Carta de París a Madrid (5/4/1886)

Publicada en El Socialista n° 5, Madrid, 9 abril 1886, pp. 2-3.

París, 5 de abril de 1886.

Al afirmar en mi carta anterior que la huelga de Decazeville acabaría por el triunfo de los mineros, había contado neciamente con el resto de pudor político que, según las apariencias, debía quedar a este Gobierno republicano, casi radical. Ahora nadie puede decir cómo acabará la huelga: lo probable es que el desenlace sea, como siempre, o una farsa burguesa, o una hecatombe de proletarios. El Gobierno de la República francesa, que representa las fracciones más avanzadas del partido republicano, puesto que cuenta en su seno al antiguo radical Eduardo Lockroi y se halla sostenido por Clemenceau y la extrema izquierda, se ha propuesto, a lo que se ve, dejar atrás, no sólo a los oportunistas, sino a los ministros del segundo Imperio. Estos republicanos de la decadencia, que no tienen más preocupación que asegurar la pitanza o, en otros términos, hacer su negocio, han sacrificado una vez más lo que llamaban pomposamente sus principios y el pan y la vida de sus electores, por el interés de una compañía de bandidos de levita, que no tienen ni siquiera el mérito de sostener las instituciones republicanas, antes al contrario, que son sus encarnizados enemigos.

* * *

He aquí los hechos en su cínica desnudez:

Mientras la huelga había estado circunscrita a Decazeville, a Combes y a algunos otros pozos inmediatos, la Compañía minera abrigaba la esperanza de que los huelguistas, que no son, como ella, millonarios, y cuyos recursos irían poco a poco disminuyendo, acabarían por ceder. La explotación de otras minas del distrito y de la gran ferrería de Decazeville, la permitía aguardar tranquilamente con el arma al brazo.

Dos circunstancias han venido a agravar la situación de la Compañía: la primera ha sido el estado de combustión de los pozos inactivos, que es cada día más amenazador, no obstante los informes optimistas del ingeniero del Gobierno, que ha mostrado una vez más lo que vale la independencia de los agentes del Estado hurgues. La segunda y más decisiva ha sido la huelga do Firmy, distante poco más de una legua de Decazeville. Esta mina, que ocupaba seiscientos trabajadores y producía el carbón suficiente para el entretenimiento de la ferrería y demás establecimientos metalúrgicos de la Sociedad, fue evacuada completamente hace seis días, ocasionando el paro forzoso de aquellos establecimientos; en todo, 1.200 obreros más en huelga. Desde este instante, la situación de la Compañía era ruinosa.

Al principio, los vampiros del capital fundaron ciertas esperanzas en un conflicto posible entre los mineros y los 600 trabajadores de la ferrería, que se veían privados de trabajo de resultas de la huelga. Excusado es decir que los agentes asalariados de la Dirección pusieron en juego todas sus malas artes para provocar el esmerado conflicto. Pero merced al buen sentido obrero y a la presencia del intrépido Basly y de sus amigos y correligionarios Duc-Quercy, redactor del Cri du Peuple, y Ernesto Roche, del Intransigeant, que por su celo incansable y por su abnegación se han mostrado dignos de la gratitud del proletariado, aquellos infames designios quedaron sin realización, y los trabajadores metalúrgicos declararon altamente, en una gran reunión, que hacían causa común con los mineros en huelga.

Por otra parte, Basly había anunciado su resolución de venir a la Cámara para interpelar al Gobierno acerca del estado de combustión de las minas abandonadas. El diputado obrero se proponía demostrar, con pruebas irrefutables, que si aquel estado continuaba unos cuantos días más, los pozos quedarían completamente destruidos por el fuego. En tal conflicto, el Gobierno, con arreglo a la ley, se habría visto obligado a declarar la Sociedad de las minas del Aveyrón desposeída de la propiedad de aquellas minas y su concesión caducada.

¡Cómo! ¿tocar así con mano sacrílega al arca santa, al sagrado derecho de propiedad? ¿Habríase visto semejante escándalo, y en pleno régimen burgués, en el período más floreciente de la dominación capitalista?

¡Jamás!

