Carta de París a Madrid (11/4/1886)

Publicada en El Socialista n° 6, Madrid, 16 abril 1886, pp. 2-3.

París, 11 de abril de 1886.

Resueltamente, la burguesía republicana se ha quitado la careta. Todos sus antiguos alardes de liberalismo, todas sus declamaciones democráticas se las ha llevado el viento de la reacción ante la sola perspectiva de que peligraban sus intereses de clase, sus privilegios económicos.

La Cámara de Diputados, en su sesión de ayer, ha aprobado la violación de la ley de imprenta y de reunión cometida ocho días ha con la detención de los ciudadanos Duc-Quercy y Roche. La orden del día de complicidad ha sido votada por 435 contra 65 representantes del pueblo.

Los diputados de la derecha, bonapartistas, orleanistas y legitimistas reunidos, han dado naturalmente su apoyo al Gobierno.—«El Imperio, exclamó Pablo de Cassagnac, no hubiese obrado de otro modo.»—«Nuestro rey, añadió el legitimista Baucarne Leroux, no hubiese hecho más.»—Una parte de la extrema izquierda ha votado con el Ministerio.

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La Cámara de Diputados se negó ayer, al fin de la sesión, a conceder al ciudadano Basly la licencia que había solicitado.

Este hecho no tiene precedentes en los anales del Parlamento francés.

Basly se verá obligado probablemente a venir a París. Su presencia en Decazeville estorba a la Compañía, que quiere a todo trance acabar con la huelga.

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El Senado votó ayer, a pesar del Gobierno, la urgencia sobre la proposición del senador Bozérian. Trátase de un proyecto de ley que tiene por objeto «reprimir las provocaciones o excitaciones cometidas por medio de la palabra, de los escritos o de la imprenta, y que tiendan a coartar el libre ejercicio de la industria y del trabajo», cuyo proyecto supera cuanto puede imaginarse de más reaccionario y odioso.—La urgencia fue declarada por 153 votos contra 102.

Como se ve, estos tres actos legislativos revelan a qué extremo han llegado el terror y la cólera de nuestros gobernantes en vista de la nueva e inesperada actitud de la clase trabajadora. La resistencia obstinada de los mineros de Decazeville, la adhesión unánime del proletariado a esta admirable campaña contra el capitalismo, tienen el don de trastornar los cerebros burgueses, hasta un punto, que no hay violencia ni ilegalidad que no estén dispuestos a cometer.

Las torpezas de los gobernantes aprovechan a los pueblos, ha dicho no sé quién. Esperamos que no se detendrán en tan buen camino, y que pedirán uno de estos días al compadre Bismarck que les preste el liberal proyecto de ley contra los socialistas, para aplicarle a la liberal República francesa. Ese día vestirá de gala el Partido Socialista Obrero.

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La verdad es que estos dóciles ejecutores de las sentencias de Rothschild, León Say y consortes, a pesar de su buena voluntad de servir a sus señores y dueños, no están afirmados en esta malhadada cuestión de Decazeville y marchan de descalabro en descalabro.

Juzguen por lo sucedido de ocho días a esta parte.

Sabedor de que Basly debía venir a París el sábado de la semana pasada, para interpelar al Ministerio sobre el desastroso estado de aquellas minas y sobre la conducta incalificable de los ingenieros del Gobierno, vendidos a la Compañía, el Ministro comunicó a sus agentes la orden de prender el domingo por la mañana a los ciudadanos Duc Quercy y Roche. El juez, complaciente y sumiso como siempre, dio el auto de prisión, y el comisario y los gendarmes se presentaron el día y a la hora ordenada en el domicilio respectivo de los acusados.

La trama estaba bien urdida: Basly ausente, Quercy y Roche presos, los huelguistas quedaban sin apoyo ni consejeros, entregados a su propia inexperiencia y a la natural indignación que había de producir la arbitrariedad escandalosa de las autoridades; y por poco que los polizontes enviados de París hubiesen atizado el fuego, la mina habría reventado, el deseado conflicto entre la tropa y los obreros habría tenido lugar, los mineros más activos e influyentes habrían seguido la suerte de los dos intrépidos periodistas, y la huelga quedaba terminada de un golpe. Nada más fácil ni sencillo.

Pero el Gobierno había contado sin la huéspeda, y la huéspeda e el huésped fue un esta ocasión nuestro amigo Basly, que por razones ajenas a su voluntad había tenido que aplazar su viaje. Y lo peor del caso fue que tan luego como la escandalosa noticia llegó a París, dos periodistas se pusieron inmediatamente en camino para reemplazar a Quercy y Roche, y Camélinat fue a reforzar a Basly. Dos diputados obreros, en vez de uno, a la cabeza de los huelguistas.

Hay que confesar que el Gobierno no estaba de suerte; lo que explica su desatentada determinación de procesar a los diputados Basly y Camélinat, según anunció el martes; resolución tomada el lunes en Consejo de Ministros—me consta—y que debía empezar por una demanda de autorización que el Ministro de la Justicia dirigía al Parlamento el mismo día. Pero estaba decretado que en esto, como en lo demás, el infortunado Ministerio habría de encontrar obstáculos inesperados en su marcha.

