Carta de París a Madrid (28/3/1886)

Publicada en El Socialista n° 4, Madrid, 2 abril 1886, pp. 2-3.

París, 28 de marzo de 1886.

Si no supiera que el carácter distintivo de las administraciones burguesas, públicas o privadas, es el engaño, la informalidad y la rapiña, me extendería en interminables quejas y recriminaciones contra esa o esta administración de Correos, que han tenido por conveniente—una u otra—quedarse con la carta que le dirigí, con fecha 22, para el núm. 3.° de El Socialista, lo cual, en buena justicia—no burguesa—sería castigado como robo con fractura.

Pero no perdamos el tiempo en pedir al olmo peras, y a los gobiernos de la burguesía conciencia y probidad, y tratemos de recuperar el tiempo perdido.

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Los que hasta ahora han considerado las cuestiones económicas como cosa distinta y separada de las cuestiones políticas, y aconsejaban a los obreros que se guardaran bien de confundir la lucha contra el capital, la resistencia, con la lucha contra los poderes públicos, la acción política, deben recitar el mea culpa y confesar, si son sinceros, que todas las teorías a priori, todos los cálculos de los habilidosos se estrellan en la fatalidad inexorable de los hechos, y que estos hechos, resultados de una larga evolución, nosotros los habíamos previsto.

Lo que sucede hoy en Francia es la confirmación elocuente de nuestras doctrinas en materia de acción político-económica. Estalla la huelga do Decazeville, huelga que no es «ni más violenta ni más trágica» que muchas otras, según la expresión de un órgano de la burguesía. Un diputado obrero, en vez de permanecer tranquilo en los bancos del Parlamento, se traslada al campo de la lucha, y declara abiertamente que trabajará, no por la capitulación obrera, sino por la ruina de la Compañía provocadora. Tan atrevidas declaraciones hallan eco en el seno mismo de la Asamblea Legislativa, fórmase una minoría socialista obrera, se abre una campaña de reuniones públicas, de suscripciones en los periódicos, etcétera, para arbitrar recursos en favor de los mineros; el Consejo municipal de París empieza por votar 10.000 francos para socorrer a las víctimas del paro: las interpelaciones se suceden en el Parlamento, que, no sabiendo a qué diablo encomendarse, vota finalmente «una orden del día laboriosamente redactada, por la cual hace como que promete una reforma de la legislación minera»; y lo que fue a su principio una simple huelga acompañada de una explosión de cólera popular, se convierte en acontecimiento político de primer orden.

¿A qué se debe este fenómeno, inexplicable para los entendimientos burgueses? Primero, a la existencia de un partido socialista obrero, con un programa definido y una organización seria, que viene propagando activamente nuestras ideas de ocho años a esta parte y que prepara así el terreno de la revolución social. Segundo, al hecho de encontrarse en el Parlamento francés varios diputados obreros, que en otras circunstancias habrían seguido las inspiraciones de los partidos burgueses más o menos avanzados.

Por otra parte, sin el conflicto social de Decazeville, ni Basly, Cámelinat y demás diputados obreros, nombrados, como es sabido, por los electores de París como radicales y en las listas de los radicales burgueses, no habrían encontrado por lo pronto ocasión de manifestar sus ideas socialistas.

En resumen: lucha económica y lucha política son dos términos de la misma ecuación, dos manifestaciones del mismo movimiento, que se completan y son de necesidad absoluta para el triunfo de la causa de la emancipación obrera.

