condenado. El semanario bakuninista, de más pequeño formato, trata de lograr una presentación más próxima a las capas populares, aligerando el contenido de los ensayos doctrinales, utilizando un lenguaje popular y polémico frente a la seriedad del planteamiento que hace de La Emancipación un precedente de El Socialista [97]. En El Condenado hay también un ensayo de utilizar las ilustraciones como vehículo ideológico, siguiendo la pauta de la prensa popular catalana, del tipo La Campana de Gracia, aun cuando dentro de límites modestos. Los grabados de José Luis Pellicer constituyen un momento especialmente brillante de la expresión gráfica anarquista, pero su papel en el semanario no va más allá de ser un complemento notable respecto a una línea ideológica que prolonga, con mayor énfasis, los planteamientos de La Solidaridad.

(97) El Condenado nace en el cuadro de una polémica latente, el 4 de abril de 1872. Vuelve a la vida al producirse la expulsión de «los nueve» el 8 de julio de 1872.

Llegamos así al punto final de un recorrido en el que no hemos podido ocuparnos de temas polémicos en el margen, del tipo de la edición de Los Descamisados. Lo más importante nos parece tomar nota de esa tensión entre el atraso relativo de Madrid en cuanto a desarrollo industrial (y por consiguiente obrero) en relación a Barcelona, y la centralidad política y de difusión ideológica de la capital. El primer aspecto interviene a la hora de explicar la dificultad de los primeros periódicos obreros del sexenio para mantener un público suficiente, así como, a través de una serie de mediaciones, para entender la dependencia doctrinal que mantiene la ideología internacionalista respecto al republicanismo federal. Lo que éste no logrará es una construcción ideológica alternativa a partir de 1870-71, pero su presencia política en el mundo de los oficios madrileños debió mantenerse (recordemos la anotación de Nettlau). El crecimiento de la afiliación internacionalista en la capital fue, a pesar de todo, notable: ya a mediados de 1870 se han acortado distancias con Barcelona, son dos mil seiscientos miembros de la sección madrileña, por diez mil de la Federación local barcelonesa, si bien solo mil de aquellos pertenecen a la federación local y por añadidura no cotizan [98]. Es el cruce de dos ejes: falta tradición obrera, homogeneidad en ese mundo de oficios, pero su peso ideológico en el país se ve potenciado por ese papel de foco de difusión y por el contacto con el centro de decisiones político que desempeña la capital. Desde estos supuestos, y conforme refleja la evolución de la prensa internacionalista, cabe explicarse tanto la imposibilidad de acompañar el momento de autonomía de las organizaciones en cuanto a estrategia con una ruptura ideológica efectiva al antecedente federal, como la gestación de un grupo procedente de la aristocracia obrera que, si bien ligado al pasado en cuanto a su cosmovisión, elabora un proyecto todavía inseguro en torno a la participación política de la clase. Claro que, al alcanzar este punto, merced a la incidencia de un factor exterior -el Consejo de Londres- queda al descubierto la contradicción entre base sociológica e ideología. En esa encrucijada se insertará la lenta progresión de la prensa socialista en sucesivas décadas.

(98) M. Nettlau, La Première Internationale…, p. 83.

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