Paul Lafargue. La crisis internacional (1887)

Artículo publicado en Le Socialiste, de París.

Traducción publicada en El Socialista n° 91, Madrid, 2 diciembre 1887.

Si las enseñanzas de la Historia no son ilusorias; si el pasado ilumina el porvenir, todo observador imparcial de los sucesos tiene que declarar que marchamos a una revolución. Pudiera ser que se realizase la predicción popular y que el año 1889, del cual sólo trece meses nos separan, abriese una nueva era.

Los Gobiernos cambian periódicamente en Francia. Los Orleans arrojaron de ella a los Borbones quince años después de su restauración por los prusianos y los rusos, estrechamente unidos entonces contra la Francia republicana y revolucionaria. Al cabo de dieciocho años de reinado orleanista, estalló febrero de 1848, y el Imperio cayó dieciocho años después del golpe de Estado de 1852. El año que viene hará dieciocho años que dura la República de los embaucadores: todo anuncia el fin del régimen.

El desmoronamiento del Crédito Mobiliario y la derrota de la expedición de Méjico anunciaron la agonía del Imperio. Fenómenos análogos se han reproducido: la quiebra de Bontoux conmovió tan profundamente el mercado financiero, que desde entonces no ha podido recobrar su firmeza; la tercera república burguesa, que principió, así como el Imperio, por una extraordinaria prosperidad y por recursos de presupuesto sin cesar crecientes, no puede equilibrar su presupuesto sino acudiendo a empréstitos; el comercio y la industria atraviesan desde hace años una crisis cuyo fin no puede preverse, y la espantosa expedición del Tonkin ha costado más hombres y más millones que la de Méjico.

La situación económica y política se encuentra además comprometida por escándalos que dejan atrás a los del Imperio, los cuales sublevaron la indignación pública. El palacio del Elíseo es una cueva de estafadores; nunca hasta ahora la policía y la magistratura, dispuestas a atropellarlo todo, han alardeado tan impudentemente de su desprecio a toda legalidad y a todo respeto humano.

A. Thiers, llamado el padre de la patria, inauguró la era de los chanchullos de la República burguesa por el empréstito de los cinco mil millones, jugada de Bolsa la más gigantesca del siglo; había invitado a los capitalistas de Europa y América a saquear a Francia. Gambetta, el otro padre de la patria, como don de feliz acontecimiento, arrojó quinientos millones a los lobos de la Banca, a fin de que volviesen a comprar sus líneas de ferrocarriles que estaban en quiebra. Grevy, tipo de la integridad burguesa, anima con placentera sonrisa a su yerno, a su sobrino, a su familia y a la banda de los Limouzin, Lorentz y d‘Andlau a que desvalijen a los particulares y roben las Cajas públicas.

El Imperio, nacido en la sangre de junio del 48 y diciembre del 52, se ahogó en el lodo de Sedan; la tercera república burguesa, salpicada de la sangre de mayo y manchada por los chanchullos del empréstito de los cinco mil millones, expirará no se sabe sobre qué montón de basura.

Una convicción tenaz se apodera de todos los espíritus: créese que la ejecución de los Wilson y los Gragnon, y aun la dimisión de Grevy, no limpiarán las cuadras del Elíseo, porque tras los Wilson, los Grevy, los d’Andlau, se ven los Rouvier, los Ferry, los Heredia y la banda de negociantes que llenan el Senado, la Cámara y los Consejos municipales; nótase que la clase gobernante está podrida hasta los huesos y que es preciso renovarla. Y no es solamente un cambio de personas lo que se cree necesario, sino un cambio de régimen. Por todas partes se pide la transformación de las instituciones parlamentarias; los radicales hablan de dictadura militar y los monárquicos sueñan con el rey.

Pero los políticos olvidan que la Francia de hoy no es la de 1870; que los socialistas se cuentan por miles, no en París solo, sino en todos los centros industriales, en las ciudades y en los pueblos, y que el número de ellos aumenta todos los días. Nuevas ideas socialistas impregnan la atmósfera; los cerebros de la nación de los trabajadores comienzan a estar poseídos por la idea de que la propiedad, monopolizada por los holgazanes del capital, puede ser fácilmente nacionalizada y debe serlo, y de que ahí, y solamente ahí, está la solución del terrible problema social que plantean las crisis comerciales, industriales y políticas. Y mientras que los burgueses piensan remendar el parlamentarismo con un cetro o un sable, los socialistas esperan dar en tierra brevemente con el gobierno de los burgueses y con la propiedad de los capitalistas.

Y no es quimérica tal esperanza, porque, en Europa y en América, las naciones que marchan al frente de la Humanidad se agitan y preparan. El emperador de Alemania y su hijo se mueren; el joven que subirá al trono está inflado de orgullo nobiliario y de gloria militar; no necesitará mucho tiempo para malquistarse con Bismarck y hacer insoportable a la burguesía el yugo militar; y pudiera suceder que el elemento nuevo que introdujera en el ejército perturbase la sabia organización de éste. Esas perturbaciones serán provechosas al Partido Socialista, que ya es una potencia allende el Rhin.

El czar de todas las Rusias, lastimosamente derrotado por los campesinos búlgaros, no tiene un céntimo ni sabe adónde encontrar aliados y dinero para emprender una guerra, y ve coligarse contra su impotencia a los panslavistas, a los liberales y a los revolucionarios.

Inglaterra, acorralada por la agitación nacionalista de los irlandeses, ve surgir en su propio seno un Partido Socialista, que cuenta pocos años de existencia, pero que es ya lo bastante poderoso para obligar al Gobierno a violar las libertades seculares de Inglaterra, a prohibir los meetings públicos y a lanzar contra la multitud la policía, la infantería bayoneta calada y los guardias de a caballo sable en mano. Inglaterra es la primera nación que inauguró la era de las revoluciones burguesas; en 1789, Francia marchó sobre sus pasos; ¿quién sabe si no será en Inglaterra donde estallará la revolución proletaria que transformará el mundo? América se vanagloriaba de no conocer la cuestión social y consideraba desdeñosamente el socialismo como una enfermedad de los pueblos europeos, y acaba de levantar el cadalso político.

La ejecución de John Brown, mártir de los esclavistas, fue la señal de la emancipación de los esclavos; la ejecución de Parson, Engel, Spies y Fischer, mártires de los capitalistas, anuncia la próxima emancipación de los asalariados.

En Europa y en América se aproxima la hora de un cataclismo social.

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