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Según en mi anterior le indicaba, los diputados que forman la minoría socialista obrera del Parlamento han publicado un declaración-manifiesto dirigida a las Cámaras sindicales, Sociedades y grupos constituidos «en vista de emancipar a los trabajadores». Este documento, firmado por Basly, Boyer, Brialou, Camélinat, Clovis Hugues, Planteau y Prudhon, los siete que constituyen hasta ahora la minoría socialista obrera, principia afirmando que «no basta proclamar el derecho de todos a la libertad y al bienestar, sino que es necesario al mismo tiempo que cada cual posea los medios materiales de ejercer su derecho». Hecha esta declaración, los firmantes continúan:

«Los progresos industriales tienen por efecto el sustituir constantemente, y cada día más, los brazos del obrero y sus facultades técnicas con la máquina; de lo cual resulta la destrucción de la industria en pequeño y la división de la sociedad en dos clases: una que posee los instrumentos de trabajo y la primera materia, y se constituye en un feudalismo más poderoso que el de la Edad Media, y la otra, desposeída, dominada, y que, no teniendo ni siquiera la posibilidad de vender su trabajo de una manera suficiente y regular que le permita subvenir a sus necesidades, se ve condenado a las privaciones y a la miseria.

»Semejante estado de cosas tiene por consecuencia las crisis inevitables que trastornan el mundo industrial y conducen a la clase privilegiada a conquistar a cañonazos mercados en lejanas tierras, mientras que en Francia los trabajadores carecen de trabajo, aguardando a que otros hayan consumido lo que ellos han producido.

»Es indudable que los privilegiados no se prestarán nunca a la transformación de un orden de cosas de que ellos solos se benefician. Así, pues, los trabajadores deben luchar por su propia cuenta y llevar sus reclamaciones al seno de los cuerpos electivos. Investidos de este mandato por nuestros hermanos los trabajadores, nos hemos visto obligados a constituirnos en grupo distinto, a fin de defender por todos los medios los intereses materiales y morales de la clase asalariada.»

Dos declaraciones de igual trascendencia contiene el documento que acabo de extractar: primera, que la sociedad actual se halla dividida ni dos clases; segunda, que los privilegiados no se prestarán nunca a la transformación del presente orden de cosas. Por lo tanto, que habrá que arrojarlos por la fuerza de la fortaleza gubernamental.

Por ahora, esto nos basta.

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Los mineros de Decazeville están más resueltos que nunca a continuar la resistencia, y hoy puede casi afirmarse que esta huelga, que formará época en la historia del proletariado francés, acabará por el triunfo de los huelguistas.

Merced a esta huelga extraordinaria, la Francia obrera ha sabido y podido convencerse que tenía representantes en el palacio Borbón, dispuestos a apoyar sus reivindicaciones y a participar del peligro de sus luchas.

A los Basly, Camélinat y Boyer han seguido Ayuntamientos enteros—hasta ahora son ya diecisiete—que han enviado sus subsidios, como otras tantas municiones, a las huestes del trabajo contra el capital.

Esta intervención de los Municipios, elegidos por el pueblo, en una huelga y en favor de los huelguistas, tiene también una importancia imposible de desconocer.

A los 10.000 francos de París han venido a añadirse 1.000 francos de Marsella, 500 de Tolón, 500 de Constantina, de Troyes y de Saint-Ouen, 300 de Anzin, 200 de Lodève, de Báziers y de Carcassone, 150 de Gentilly, 100 de Bagnolet, de Montreail-sons-bois, de Asnière y de Beaucaire, 50 de Ollionte y de Ornaiscors y 30 francos de Bourg-Argental.

La suscripción de un solo periódico, Le Cri du Peuple, asciende hoy a 24.800 francos. Todos los días aumenta más de 1.000 francos.

Todo este dinero, que por encima del cadáver de Watrin va derecho a los insurrectos de la mina, pone fuera de sí a los órganos de la burguesía, que declararan que «todo está perdido».

Tal vez tengan razón.

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Nada diré de la celebración en París del aniversario de la proclamación de la Commune: en la carta robada les daba algunos detalles. Básteles saber que el 18 de marzo de 1886 ha tenido una importancia excepcional, y que las manifestaciones a que ha dado motivo imprimirán enérgico impulso al movimiento socialista. Ya habrán podido juzgar de la importancia de estas manifestaciones por la carta de nuestro amigo Federico Engels y por la felicitación de los socialistas alemanes al Partido Obrero Socialista Francés.

M.

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