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ARCHIVO OBRERO

El momento actual del socialismo (1920)

Juan B. Justo (1865-1928) / Escritos y conferencias

El momento actual del Socialismo

Bajo este título, Juan B. Justo brindó tres conferencias en la ciudad de Buenos Aires, los días 11 y 18 de abril y 9 de mayo de 1920. Se publica de acuerdo a las crónicas aparecidas en La Vanguardia, diario del Partido Socialista.

Ante un público numeroso que no bajaba de unas 1000 personas, el diputado Juan B. Justo dio ayer de mañana en el biógrafo de la calle Canning 117, bajo los auspicios del Centro Socialista de la Circunscripción 15ª, su anunciada conferencia sobre «El momento actual del Socialismo».

El acto dio comienzo a las 9.30 a.m., previas oportunas palabras de presentación del secretario del mencionado Centro, y se desarrolló en medio de una atención y compostura sin iguales, no obstante la atmósfera calurosa que reinaba en el local debido a la enorme concurrencia y a la elevada temperatura del día.

Sobrio, preciso y hondo, como de costumbre, el diputado Justo pasó en revista los problemas más palpitantes de la actualidad socialista, dejando en sus oyentes una impresión profunda y una lección provechosa.

Damos a continuación el texto íntegro de la conferencia, tomada por el taquígrafo de LA VANGUARDIA y revisado por el autor.

* * *

Compañeros:

He aceptado con sumo placer la invitación que me fue hecha por un joven del Centro Socialista de la 15ª, sobre todo por la forma y los fundamentos con que me la presentó. Me dijo –No queremos que la acción del Partido aparezca como una acción «electorera». Diga electoral –le repliqué– y hemos de estar de acuerdo. Es indispensable que la acción del Partido sea diaria y permanente; tan diaria y permanente debe ser la distribución de nociones e ideas como la distribución de pan; tan diario y permanente el cultivo de nuestros sentimientos sociales como el cultivo de nuestros cuerpos.

La tendencia a desviarnos de ese modo de hacer, que ha sido siempre propia del Partido y tradicional de nuestra organización, no es grande, felizmente; pero se manifiesta en algunas expresiones que aparecen en nuestros documentos. Se habla ahora de abrir y de cerrar la campaña electoral. Yo entiendo que la propaganda socialista se abre cada día y nunca termina. No podemos suponernos en un estado social en que dejemos de necesitar ocuparnos diariamente de cuestiones de orden colectivo. De día en día estas cuestiones van a tomar más lugar en las ocupaciones de los hombres.

Se exagera a veces la actividad electoral. Creo que en la última campaña, por ejemplo, se ha querido atraer a la masa indiferente del pueblo por un medio muy simpático, que no es propiamente un medio de acción política. Me refiero a los conciertos sinfónicos. Creo que la música tiene un gran papel en la vida de los hombres, pero hemos de hacer y de oír música en lugares y ocasiones apropiados. No comprendo cómo hemos de hablar de cuestiones económicas y sociales entre «La donna é mobile»y algún otro trozo de ópera más o menos bien ejecutado por una orquesta. La música nuestra ha de ser música militante, música socialista, himnos, coros, orfeones a cuya organización debemos destinar los medios necesarios.

No creo tampoco en la «ofensiva del engrudo». El engrudo sirve para fijar en las paredes carteles con las ideas más sanas o más falsas. Por otra parte, cualquier otro partido puede ganarnos en cantidad de engrudo. Hemos denunciado el trust de los molinos y éste podría poner a disposición de nuestros adversarios grandes cantidades de harina. Nuestra ofensiva es con ideas, con verdades. Hemos de fijarlas alguna vez en las paredes con engrudo, pero ha de hacerse con medida y sin atribuir a esa acción más importancia de la que tiene.

La propaganda electoral no difiere de nuestra propaganda diaria sino en que ha de ser más activa y más actual, es decir, ha de ocuparse más de la cuestión del momento y de la localidad. Cada día y en cada lugar hay siempre cuestiones palpitantes que interesan y apasionan a los ciudadanos, y que por esto mismo se prestan más para explicar los puntos de vista generales, aparte del interés práctico que ofrece la solución de esas mismas cuestiones.

