Carta de París a Madrid (16/3/1886)

Publicada en El Socialista n° 2, Madrid, 19 marzo 1886, pp. 3-4.

París, 16 de marzo de 1886.

Dos noticias importantes le adelantaba en mi carta anterior: la resolución del Consejo Municipal de París, concediendo un subsidio de 10.000 francos a los mineros de Decazeville, y el llamamiento de los diputados obreros a todos los Ayuntamientos de Francia para que imiten el ejemplo del de París.

Como la mayoría de este último se compone de radicales burgueses, enemigos declarados de toda reforma verdaderamente social, nuestros amigos del Municipio parisiense, que deseaban a todo trance alcanzar el subsidio, revistieron su proposición de una forma vagamente humanitaria: en vez de solicitar los 10.000 francos a favor de los huelguistas de Decazeville, pidieron al Consejo que votase aquella cantidad para «socorrer las familia de Decazeville que padecen a causa de la paralización del trabajo». En esta forma, los radicales, «amigos del trabajador» y caritativos por conveniencia, no podían rechazar la proposición de Vaillant, Joffrin y Chabert, y en efecto, la votaron, sin perjuicio de arrepentirse al día siguiente, como algunos de ellos lo declararon en los periódicos.

Pero lo más original del caso es que el prefecto del Sena, que representa en la Asamblea Municipal el poder ejecutivo, creyendo, o aparentando creer, que cumplía la voluntad del Concejo, envió la cantidad votada, no al Comité de la huelga, legalmente constituido, sino al alcalde de Decazeville, «como presidente de la Comisión de Beneficencia» de aquel Municipio, «para que la distribuyese a los pobres de la población». De este modo, la votación del Consejo Municipal de París, que había dado lugar a tantos comentarios, perdía completamente toda su significación social, y los mineros en lucha con sus opresores capitalistas sólo recibirían del socorro votado las migajas que pluguiese a la autoridad de Decazeville. Hay que convenir en que la burguesía francesa cuenta con armas de variados géneros para combatir a los siervos del capital, y que nuestros famosos compatriotas Ignacio de Loyola, Escobar y compañía tienen aquí discípulos aprovechados.

A la hora ésta, y a pesar de un voto de censura—algo vago—del Consejo Municipal contra el prefecto del Sena, los asendereados 10.000 francos están todavía en la gaveta del alcalde de Decazeville, que aguarda sin duda la terminación de la huelga.

Esta, sin embargo, no lleva trazas de terminar tan pronto como lo desearían los seides de Rotshschild y consortes; los mineros se muestran enérgicos y decididos, a pesar de la presión violenta o jesuítica que se ejerce constantemente sobre ellos, no obstante la persecución judicial que devora todos los días algún combatiente, y de los más inteligentes y activos: ejemplo: el delegado minero Soubrié, que ha sido condenado a cuatro meses de prisión por haber pronunciado en una reunión pública una frase insignificante, denunciada y agravada por un espía; sentencia, no sólo injusta, sino ilegal, como lo ha demostrado en la Prensa nuestro amigo Julio Guesde, que repite diariamente la misma frase y que pide en vano a los tribunales que le juzguen, y como lo probó ayer en la tribuna de la Cámara el diputado Laguerre, sin que nadie osara contradecirle.

Por lo demás, los mineros de Decazeville se ven calurosamente sostenidos en su valiente campaña. Los socorros en dinero y en especie afluyen de todas partes. Varios Municipios han contestado ya al llamamiento de los diputados obreros socialistas: Lyon, Beziers, Tolon, Troyes y otros han enviado subsidios que varían entre 5.000 y 400 francos. Algunos periódicos de París y un gran número de los de departamentos han abierto suscripciones a favor de los huelguistas del Aveyrón. La del Cri du Peuple ascendía ayer a catorce mil y pico de francos. Nunca se había visto en Francia una huelga disponiendo de tan poderosos recursos materiales y morales.—El diputado obrero Basly continúa en Decazeville ayudando a sus compañeros los huelguistas con los consejos de su larga experiencia en este género de combates, lo cual, excusado es decirlo, no es del agrado de los políticos burgueses, que lo acusan de faltar a sus deberes parlamentarios, de fomentar la huelga y otros horrores parecidos.

* * *

Como en mi anterior le había anunciado, la interpelación de Camélinat fue discutida el jueves último 11. Después de haber expuesto la triste situación de los mineros de Decazeville, los abusos y las provocaciones de la Compañía y el estado de próxima ruina en que se encuentran la mayor parte de los pozos, donde el fuego está haciendo todos los días estragos considerables, el diputado obrero presentó la siguiente orden del día:

«La Cámara invita al Gobierno:—1.° A usar de los derechos que le confiere la ley, a fin de no dejar por más tiempo en peligro la conservación de la mina, concedida condicionalmente a la Sociedad de las Minas y Fundiciones del Aveyrón, cuya concesión ha lugar a anularle;—2.° A entenderse inmediatamente con los obreros mineros asociados para la explotación de las minas, transformada en propiedad nacional;—Y pasa a la orden del día.

Camélinat.—Boyer.—Planteau.—Clovis Hugues. —G. Laguerre. —Maillar.—Michelin.—Prudhon.—Brialou. —Daumas.»

Aplazada la discusión hasta el sábado 13, la anterior orden del día fue rechazada por un gran número de votos, siendo igualmente rechazadas hasta diez, presentadas por diferentes fracciones de la Asamblea.

Hoy continuará la discusión, o mejor dicho, la Cámara tratará de salir del inexplicable laberinto en que se ha metido por falta de ideas y de conocimiento de las cuestiones de trabajo.

En mi próxima daré cuenta del manifiesto que la minoría socialista obrera del Parlamento ha dirigido al país.

* * *

La orden del día de Camélinat la votaron 39 diputados de la extrema izquierda; los demás se abstuvieron, excepto ocho que votaron en contra. Más de la mitad de los diputados presentes se abstuvieron en esta votación. No vaya a creerse que los 39 votantes de la orden del día de Camélinat se han convertido repentinamente al socialismo; nada de eso. Si se exceptúan los siete que constituyen hoy la minoría socialista obrera, los 32 restantes son radicales burgueses que se han mostrado desde un principio hostiles a la actitud de nuestros amigos; pero que no se atreven a romper abiertamente con los obreros, sus electores, en una cuestión que interesa vivamente a la clase obrera en general y a los mineros en particular. Nótese que la mayor parte de los votantes de la orden del día en cuestión son diputados por los distritos mineros.

La fracción socialista obrera de la Cámara la forman, además de los tres únicos diputados que sostuvieron con sus discursos y sus votos la primera interpelación de Basly, Brialou, Planteau y Prudhon, tres diputados obreros que habían marchado hasta ahora a remolque de los radicales, y que se han decidido a alistarse bajo la bandera del Partido Socialista Obrero, enarbolada tan valerosamente por el minero Basly. Estos siete diputados firman el manifiesto de que he hablado más arriba, y del cual me ocuparé extensamente en mi próxima carta.—M.

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