Carta de París a Madrid (30/5/1886)

Publicada en El Socialista n° 13, 4 de junio de 1886, p. 2.

París, 30 de mayo de 1886.

Dos cuestiones impresionan profundamente todos los ánimos en este momento: la nueva fase en que va a entrar la huelga de Decazeville después de las declaraciones hechas ayer por el ministro de Obras públicas y de la votación de la Cámara sobre las proposiciones de Michelin y de Basly, y el proyecto de autorización presentado hace cuatro días por el Gobierno para expulsar de Francia a las familias de Orleans y Bonaparte.

¿Existe alguna conexión entre estos dos sucesos políticos? ¿Se proponen el Gobierno y los radicales que lo apoyan distraer la atención del pueblo de sus verdaderos intereses, de la cuestión obrera, agitando a sus ojos el espantajo político que llaman «peligro monárquico»? La cacareada expulsión de los «príncipes»» ¿será tal vez una amenaza suspendida sobre la cabeza de la minoría monárquica del Parlamento, amenaza que ha empezado a dar sus frutos en la sesión de ayer, en que los 200 diputados que forman la oposición monárquica han votado con el Ministerio salvándole de una caída cierta? Después de esta especie de pacto, que podríamos llamar con razón «pacto del hambre», ¿tendrá todavía el Gobierno la crueldad de llevar adelante su proyecto de expulsión? Sea de ello lo que quiera, la primera de estas dos cuestiones interesa a los proletarios de Francia y del mundo entero; la segunda a los políticos de la clase burguesa. Me ocuparé, pues, en esta carta del importantísimo debate que tuvo lugar en la Cámara de diputados, donde por segunda vez, en el espacio de pocos meses, el problema de la propiedad social ha sido planteado por el diputado minero Basly, que ha sostenido con inteligencia y valentía las reivindicaciones de nuestra clase.

* * *

Según estaba anunciado, el diputado de la extrema izquierda M. Michelin explanó ayer su interpelación sobre la continuación de la huelga de Decazeville.

Empezó lamentando que la mala fe de la Compañía y la debilidad del Gobierno le obligasen a tratar de nuevo esta cuestión, para responder a la inquietud del país, que aguarda explicaciones.

Recordó la información que él mismo ha hecho en Decazeville, donde ha podido convencerse de que los mineros quieren la terminación de la huelga, para lo cual han reclamado un arbitraje.

El orador insiste sobre la moderación de que han dado pruebas los mineros en su lucha contra el capital, en que han estado admirables, habiendo adquirido el derecho al respeto de todos los partidos. M. Michelín recuerda además sus diligencias en París cerca del ministro de Obras públicas, del presidente del Consejo y de M. León Say.

(La Cámara presta poca o ninguna atención a este discurso.)

Basly.—La Cámara no escucha porque se trata de obreros. Si fuese un ministro quien hablase, y si se tratase de pedir 50 millones para el Tonkin, de seguro escucharía. (Rumores.)

Michelin presenta el resumen de los hechos: la Compañía quiere la humillación de los mineros; quiere que vayan sumisos a prestar pleito homenaje a la plutocracia. Y ante esta mala fe el Gobierno permanece inactivo, o, lo que es peor, interviene contra los obreros. El orador, que en su calidad de burgués no ha conocido la miseria, se contenta, al terminar su discurso, con presentar una orden del día motivada, expresando el sentimiento de que el Poder «no haya empleado todos los medios que tenía a su disposición para hacer que cesase la huelga, y sobre todo que no haya impuesto el arbitraje a la Compañía.»

Pero ni siquiera este sentimiento—más que platónico—pareció aceptable al ministro de Obras públicas, que, en nombre del Gobierno, pidió a la Cámara que votase la orden del día pura y simple.

Antes de la votación nuestro compañero Basly, que había venido expresamente de Decazeville para hacer el último esfuerzo a favor de sus hermanos de la mina, pidió la palabra.

En un discurso que constituye la defensa más enérgica y elocuente de las reivindicaciones obreras, y que no quiero extractar, el diputado minero demostró, con el testimonio del ingeniero del Gobierno y diputado do la mayoría, M. Laur quo repetidas veces afirmó la verdad de sus asertos, que las «exigencias intolerables» de la Compañía, según expresión de La Republique Francaise, periódico ministerial, eran el único obstáculo que se oponía a la terminación de la huelga, y por consecuencia, que era más que justo, necesario, que los huelguistas forzosos, los sin salarios por millares fuesen considerados con el mismo derecho que los propietarios «incendiados» de Guadalupe o los «inundados» de la India francesa y de la Argelia, que se votase un crédito de 500.000 francos, en calidad de socorro a las víctimas del subsuelo enajenado.

He aquí el texto de la orden del día de Basly:

«Considerando que la prolongación de la huelga de Decazeville debe ser atribuida a la Compañía minera, que ha rechazado oficialmente todo género de arbitraje;

Considerando que en semejantes condiciones el deber del Gobierno es acudir al socorro de las víctimas obreras de esta paralización de trabajo, como ha socorrido las víctimas propietarias de los incendios de la Guadalupe y de las inundaciones de la India francesa y de la Argelia,

La Cámara

Invita al Gobierno a someterle en brevísimo plazo un proyecto de crédito de 500.000 francos a favor de los hambrientos del Aveyrón,

Y pasa a la orden del día.»

Este llamamiento a la asistencia social no ha encontrado el menor eco, ni siquiera en los bancos de la extrema izquierda, y para retirar este pan nacional de la boca de los infelices mineros de Decazeville, nuestros gobernantes no han tenido necesidad ni de una palabra, ni de un gesto. La Cámara tenía conciencia clara de su solidaridad con las infamias de la banda capitalista y de su deber de sostenerla.

Así, la orden del día de Basly, ni más ni menos que la de Michelin, ha sido enterrada por 369 votos contra 171.

Hay que advertir que sobre la primera no ha recaído votación, habiéndose dado la preferencia a la interpelación de Michelin; lo cual explica los 171 votos de la izquierda, que indudablemente no habrían votado por los 500.000 francos que pedía Basly.

Como más arriba he indicado, los 200 individuos de la derecha—los monárquicos—han votado con el Gobierno.

Al bajar de la tribuna, donde por espacio de hora y media había defendido la causa de los mineros, nuestro amigo BasIy ha tomado el tren para Decazeville.

En estos momentos hace más falta allí que en la Cámara.

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