La propaganda electoral se distingue también en que suele ser hecha, y conviene que lo sea, principalmente por los candidatos. Hay toda clase de ventajas en que eso sea así, entre otras ésta: El candidato para un cargo electivo, al que habrá de llegar por la concurrencia de miles de votos, tiene que ser conocido, aunque más no fuera para evitarse la necesidad de fijar su retrato en las calles. Los socialistas argentinos estamos bastante adelantados para no necesitar de este recurso, que no hemos puesto en juego en la última campaña electoral. Para muchos candidatos de otros partidos, y que han resultado electos, ese procedimiento del retrato pegado en las calles es, en cambio, una necesidad de identificación, ya que hay tantas personas homónimas, cualquiera de las cuales podría pretender ser el electo con igual derecho aparente.

Hay también motivos evidentes de orden intelectual y moral para que miremos con cierta aprensión y con cierto desdén la acción exclusivamente pre-electoral. Todas las actitudes que se adoptan inmediatamente antes de solicitar el voto de las asambleas de partido y el voto de los ciudadanos, revistas que aparecen momentos antes de la elección, etiquetas y fórmulas que se lanzan a la circulación en semanas pre-electorales, discursos que se prodigan en esos momentos son de menos valor sugestivo y representan menos esfuerzo respetable y simpático. La actividad diaria es la que autoriza para la acción pre-electoral. En la acción diaria y permanente el Partido debe ver formarse a sus futuros candidatos. Desde luego, en la acción política, en la investigación de hechos y fenómenos sociales, que tenemos que hacerla nosotros mismos, ya que los documentos oficiales son generalmente mal hechos, incompletos y a veces falsos, de intento; en la propaganda hablada y escrita de la verdad política y social, y en la organización política socialista, dentro del campo que ya abarca y en campos nuevos.

En la sección gremial los hombres del Partido deben trabajar día a día, ya en la lucha pura y simple contra empresas y patrones para obtener ventajas en las condiciones de trabajo y hacer respetar las conseguidas, ya en las luchas internas de los gremios, contra los sectarios que quieren torcer su acción dándoles un sesgo anti-político, ya, llegado el caso, en la formación de agrupaciones socialistas de gremio, que no propiciamos como muy importantes, pero cuya simple posibilidad constituye una defensa eventual contra desviaciones sectarias. No es admisible que socialistas enérgicos se sometan en los gremios a imposiciones sectarias. He oído hablar de gremios donde se habla de expulsar a ciudadanos que leen LA VANGUARDIA. En casos así, los socialistas deben luchar con tenacidad y hasta darse una organización gremial separada y propia, bajo la forma de agrupación socialista de oficio.

Tenemos también otro campo de acción, el menos practicado, el menos reconocido, y uno de los más fundamentales, porque es el más creador: la acción económica. Fue un dolor para nosotros ver en la última estadística del Partido, muy bien levantada y presentada al Congreso Socialista del año 1918, que entre 9.000 afiliados sólo había 800 cooperadores. ¿Cómo es posible que hombres ocupados a diario de las cuestiones sociales y animados del deseo de mejorar la situación del mundo en que viven, puedan desentenderse hasta ese punto de la acción cooperativa?. Sólo «El Hogar Obrero» tenía entonces unos 4.000 socios. La acción económica es un campo para nosotros casi virgen. ¿Con qué derecho hemos de acusar a la masa electoral de la ciudad de Buenos Aires por su relativa indiferencia por la lista socialista al no darle sino 54.000 sobre un total de más de 160.000, cuando las organizaciones obreras económicas fundadas y administradas por hombres que han hecho durante años, sin el menor incentivo personal, una labor tenaz, honesta e inteligente, como lo prueba la solidez de esas mismas organizaciones, apenas han conseguido la adhesión de algunos centenares de militantes?. En esta misma asamblea, ¿cuántos cooperadores hay?. Les ruego que levanten la mano. Me consuela, pero no es bastante, que hayan levantado la mano unos 20 ó 25 de los muchos centenares de trabajadores que me escuchan.

Para el esclarecimiento del pueblo en materia social, el Centro de la 15ª ha organizado esta conferencia sobre el momento actual del socialismo, cuestión de orden relativamente abstracto y general, como es el aspecto de un vasto movimiento de sentimientos y de ideas que se extiende por el mundo entero, generalización difícil, para seguir y comprender la cual se necesita un grande esfuerzo que quisiera pudiéramos hacer en mejores condiciones materiales de ambiente.

Felizmente muchos de los que me escuchan están sentados, y tal vez resistiremos esta atmósfera de hacinamiento, y podamos seguir esta disertación que, como digo, requiere un esfuerzo mental sostenido, porque no es una simple arenga de exaltación de sentimientos que todos tenemos.

