Carta de París a Madrid (11/7/1886)

Publicada en El Socialista n° 19, Madrid, 16 de julio de 1886, p. 2.

CARTA DE FRANCIA

París, 11 de julio de 1886.

A falta de sucesos de actualidad que merezcan registrarse—la burguesía parisiense, sobre todo comerciantes e industriales en pequeño, se preparan actualmente a celebrar la fiesta nacional del 14, a conmemorar la toma de la Bastilla, origen de su dominación de clase, y arrastra a los obreros inconscientes a tomar parte en una manifestación que, por revestir carácter popular, no es menos burguesa—a falta, repito, de otros asuntos de inmediato interés, voy a ocuparme de un libro que ha salido a luz recientemente, y que, a pesar de haber hecho poco ruido en la prensa capitalista, que apenas lo ha mencionado, merece un examen detenido.

Y sin embargo, el autor de La Francia Socialista es uno de los redactores más conocidos y autorizados de la prensa burguesa, y sus Notas de historia contemporánea son como un «guía del socialismo» para uso del burgués ignorante. Y como este género abunda tanto aquí como en la patria de los Zorrillas, Salmerones y otros bípedos del mismo pelo, bueno será que los burgueses de todas las regiones sepan, por boca de uno de los suyos, lo que es en realidad el socialismo moderno, el socialismo científico, descartado de todas las vulgaridades, lugares comunes e insinuaciones malévolas de que hasta ahora lo habían rodeado sus enemigos más o menos encubiertos.

Encabeza el libro en cuestión una serie de definiciones bastante claras y exactas, y que el autor llama «preliminares», de ciertas palabras que los socialistas empleamos habitualmente en nuestros escritos y discursos, como trabajo, capital, riqueza, etc. Después de lo cual, el autor de La Francia Socialista pasa a explicar en los términos siguientes el por qué de haber escrito semejante obra:

«Si no hubiese cuestión social, sería inútil escribir sobre la Francia socialista, pues el Partido Socialista no representaría nada, y de nada no hay para qué escribir.

«Pero el Partido Socialista existe. En Francia manifiéstase por medio de una propaganda que, en ausencia de leyes excepcionales, los tribunales de justicia se esfuerzan a veces en atajar aplicando las leyes comunes. En el extranjero se han hecho contra los socialistas legislaciones especiales. En 1878 el gran canciller del imperio alemán alcanzó del Reichstag la votación de una ley de proscripción de los socialistas, cuya ley solo debía estar vigente por cinco años. M. de Bismarck creía que la aplicación a la llaga del hierro ardiendo durante cinco años la cauterizaría y curaría el mal del Imperio.

«En la actualidad existen más diputados socialistas en el Parlamento alemán que había en 1878, y el canciller se había visto obligado a pedir la prórroga de su ley de preservación social.

«No se persigue lo que no es peligroso. No nos defendemos contra un inocente. No se castiga a un niño. Por ejemplo, a nadie ha ocurrido ni ocurrirá la idea de pedir una ley contra la propaganda del «ejército de la salvación» (1). La mariscala Booth puede pronunciar todos los discursos que se lo antojen y lanzar por calles y plazas miles de vendedores de su periódico, vestidos en trajes de Carnaval…

«Las medidas de rigor adoptadas contra el Partido Socialista son para él una fe de vida. Si el Partido Socialista vive, es porque existe un mal social cuyo remedio busca ese Partido. Pues nada nace de la nada, y todo cuanto existe tiene una razón de ser.

«Luego existe una cuestión social que está planteada y un Partido Socialista digno de examen, puesto que es la expresión de una cosa nueva.

«El socialismo no preocupa únicamente a los gobiernos. La idea socialista es una idea muy generalizada en la actualidad. Los candidatos en las elecciones se apellidan socialistas para ganar votos. Muchos hombres, que son conservadores, a pesar del radicalismo de sus programas políticos, se proclaman en sus carteles, por contrasentido, es verdad, se proclaman socialistas.

«Definiré la palabra socialistas, generalmente mal empleada y casi siempre mal comprendida. Los socialistas no son los partidarios de tal o cual reforma parcial o de detalle. Los socialistas son hombres que se proponen cambiar la constitución fundamental de la sociedad existente, sustituyendo la propiedad común o colectiva a la propiedad individual; por cuya razón se les da indistintamente los nombres de comunistas o colectivistas.

«Los socialistas son, pues, revolucionarios intransigentes, con quienes es inútil pensar en avenencias. Lo quieren todo, y ninguna concesión los desarmará. Es verdad que las concesiones no desarman nunca, sino que debilitan a los que las hacen y fortifican a los que las obtienen.

«Cuando los candidatos, aun los más radicales, se proclaman socialistas, en sus profesiones de fe, no entienden de ningún modo el socialismo revolucionario de los colectivistas o comunistas.

«EI socialismo de cartel de los burgueses radicales no es revolucionario. Los ciudadanos en cuestión concederían sin dificultad Cajas de retiro para los trabajadores, favorecerían las Asociaciones obreras y limitarían, si necesario fuese, la duración de la jornada de trabajo (2). Pero retrocederían con horror si oyesen decir que socialismo significa abolición de la propiedad individual. Y sin embargo, la palabra socialismo no tiene otra significación. Todas las reformas que se hagan en la sociedad presente sin, tocar a su principio fundamental, que es la propiedad individual, serán actos filantrópicos, reformas económicas, pero no serán actos socialistas.