Ha llegado la hora de echar mano de los grandes medios. ¿Por ventura no está ahí León Say, jefe de la Compañía amenazada, y brazo derecho del emperador de todas las monarquías y de todas las repúblicas, su majestad Rohtschild? Él se encargará de imponer al Gobierno la voluntad de los príncipes de la banca.

Y el Gobierno ha obedecido.

Ayer a las siete de la mañana Duc-Quercy y Roche fueron presos en sus domicilios respectivos y conducidos a la estación con esposas y grillos, y escoltados por un escuadrón de caballería y una veintena de gendarmes.

Decazeville había sido ocupado dos días ha por las tropas, que tenían orden de hacer fuego a la menor tentativa de libertar a los presos.

En la orden de prisión leída por el jefe de los gendarmes a los ciudadanos Duc-Quercy y Roche, se acusa a estos ciudadanos de «haber intentado, con ayuda de violencias, vías de hecho, amenazas y manejos fraudulentos, de producir una cesación de trabajo, a fin de obtener la alza o la baja de salarios, o de entorpecer el libre ejercicio de la libertad de trabajo, delito previsto por el artículo 414 del Código Penal».

De suerte que, por haber logrado con sus discursos, con sus consejos, con sus esfuerzos admirables, que la tranquilidad no se alterara ni un momento, dos ciudadanos de la República Grevy, Freycinet y Compañía se ven acusados de haber «empleado la violencia y acudido a las vías de hecho».

¡Luego lo que se deseaba es que se dejara libres a los mineros, sin consejo ni experiencia, para dejarse llevar de las provocaciones de la policía y ofrecer el pretexto deseado para una sangrienta represión!

Basly, Duc y Roche han podido evitar hasta ahora este pretexto, y no pudiendo desembarazarse del primero, a quien su título de diputado le sirve de escudo, los esbirros del capital no han vacilado en apoderarse de los dos últimos.

Y la prueba de que no exagero en dar a esta medida escandalosamente ilegal del Gobierno republicano, el carácter de un acto de sumisión a la Compañía minera, la hallarán en el hecho siguiente:

Duc-Quercy y Ernesto Roche estaban en Anzin cuando estalló aquella famosa huelga que, sostuvieron hasta el fin. El oportunismo se hallaba entonces en el poder, y a pesar de las escenas tumultuosas que señalaron la terminación de la resistencia, a pesar de una serie de conflictos entre la tropa y la población, ni Ferry ni Waldeck-Rousseau se atrevieron a inquietar ni a Roche ni a Duc-Quercy.

Hoy son los radicales los que gobiernan, están en el poder con Grenet y Lockroi, y precisamente cuando no ha cesado de reinar la calma en el Aveyrón, los mismos Duc-Quercy y Roche, por haber cumplido con un deber, lo mismo en Decazeville que en Anzin, son presos y conducidos entre gendarmes, con esposas en las manos, como malhechores.

Los que no tienen el entendimiento atrofiado por las ideas burguesas, que saquen las consecuencias de estos hechos.

A última hora se susurra muy bajo—yo puedo asegurarlo en altavoz—que la conducta infame del Gobierno respecto a los huelguistas es resultado de un pacto con los Rothschild y demás príncipes de la banca. El Gobierno de la República está preparando un empréstito, y para colocarlo necesita el apoyo de aquellas potentes cajas.

Como se ve, so trata de un simple cambio de servicios. Los mineros pagarán los intereses con su dinero y tal vez con sus vidas.—M.

P. D.—Basly renuncia a su proyecto de venir a París. Camélinat y un redactor de Le Cri du Peuple han salido para Decazeville.—M

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TELEGRAMA DE PARÍS

Anteayer recibimos el siguiente:

«París, 6, 11.25 m.—Director Socialista, Madrid:

Basly y Camélinat serán procesados. La alta burguesía así lo exige.—GUESDE.»

Así como la igualdad ante la ley, la libertad y la fraternidad son mentira, y nada más que mentira, para los asalariados, así también va a resultar mentira y farsa la inviolabilidad del diputado siempre que éste sea trabajador. Pero como las cosas no van mal para nosotros por el camino que lleva la burguesía francesa, puede acelerar su marcha todo cuanto guste.

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