El socialismo pasa en estos momentos por circunstancias que lo presentan triunfante, al menos de ciertos puntos de vista. Vemos que en Francia el número de votos socialistas ha crecido absoluta y relativamente, es decir hay muchos más socialistas en Francia que hace algunos años y de cada cien franceses mayor número son socialistas o votan la lista socialista. Vemos que en Italia el grupo parlamentario más numeroso, formado por casi 160 diputados, es el socialista. Vemos que en Inglaterra el Partido Obrero, forma práctica que ha tomado allí el socialismo en su aspecto político, se planta firmemente ante los partidos tradicionales ingleses y desafía al partido liberal y al conservador juntos, con el éxito demostrado por sus recientes triunfos en elecciones parciales. En el gobierno de Bélgica 3 ó 4 socialistas ocupan algunos de los ministerios más importantes. El gobierno de Suecia está totalmente formado por ministros socialistas, presididos por Branting, que ha presidido también varios de los últimos congresos de la Internacional obrera y socialista, de modo que podríamos decir que Suecia está gobernada por la Internacional. Vemos el gobierno de Austria presidido por Seitz, que estaba a mi lado en la mesa de la Conferencia socialista internacional de Berna y ha dirigido hace poco un llamado al pueblo argentino pidiendo ayuda para sus desgraciados conciudadanos. El gobierno de Alemania está presidido por socialistas y apoyado hoy también por socialistas independientes. Vemos, por fin, en Rusia un gobierno de hombres que creen ser la más alta expresión del socialismo y poner en práctica la esencia misma de la doctrina marxista.

Es cierto que al mismo tiempo en Estados Unidos, país que ha sido por siglo y medio la escuela de libertad y de democracia para el mundo, el país del mundo donde la clase trabajadora goza del más alto nivel de vida, y, en cierto concepto, de la mejor situación social, ese pueblo que nos ha dado el ejemplo de muchas en nuestras mejores cosas y para buena parte de nuestra propaganda en nuestro país, en los Estados Unidos se expulsa violenta y arbitrariamente a los representantes socialistas elegidos por el pueblo de la cámara de representantes de Washington, como le ha pasado a Víctor Berger, elegido por el estado de Wisconsin, y de la legislatura del Estado de Nueva York, que acaba de eliminar en esa forma a 5 diputados socialistas elegidos por la ciudad de Nueva York.

En Australia, donde hace años existe un fuerte Partido Obrero basado, como el Partido Obrero inglés, en las sociedades gremiales, país que ha visto a un albañil que trabajó en la construcción del palacio legislativo de Sud Australia entrar algunos años después al mismo palacio como presidente del consejo de ministros, el Partido Obrero acaba de ser vencido en las elecciones obteniendo sólo 26 diputados contra 38 nacionalistas y 11 del partido del campo, del partido de los chacareros, que el Partido Obrero no ha sabido atraer a sus filas ni proceder de acuerdo con ellos.

Y entre nosotros no podemos hoy contar ningún triunfo electoral. En todo el país habremos obtenido de 80 a 85.000 votos; en la capital hemos triunfado como minoría, pero, en general, nuestra posición electoral no ha mejorado en forma apreciable.

Por otra parte, en Europa los socialistas no se entienden. En Alemania se encuentran profundamente divididos en gubernistas y espartaquistas, que se parecen mucho estos últimos a los bolcheviques rusos, los que a su vez están en profundo y sangriento contraste con los socialistas revolucionarios, que han sido la gran mayoría socialista hasta en los mismos momentos de la revolución rusa. La dictadura bolchevique disolvió en 1917 la Asamblea Constituyente Panrusa, de la cual los socialistas revolucionarios formaban la gran mayoría, y después los persiguió cruelmente, obligándolos al destierro, o a ocultarse, o sometiéndose por hambre a sus exigencias.

En Suiza un congreso nacional del Partido tuvo por único objeto resolver si adheriría a la conferencia de Berna, y la asamblea, por mayoría apreciable, se declaró contra esa adhesión.

El Partido Socialista Italiano parece haberse adherido a la titulada IIIª Internacional. El Partido Socialista francés acaba de resolver su separación de la IIª, que ya muchos consideran fenecida.