El grupo socialista obrero toma el acuerdo de enviar a Decazeville dos diputados más, Boyer y Clovis Hugues, que salen sin perder un minuto para su destino. Ya no son dos, sino cuatro, los diputados que se ponen en lucha abierta con los potentados de la mina y acuden valerosos a aconsejar y sostener la resistencia a todo trance. Para procesar a Camélinat y Basly había que procesar al mismo tiempo a Boyer y Clovis Hugues, y probablemente a todos los que componen la minoría socialista. Proponer al Parlamento que diese su autorización para prender y llevar a los tribunales un grupo entero de diputados era un poco fuerte. Y he ahí por qué el Gobierno ha renunciado al proceso en cuestión, a pesar de que toda la prensa ministerial lo incitaba a emprenderlo.

En cambio ha conseguido de la mayoría de la Cámara que negase a Basly la licencia solicitada, según más arriba he anunciado, cosa que no se ha visto jamás en Francia desde que existen Parlamentos. ¡Triste recurso y mezquina compensación!

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En la imposibilidad de explanar su interpelación, Basly había encargado de hacerlo al diputado intransigente Maillard, ex presidente del Consejo municipal de París. Esta interpelación fue discutida en la sesión de ayer, terminando por el voto de confianza al Gobierno de que he hablado al principio de esta carta.

El interpelante demostró de un modo irrefutable que, si Quercy y Roche habían cometido algún delito, era, por confesión de los mismos jueces, un delito de imprenta o de reunión, delitos penados por la ley de imprenta de 1881 y no por el Código; que el tal delito no podía ser juzgado por los tribunales correccionales, sino por el Jurado, y que la citada ley prohíbe terminantemente la prisión preventiva. Por consecuencia, se había infringido abierta y escandalosamente la ley prendiendo y sometiendo al tribunal correccional a los ciudadanos Quercy y Roche.

Los Ministros de Justicia y de Obras públicas declararon que el juez, el comisario y los gendarmes de Docazeville habían obrado con arreglo a las instrucciones del Gobierno, y que éste se hallaba resuelto a suprimir todos los obstáculos que se oponían a la terminación de la huelga, para lo cual trataría, si necesario fuese, «la inviolabilidad parlamentaria como había tratado la libertad de imprenta, y mandaría prender a los diputados Basly y Cámelinat, como lo había hecho con los periodistas Roche y Duc Quercy.»

No era posible tratar con mayor desenvoltura la libertad y las leyes. Y el dócil instrumento de Rothschild y León Say terminó con esta especie de invocación, de un cinismo sin igual:

«Unámonos para dar fin a esta huelga tan dolorosa para los obreros de las minas, por los cuales nos interesamos tanto como cualquier diputado puede interesarse, y cuyo trabajo es uno de los elementos indispensables para la prosperidad del país

En términos vulgares: el trabajo de los mineros es necesario para enriquecer a los accionistas holgazanes, y la huelga empieza a ser dolorosa para estos vampiros.

Y la Cámara aprobó, por 435 votos contra 65, «las declaraciones del Gobierno, pasando a la orden del día».

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Las tribulaciones de la Compañía minera y de sus mantenedores no han acabado por esto. La huelga que tanto preocupa «por el bien de los mineros», no lleva trazas de terminar. Los recursos enviados a los huelguistas, en vez de disminuir aumentan. Nuestros amigos de París han organizado una serie de meetings a beneficio de los mineros de Decazeville. Si he de juzgar por la primera de estas reuniones, que tuvo lugar la semana pasada en Belleville, y produjo más de mil francos, los huelguistas pueden contar, por este lado, con ingresos considerables.

Tenía por principal objeto el meeting de que hablo, celebrado en la sala Favié, el protestar contra la detención arbitraria de los ciudadanos Duc Quercy y Roche. Presidía Enrique Rochefort, que en frases enérgicas trató como se merecen a la Compañía minera y a sus agentes y defensores. «Si alguien debía ser paseado por las calles de Decazeville con esposas en las manos, exclamó el diputado dimisionario de París, debían ser los que no reparan en matar de hambre al trabajador; pero en vez de prender a los explotadores de los huelguistas se prefiere maniatar a sus defensores.»

Nuestro amigo y compañero Lafargue, en un discurso vehemente y lleno de observaciones oportunísimas, hizo notar que la huelga de Decazeville es el acontecimiento más importante de «estos quince años de baja República capitalista».

Después de un largo discurso de nuestro amigo Julio Guesde, tan elocuente como todos los suyos, la reunión votó, por unanimidad, una resolución

«Protestando contra unas detenciones escandalosas, que sobrepujan todas las infamias bonapartistas y versallesas;

»Denunciando una República que lleva su bajeza hasta adoptar la librea de los Rothschild y Say y aspira a servirles de verdugo;

»Y contando con la justicia y energía del pueblo trabajador para vengar a sus hermanos, tan luego como las circunstancias lo permitan, llevando a Mazas (cárcel pública)—para satisfacción de la Francia y de la República—al mismo tiempo que los Say y los Rothschild, los Freycinet, Lockroi y otros lacayos ministeriales de la alta burguesía cosmopolita.»

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Y a propósito del meeting de Belleville, leo en El Imparcial un telegrama del corresponsal de este periódico, en que dice «haber asistido en la sala Favié a un meeting de anarquistas, al que han concurrido más de 3.000 personas».

O el tal plumífero es un inocente recién desembarcado en la capital, que no sabe lo que se pesca, o asiste a las reuniones de una manera figurada, es decir, con las tijeras del periodista, o bien participa de la proverbial mala fe del periódico que le paga; pues nadie ignora en París que al meeting de la sala Favié no asistió un solo anarquista—de los conocidos—y que el presidente de la reunión y los oradores que en ella tomaron parte son adversarios declarados de los anarquistas.

¡Así escriben la historia los burgueses!

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