Carta de Nueva York (20/5/1886)

Publicada en El Socialista n° 17, Madrid, 2 de julio de 1886, p. 2.

CARTA DE AMÉRICA

Nueva York, 20 de mayo de 1886.

Al fin se sabe la verdad sobre los últimos acontecimientos de Chicago y Milwankee. Lo cierto es que los tumultos de estas dos ciudades fueron provocados por la policía y fomentados por la Prensa burguesa.

La burguesía, teniendo miedo a todo movimiento proletario, ha lanzado sus sabuesos sobre los obreros. El Comité ejecutivo del Partido Socialista Obrero americano, conociendo el carácter de los partidos reaccionarios y sabiendo que estos partidos no retrocederían anta la brutalidad y el crimen para salvar «el orden», es decir, la caja y el derecho a seguir explotando al obrero; el Comité ejecutivo, decimos, previendo esto publicó a fin de abril un manifiesto aconsejando a los obreros que no se dejaran provocar por los enemigos de la jornada de ocho horas. «Debemos evitar toda colisión con la policía y los poderes constituidos. Debemos mostrar nuestra disciplina y seguir tranquilamente nuestra marcha. Debemos imponernos al público y forzarle a ocuparse de la disminución de horas de trabajo y de la organización de los obreros, en vez de provocar tumultos en las calles. Nuestros enemigos desean ardientemente estas provocaciones para contrarrestar el movimiento obrero y poner frente a él la opinión pública.

»Para nosotros lo principal es hacer comprender a la clase obrera que la disminución de las horas de trabajo es indispensable, porque la producción hecha sin plan ni concierto produce las crisis comerciales e industriales; a consecuencia de estas crisis tenemos ahora un millón de obreros sin trabajo y sumidos en la más espantosa miseria; tenemos necesidad de la paz civil para completar nuestra organización, y los tumultos con la policía y la milicia podrán contrarrestar por un tiempo más o menos largo nuestra propaganda.»

Aun después de esto la Prensa burguesa ha cometido la torpeza de acusar a nuestro partido de haber provocado los tumultos.

En Chicago, 200 policías, armados de revolvers y rompe-cabezas, atacaron a 300 o 400 obreros, entre los que se encontraban muchas mujeres y niños. Estos obreros, sin ninguna clase de armas, estaban estacionados en la calle delante de una fábrica procurando atraer a los operarios de ella para que se reunieran a los huelguistas. La policía, sin hacer intimación de ninguna clase, descargó algunos tiros de revólver, y tres obreros y un niño fueron muertos.

AI día siguiente la policía renovó sus ataques, cundiendo el terror por toda la población. Han arrestado toda la Redacción del periódico Arbeiterzeitung, así como también a los cajistas, y el periódico fue sometido a la censura.

Esto nos indica el caso que hace la burguesía de las leyes. El artículo 1.° de la Constitución americana dice que «el Congreso no debe hacer leyes contra la libertad de la palabra y de la Prensa», y la policía ha hecho caso omiso de esta ley por medio de sus jueces y esbirros. ¿Qué se quiere? El orden lo exige, y para la burguesía el orden significa en América lo mismo que en Europa.

En Milwankee no fue la policía, sino la milicia quien salvó la sociedad. En esa ciudad, huelguistas obreros sin armas, entre los que se encontraban mujeres y niños, fueron atacados por seis compañías de la milicia. Sin las intimaciones de ordenanza el jefe de ellas mandó «apunten, fuego», y nueve personas cayeron muertas. Un niño que, con libros debajo del brazo, iba a entrar en la escuela, fue muerto. La sociedad se salvó y el orden fue restablecido, y las represalias contra los obreros se siguieron, arrestando a cuantos se encontraban en la calle y a los más caracterizados, entre los que se encontraba el socialista Paul Grottkau, hombre enérgico e inteligente. Y ¡cosa rara! mientras que para poner en libertad al anarquista Most, preso en el lecho de una dama amable, en Nueva York, fue necesaria una fianza de 1.000 dollars (5.000 pesetas), para poner en libertad a Grottkau, el moderado, enemigo de los anarquistas, fueron necesarios 5.000 dollars (25.000 pesetas). Esto demuestra que la burguesía sabe cuál de los dos adversarios es el más temible.

Después de esto los obreros de Milwankee no so han dejado arrastrar por las provocaciones de la milicia, de la policía y de la Prensa burguesa. Los obreros organizados en el «Central Labor Unión» (Federación obrera) publicaron una proclama en la que decían que ellos no tenían nada que ver con los alborotadores de las calles, pero que estaban resueltos a defender su derecho a las huelgas, y que sabrían responder a la fuerza con la fuerza; que los alborotadores son precisamente los sostenedores del orden, y que la prisión de Grottkau fue hecha con la intención de atizar el movimiento obrero.

Los obreros de las demás ciudades no se dejan intimidar por el terror y prosiguen tranquilos en su movimiento de organización y propaganda. 

Mac Corn.

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