Si la hora parece de triunfo para el socialismo bajo ciertos aspectos, es pues, bajo otros aspectos de división y de confusión, hora propicia para los pescadores a río revuelto, para los que esperan conflictos de las ideas ajenas a fin de levantar ellos algún nuevo cartel o etiqueta que les diera la deseada notoriedad; momento propicio para los «snobs», siempre tras las novedades, que adoptan con tanta decisión la última etiqueta política o social como el sombrero de moda o el nuevo corte de los pantalones; para los sociólogos, generalmente a sueldo, que, desentendiéndose de los problemas locales y actuales, divagan sobre los acontecimientos lejanos y enturbian, irresponsables, las ideas de quienes los leen.

En este momento, no hay por qué disimularlo, la atención del mundo en materia social está concentrada principalmente en Rusia, debido a un conjunto de circunstancias. Pero me pregunto ¿los socialistas argentinos tenemos que dirigir nuestra principal atención sobre Rusia o hacia países más afines con el nuestro?. Nuestro punto de mira principal ha de ser países semejantes a éste, por su extensión, por la clase de su población, por sus partidos, por sus prácticas políticas y sociales en general. Me refiero, sobre a todo, a Australia, donde el Labour Party, como he dicho, acaba de perder las elecciones. Australia es un país algo así como tres veces la República argentina, por su extensión; la mitad de la población argentina, lo que indica que es un país menos poblado que éste; país de lengua inglesa y de población inmigrada, que se ha improvisado allí en el espacio de un siglo, como la mayor parte de nuestros 8 y medio millones de habitantes; país de constitución política democrática desde sus comienzos, autónoma aun en materia aduanera federal como el nuestro y productor de carne, lana y trigo. El pueblo trabajador de aquel país ha tenido despierta de tiempo atrás su conciencia de clase. Hacia 1850 los trabajadores australianos pedían ya la jornada de 8 horas, y pronto la impusieron por el simple esfuerzo de la organización gremial. Hace unos 15 años la organización gremial australiana se constituyó como partido político, genuinamente obrero, carácter que lo garantiza contra la desviación a que pudieran conducirlo ambiciosos o aventureros, agregados a la clase obrera para medrar a sus expensas. Pronto llegó ese partido al triunfo electoral y ha tenido ya en sus manos repetidas veces el gobierno de Australia.

Y ¿qué ha hecho el Partido Obrero en el gobierno de Australia?. Se ha opuesto resueltamente a la inmigración de otras razas. Ha dado leyes sobre el trabajo, ha limitado el trabajo de las mujeres y de los niños, ha establecido comisiones de salario mínimo, ha creado tribunales de conciliación y arbitraje para los conflictos entre el capital y el trabajo, ha dado pensiones a la vejez y subsidios de maternidad, ha establecido la contribución territorial federal progresiva para combatir los latifundios, ha fomentado la instrucción primaria de la que se ocupaban también preferentemente otros partidos.

Pero aquel gobierno representante en primer término de trabajadores manuales, como los que me escuchan, de proletarios que trabajan con medios de producción de propiedad capitalista, no pensó en ningún momento en expropiar por decreto o por ley a los empresarios, no intentó establecer el comunismo. Y eso que era mucho más capaz, para la administración pública, que los gobiernos argentinos, y que aquella clase trabajadora practica mucho más que la nuestra la cooperación libre.

He demostrado con cifras, en la cámara cómo bajo el gobierno obrero de Australia el pago de la pequeña pensión a los viejos diseminados en todo el territorio de la república, y entregada semanalmente en su propia mano, así como el pago de las 4 libras esterlinas que recibe de subsidio en aquel país cada parturienta, cuesta, proporcionalmente, mucho menos que el pago mensual de las 4 mil y pico de jubilaciones nacionales, muchas de ellas de un importe de centenares y hasta miles de pesos al mes.

Y si necesitáramos otra prueba de la superioridad de aquella administración sobre la nuestra, la tendríamos en los ferrocarriles australianos, todos de propiedad del Estado y que dan un beneficio líquido suficiente para cubrir con creces el servicio de la deuda pública contraída para construirlos, mientras que nuestros ferrocarriles nacionales no dan siquiera para la conservación del propio material y son una perpetua carcoma de la riqueza pública.

Si con esas aptitudes los gobiernos obreros de Australia no han pretendido en ningún momento realizar la revolución social ha sido porque, no siendo marxistas, ni llamándose tales, han comprendido intuitivamente lo más fundamental de la obra científica de Marx, la base técnico económica de la historia.

