Cartas de París a Madrid (6 y 9/3/1886)

Publicada en El Socialista n° 1, Madrid, 12 marzo 1886, p. 4

París, 6 de marzo de 1886.

La huelga de Decazeville continúa extendiéndose a todo el distrito minero del Aveyrón; los mineros están dando una prueba magnífica de solidaridad obrera.

Entre tanto, ¿qué hace la Compañía? ¿qué hace el Gobierno? La primera persiste en su sistema de provocaciones; el segundo las alienta y estimula con el apoyo de las bayonetas, enviando cada día a Decazeville nuevas fuerzas del Ejército.

Sin embargo, las cosas han llegado a un extremo tal de tirantez, la soberbia de la Compañía pone en tan grave peligro el orden público, que el prefecto del Aveyrón, en nombre del Gobierno, creyó al principio deber oponerse a la fijación de un cartel en que el presidente del Consejo de Administración de la Sociedad de Minas y Fundiciones de aquel departamento, el famoso León Say, exministro de Hacienda y ejecutor de las altas obras de Rothschild, intimaba a los huelguistas la orden de volver a los pozos en el plazo de cuarenta y ocho horas, so pena de ser excluidos para siempre una parte de entre ellos—los que no fuesen del agrado de la Compañía…— El autor de este bando señorial advertía a sus siervos de la mina que no esperasen ninguna concesión de parte de la Compañía, «antes por el contrario» , que el ingeniero Blazy, cómplice y camarada de Watrin, de aborrecible memoria, volvía a ejercer sus funciones de opresor y explotador de los obreros.

La entereza manifestada por la autoridad gubernativa ha sido, como era de esperar, de corta duración: el Poder se ha sometido una vez más a la voluntad de los señores capitalistas, y el bando conminatorio de León Say fue fijado hace tres días a la entrada de los pozos.

Para intimidar a los huelguistas el Gobierno echa mano del recurso de siempre, de esa ley inicua e hipócrita, que, so pretexto de mantener la «libertad del trabajo», hace del derecho de coalición una mentira y de las huelgas una ilusión engañosa. No contento con dejar a la Compañía explotadora el arma poderosa del capital, de las máquinas, de la administración, de todo ese arsenal que la hace invencible en la lucha con el trabajador indefenso, el Poder envía en ayuda del fuerte sus jueces y sus esbirros, que, emboscados como verdaderos facinerosos, espían a los mineros, y a la menor palabra, al menor acto que pueda parecer un ataque a la famosa «libertad del trabajo»—¡son tan liberales estos burgueses!—se apoderan del huelguista que les ha suministrado el deseado pretexto. De este modo van ya presos cinco o seis de los más activos, de los más enérgicos e inteligentes, como es natural.

Por fortuna, y merced a los consejos de los diputados Basly y Camélinat, que, según anuncié, se han puesto desde el principio de la huelga al lado de sus compañeros y hermanos, los huelguistas han permanecido impasibles ante este reto insensato.

Por iniciativa de Basly y Camélinat los huelguistas del distrito del Aveyrón se han organizado en Comités Locales de resistencia y han constituido un Comité central residente en Decazeville. Esta poderosa organización está produciendo ya sus frutos; gracias a ella, los recursos afluyen en proporciones inesperadas y la Compañía empieza a temer que la interrupción del trabajo sea más larga de lo que creía.

Y como tiene absoluta necesidad de mantener encendidos los fuegos, no quiere exponerse a la ruina completa de los pozos; los administradores empiezan a hablar del abandono de la explotación y de la liquidación de la Sociedad. En tal caso, el Gobierno, con la ley en la mano, podría y debería declarar las minas del Aveyrón propiedad del Estado y encargar de su explotación a los mineros que se organizan a este fin. Pero este paso pueden estar seguros de que el Gobierno no lo dará. Si los hombres que están a su frente manifestasen semejante veleidad de justicia y de reivindicación, no permanecerían en el poder veinticuatro horas.

Una noticia importante: el Consejo municipal de París, en su sesión de ayer, votó un socorro de diez mil francos para los huelguistas de Decazeville.

Se me olvidaba decir que Camélinat llegó anteayer a Paris y anunció inmediatamente al Ministerio una interpelación sobre los sucesos de Decazeville, principalmente sobre:

1.° La ocupación militar.

2.° El papel que representa el prefecto en sus relaciones con la Compañía y con los mineros.

3.° Las prisiones de huelguistas.

4.° Las medidas que piensa adoptar el Gobierno respecto a la Sociedad concesionaria.

Esta interpelación, que su autor deseaba explanar inmediatamente, ha sido aplazada por la Asamblea hasta el jueves.—M.

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París, 9 de marzo.

En vista del raro ejemplo dado por el Consejo municipal de París, de que hablaba en la mía de ayer, la fracción obrera socialista de la Cámara francesa ha dirigido a todos los ayuntamientos de Francia el siguiente manifiesto:

«A los Consejos municipales de Francia:

»Ciudadanos concejales:

»El Consejo municipal de París acaba de votar diez mil francos para socorrer a los obreros de Decazeville.

»En presencia de la miseria que tan crueles estragos está haciendo en aquel desgraciado país, principalmente entre las mujeros y los niños, tendríamos una viva satisfacción en ver que os asociabais a aquel acto de solidaridad . — Basly. — Boyer. — Brialou. — Camélinat. — Clovis Hugues. — Planteau. — Prudhon.»

M.

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