«Sorprendería en extremo a hombres muy distinguidos si se les dijese que la mayoría del Ayuntamiento de París no es socialista, y sorprendería todavía más a los susodichos concejales si se les acusase de ser conservadores (3).

«Indudablemente, los concejales a que nos referimos no son socialistas, son conservadores sociales. En política son intransigentes, frondistas, jacobinos. En economía social, mal que les peso, no obstante sus manifestaciones platónicas a favor de las huelgas, no obstante la benevolencia por los obreros que parece desprenderse de sus votaciones y de la malevolencia a los patronos, a los capitalistas; a pesar de todo esto son conservadores, y sólo dejarían de serlo el día en que quisieran mudar el régimen de la propiedad.

«La noción clara y precisa del socialismo no se ha propagado todavía en Francia entre las clases ilustradas. Se confunde a cada instante con los rótulos de anarquistas, revolucionarios, etc., a hombres que no tienen ningún punto común de doctrinas. Se ignora, por lo general, la escolástica alemana del socialismo, que si bien ha tenido hasta ahora pensadores, no ha tenido todavía ningún vulgarizador. Mas esto no obsta para que exista en los ánimos una corriente socialista. La hora de la vulgarización ha sonado. Muchos piensan en la cuestión social. Novelistas populares, escritores de relevante mérito, han narrado los episodios crueles de la lucha de los obreros con sus patronos. Toda esta publicidad, publicidad electoral de los candidatos, publicidad de los periódicos revolucionarios, publicidad de los noticiaros en los diarios conservadores, publicidad por medio de los libros y folletos, han transportado la idea socialista al dominio público.

«El público sabe ya que hay socialistas; lee en los periódicos las reseñas de los meetings revolucionarios, y lee también algunas veces la narración de atentados culpables cometidos en nombre de la revolución contra las personas o la propiedad por criminales que son al mismo tiempo unos necios (4).

«El público ve todas estas manifestaciones del Partido Revolucionarlo, del socialismo, y no conoce al Partido Revolucionario; no sabe lo que es el socialismo.

«Urge conocer la cuestión y los que la plantean. Los socialistas, los hombres del pensamiento y de la acción revolucionaria llegarán un día a ser bastante fuertes, a tener partidarios suficientemente numerosos para obligar a la sociedad a contar con ellos y a defenderse contra ellos. No conviene que el día en que aparezcan salgan de lo desconocido con el prestigio del anónimo.

«Se tiene una opinión equivocada de la Francia socialista. Conservadores timoratos creen que la sociedad está a punto de perecer; temor demasiado prematuro. Otros se burlan de los socialistas, juzgándolos por las reseñas de las reuniones públicas insertas en los periódicos. Con raras excepciones, los redactores de estas reseñas son principiantes (se principia a cualquier edad y hay hombres que son principiantes toda su vida), que por ignorancia del asunto o por agradar a sus lectores, o con la intención de perjudicar a los socialistas, poniéndolos en ridículo, no toman nota en los meetings sino de las exageraciones de los oradores, de sus incorrecciones de lenguaje, de las manifestaciones, con frecuencia poco exactas, de las asambleas. Como se verá en el curso de esta obra, el personal de las reuniones públicas, la parte pensadora y militante de las fracciones revolucionarias, se compone de hombres de saber y de elocuencia que pueden competir con los oradores, polemistas y teóricos de todos los demás partidos.»

Estaba de moda tres o cuatro años ha el mofarse de los colectivistas y comunistas: según unos, eran locos de atar; según otros, ridículos y abstrusos idealistas, que abrigaban la idea absurda de preparar las masas para una revolución social, no repitiéndoles las frases sonoras del liberalismo ni los sentimientos sublimes del humanitarismo, sino enseñándoles las teorías positivas de la evolución de los fenómenos económicos. Y sin embargo, estos locos, estos analistas y dialécticos, han llegado a inculcar sus ideas en la masa reflexiva del proletariado, a imponerse a la opinión pública, como lo prueba el libro de Mermeix, uno de cuyos principales pasajes acabo de traducir, y los numerosos artículos de periódicos y de revistas escritos en Francia sobre el socialismo moderno.

El Partido Socialista Obrero es una fuerza que inquieta a las clases poseedoras, a las clases «confiscadoras», como dicen nuestros amigos de Inglaterra. M. Mermeix lo confiesa con una buena fe a que no nos tienen acostumbrados los escritores de la burguesía.

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(1) L’armée du Salut, secta protestaste evangelista compuesta casi exclusivamente de mujeres, y a cuya cabeza se halla la famosa mariscala Booth.

(2) El escritor burgués va demasiado lejos al juzgar el socialismo de los radicales. Una votación reciente del Ayuntamiento de París demuestra que los radicales miran con el mismo horror la limitación de las horas de trabajo que todo lo demás.

(3) Sería preciso, para justificar semejante sorpresa, que los radicales del Ayuntamiento de París tuviesen las entendederas completamente obstruidas, después de la campaña socialista que viene haciendo de un año a esta parte nuestro amigo Vaillant en el seno del Ayuntamiento con tanta constancia como energía. Pero no hay peor sordo…

(4) Hace alusión a los anarquistas.

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