Los hombres, ha dicho Marx, son ante todo productores, trabajan con sus manos, sirviéndose o no de herramientas y de máquinas, sobre las cosas y los seres vivos para la satisfacción de las necesidades humanas, organizan ese trabajo para la mejor economía social, y sobre ese fundamento técnico económico de su sociedad crean la superestructura política que es su complemento, que depende de la técnica y de la economía y se subordina a ellas, pero no puede por sí sola transformarlas. Los australianos han comprendido la relatividad de las funciones del Estado y de la ley, no han creído poder usarlos para improvisar una sociedad perfecta, y han dirigido su esfuerzo hacia la capacitación plena de aquel pueblo trabajador para desarrollar su organización social.

¡Cuán diferente proceso es el de la revolución del gran pueblo ruso hacia lo cual convergen hoy las miradas de todos! Aquella enorme nación de analfabetos ha dado al mundo una rica y profunda literatura: Tolstoy, Chernichevsky, Gorki, han emocionado al mundo con sus libros producidos en medio de un inmenso pueblo que no sabe leer.

Así también las más grandes y vastas aspiraciones sociales han aparecido en el seno de la nación rusa que es socialmente de las más incultas. Todos hemos seguido con pasión la épica lucha de los revolucionarios rusos contra la autocracia de los zares, hemos admirado su inmenso valor y absoluto sacrificio, que en más de un caso los ha llevado a la horca sin conocerse siquiera sus nombres, tan grandes eran su abnegación y su carencia de toda forma de vanidad. Aquellos hombres y mujeres han llegado en su fervor revolucionario a darse nuevas costumbres, a adaptar su vida entera a la consecución de sus fines sociales.

Han luchado, asimismo, en un ambiente popular sistemáticamente impedido por la autoridad de toda actividad de orden colectivo, que no fuera la de trabajar. No ha sido posible allí ninguna organización popular de orden político, ni tampoco la organización gremial, ni ha habido prensa libre, ni siquiera libre circulación de otros impresos. Fuera de la conspiración, el pueblo ruso no ha conocido otra forma de asociación que la de las comunidades hereditarias de aldea, forma social arcaica que ha sobrevivido en Rusia después de su completa extinción en los países de la Europa occidental.

En esas condiciones se ha producido la revolución que en su último período, bajo el Partido Bolchevique, ha querido realizar las fórmulas más absolutas de igualdad, expropiando la riqueza de propiedad privada y ensayando la creación de una sociedad comunista. Y aquella gran tentativa revolucionaria, emprendida con frialdad, como un experimento viene con sus resultados a confirmar las grandes verdades que ha predicado el socialismo, pero condicionándolas, calificándolas, mostrando que han sido en ciertas cabezas medias verdades.

Desde luego, esta gran verdad que siempre sostenemos: el parasitismo de la burguesía, demostrado por la existencia de una clase numerosa de hombres y mujeres, que viven no sólo en la holgazanería, sino también en el lujo y la disipación.

Queremos abolir los privilegios que permiten a esas gentes vivir, sin esfuerzo socialmente útil, del trabajo de los demás.

Pero la revolución rusa, consultada en algunos de sus documentos más genuinos y más auténticos, nos dice que la clase burguesa une todavía a sus privilegios altas funciones técnico económicas de la mayor importancia social.

Quiero leer al respecto palabras de Trotzky en un discurso pronunciado ante la conferencia del Partido Comunista ruso de la ciudad de Moscú el 28 de marzo de 1918, contenido en este folleto titulado «El trabajo, la disciplina y el orden salvarán la república socialista de los soviets». Ha sido admirablemente editado en alemán por una imprenta suiza, seguramente subsidiada por el gobierno bolchevique, y tiene el más perfecto carácter de documento genuino.

Lo he citado ya en parte en mi informe presentado el año pasado al C.E. sobre los congresos socialistas internacionales de Berna y Amsterdam, y, para no repetir, sólo leeré partes, que en esa ocasión no he dado.

Dice Trotzky (página 13): «Cuando ella (la clase obrera) ha llegado al poder tiene que considerar el viejo aparato del Estado como un aparato de opresión de clase. Pero ella tiene, al mismo tiempo, que sacar de ese aparato todos los elementos calificados y de valor que le son técnicamente necesarios, para ponerlos en el lugar que les corresponde, y elevar por medio de esos elementos su poder proletario de clase. Esta es, compañeros, la tarea que se nos presenta en toda su magnitud.

