Sobre la jornada de ocho horas.

Publicado en El Socialista n° 16, Madrid, 25 de junio de 1886, p. 2.

La Cámara sindical de picapedreros y aserradores de piedra del departamento del Sena acaba de publicar un luminoso dictamen redactado por el ciudadano Boulé, miembro del Partido Socialista Obrero Francés y uno de los más activos de la Agrupación parisiense, y presentado al Consejo Municipal de París en nombre de la Corporación.

De este importante documento tomamos la parte relativa a la reducción de la jornada de trabajo a ocho horas:

«Entre los oficios en que el género de trabajo exige un gasto considerable de fuerza muscular, el nuestro figura en primera línea.

«Ahora bien; si la sociedad tiene por objeto el desarrollo moral e intelectual del hombre, la cuestión, considerada desde el punto de vista puramente humanitario, le impone la reglamentación de la jornada de trabajo, que debería ser tanto más corta cuanto mayor es la fuerza muscular empleada; pero no puede serlo desde este solo punto de vista, puesto que es esencialmente del dominio económico, en el cual hallamos principalmente consideraciones favorables al interés de todos. Un obrero cansado, rendido, no puede producir un trabajo bien hecho, pues la buena ejecución de una obra sólo puede obtenerse merced a la seguridad de mano y de golpe de vista, que se pierde al final de una jornada de trabajo demasiado larga. Además, un trabajo excesivo consume rápidamente las fuerzas del obrero, y le obliga, para poder realizar constantemente la misma cantidad de esfuerzos, a un exceso de bebidas alcohólicas adulteradas que alteran en breve tiempo su salud, determinan una vejez prematura, disminuyen la duración de la vida, y, por consecuencia, el tiempo en que habría podido trabajar.

«En los talleres, la libertad en que se deja a cada obrero de trabajar todo el tiempo que quiere, no es de ningún modo la consecuencia de la falta de brazos, sino el resultado de un cálculo de la parte de los patronos, que toleran esa libertad porque hacen la oferta más numerosa y suscitan entre los obreros la envidia y la competencia, que favorecen y determinan la reducción de los salarios. De este modo se pueden escoger los obreros que más convienen y los que menos piden, y los más viejos, sobre todo, se ven rechazados sistemáticamente de los talleres, pagando así bien caro el mal ejemplo que en otro tiempo dieran de trabajar horas suplementarias.

«La duración excesiva de la jornada de trabajo no tiene solamente por consecuencia la baja de los salarlos, sino que es la principal causa de la inmoralidad de los trabajadores.

«Es indudable que un obrero que trabaja 12, 13 y 14 horas diarias (lo cual se ve en las canteras de París), obtiene a veces, en el período de un mes, un salario medio, satisfactorio en apariencia, pero que da siempre por resultado inmediato la reducción de los precios, y por consecuencia obliga a los obreros más débiles, que no hacían horas suplementarias, a trabajar mucho más tiempo para ganar el salario que ganaban antes, y que es estrictamente necesario para su existencia. Resulta, pues, de semejante estado de cosas una cantidad mayor de trabajo producida por el mismo número de obreros, de donde dimanan los paros forzosos y la miseria.

«El último inconveniente no es el de menor cuantía, y bastaría por sí solo para imponer la reducción a ocho horas de la jornada de trabajo.

«No hay obrero que trabaje 12 y 14 horas diarias por espacio de un mes sin interrupción; llega un momento en que el hombre que trabaja de ese modo se ve invadido por el cansancio y el tedio. Y entonces, si el pretexto o la ocasión no se presenta, la suscita él mismo y se pone a beber durante uno, dos o tres días consecutivos, y luego vuelve a trabajar para ganar el tiempo perdido y resarcirse de sus gastos y para volver a la vida de disipación al cabo de quince días o tres semanas. En tales condiciones, el obrero no es un hombre, sino un animal de carga: o trabaja, o bebe, pasando su vida de la taberna al taller y del taller a la taberna; y el obrero llega a embrutecerse de este modo hasta un punto que acaba por considerar feliz semejante existencia.

«No necesitamos que los que no han trabajado nunca o han trabajado a placer vengan a predicarnos la moral. Somos de aquellos que vituperan al obrero que no tiene fuerza de carácter suficiente para saber manejarse; pero sabemos también que la mala conducta de ciertos obreros es el resultado fatal de las condiciones en que trabajan, y que mientras no se hayan modificado estas condiciones no se puede esperar que varíe la conducta de los que a ellas se ven condenados.

«Hasta ahora diríase que se ha tratado de desarrollar los malos instintos del trabajador por medio de una mala organización del trabajo, antes que estudiar, y sobre todo aplicar, las reformas encaminadas a darle conciencia de su propia dignidad. Por lo tanto, el obrero es, en la mayor parte de los casos, lo que sus dominadores han querido que sea. No tenemos reparo en decir la verdad, porque si el obrero es tal como acabamos de explicar, no es él el responsable.

«Tales son las tristes y funestas consecuencias de la duración ilimitada de las horas de trabajo. Algunos sostienen que la reducción de las horas de trabajo con salario igual acarrearía al Ayuntamiento de París un suplemento de gastos, que recargaría el presupuesto y que de este modo la totalidad de los ciudadanos pagaría las mejoras obtenidas por unos cuantos.

«A esto contestaremos: que en ocho horas de trabajo el obrero puede producir con creces lo que le concede la «serie» (1) de la Municipalidad por diez horas, y que si ciertos precios contenidos en la «serie» quedasen subsistentes habría que aumentar nuestro salario. Está tan lejos de nuestro ánimo el recargar el presupuesto, que dentro de poco presentaremos un dictamen al Consejo Municipal pidiendo la revisión inmediata de la «serie», con una reducción en los precios. Nos alegramos en extremo de que se nos haya hecho esta objeción, pues ella ha sido principalmente la que nos ha determinado a estudiar la «serie», y la primera parte de este estudie es la que tenemos el honor de someter al Consejo Municipal, que por primera vez verá claramente a quiénes ha favorecido siempre la serie municipal y de qué manera con la serie la Administración y la Dirección de las obras se componen para saquear la Caja del Municipio.—Boulé.»

(1) Se llama «serie» a las tarifas establecidas por el Ayuntamiento de París para las obras públicas, y por las cuales se regían en otro tiempo la mayor parte de los particulares y maestros de obras. El sistema de contratas y la facultad que tienen los contratistas de regatear el salario de los obreros (marchandage) han hecho ilusorias para éstos las tarifas municipales. Por eso, además de la «reducción de la jornada de trabajo a ocho horas», la clase obrera parisina reclama «la aplicación de los precios de la serie», y la «abolición del merchandage».

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