«Como en las máquinas muertas, hay cierto capital de nuestro patrimonio popular nacional encerrado en esos técnicos, ingenieros, médicos, profesores, oficiales militares de ayer, que estamos obligados a explotar, a aprovechar, si hemos, absolutamente, de resolver los problemas fundamentales a que tenemos que hacer frente.

«La democratización no consiste de ninguna manera –esto es el abecé para todo marxista– en anular la significación de las fuerzas calificadas, la significación de personas que poseen conocimientos especiales, sino en sustituirlas, en todas partes y siempre, con colegios elegidos.

«Pero los colegios elegidos que consisten de los mejores representantes de la clase obrera, no poseen los necesarios conocimientos técnicos, ni pueden reemplazar a un solo técnico que haya pasado por una escuela del ramo y sepa cómo tiene que hacerse una cosa dada. La exuberancia de compañerismo, que se observa entre nosotros en todos los terrenos, aparece como la reacción plenamente natural de una joven clase revolucionaria oprimida hasta ayer, que hace a un lado las iniciativas personales de los jefes, señores y directores de ayer y pone en todas partes a sus propios representantes elegidos. Esta es, digo, una reacción revolucionaria plenamente natural y de fuentes plenamente sanas. Pero esto no es la última palabra de la construcción económica estatal de la clase proletaria.

«El paso ulterior tiene que consistir en la propia limitación de las iniciativas de compañerismo, en la sana y salvadora auto limitación de la clase obrera, que sabe dónde el representante elegido de los trabajadores puede decir la palabra decisiva, y dónde es necesario dejar el lugar al técnico, al especialista, armado de conocimientos determinados, sobre quien recae mayor responsabilidad y a quien hay que tomar bajo nuestro vigilante control político.

«Es necesario para nosotros buscar todo lo viable y valioso de las viejas instituciones y ponerlo en el nuevo trabajo.

«Compañeros, si no hacemos esto, no cumpliremos nuestra misión fundamental, pues sacar de nuestro seno en un breve plazo todos los especialistas necesarios después de haber arrojado todo lo acumulado en el pasado, eso sería imposible.

«En el fondo sería lo mismo que si dijéramos que arrojamos todas las máquinas que han servido hasta ahora para la explotación de los trabajadores. Sería una locura. El atraer a especialistas instruidos es para nosotros tan necesario como la toma de los medios de producción y de transporte y, en general, de todas las riquezas del país».

Como ustedes ven, Trotzky compara a los hombres dotados para las altas funciones de la técnica y de la economía con los medios materiales de trabajo, invirtiendo el error tendencioso de los capitalistas, que miran a los trabajadores manuales que explotan como simples herramientas y mercancías, desconociéndoles su carácter de hombres con sentimientos e ideas y aspiraciones de la propia personalidad.

Lo importante es, en todo esto, el pleno reconocimiento por Trotzky, hombre inteligente y enérgico, organizador de la victoria militar bolchevique, de las funciones técnico económicas de la burguesía y de los profesionales, que por su posición social, siempre pueden emparentarse con ella.

El mismo reconocimiento, y en términos más parecidos a los que empleo, hace Radek en un folleto también citado por mí en el informe a que me he referido, cuando habla del «sabotaje hecho por la burguesía y la inteligencia burguesa».

Otra gran verdad socialista calificada por los resultados de la revolución rusa es la de la explotación como causa de miseria.

Siempre ha sido y será cierto que los productores pierden para la satisfacción de sus propias necesidades todo lo que toman los parásitos sociales para fines improductivos.

Pero no hay que exagerar la importancia de la simple abolición de las entradas del privilegio para la elevación del nivel de vida de los trabajadores. No hay que creer que bastaría la simple expropiación de los privilegios para hacer la felicidad de los trabajadores todos.

Encontramos, a este respecto, algunos datos interesantes en un artículo titulado «Salarios y precios» del número de 13 de febrero de la revista «Die Neue Zeit», el órgano más acreditado del marxismo alemán, largo tiempo redactada por Kautsky, considerado por muchos como el gran sacerdote del marxismo.

«El director general deutsch de la compañía general de electricidad ha reunido los datos de 66 compañías de diferentes ramos de la industria que en los últimos 10 años han distribuido un término medio del 10% de dividendo, y ha encontrado que si todo el dividendo hubiera sido distribuido entre los obreros empleados, a cada uno de éstos le hubieran tocado 270 marcos.

En la empresa Siemmens los salarios, sueldos y gastos, en beneficio del personal sumaron en el año 1918 unos 240 millones de marcos y la ganancia del capital, 13,4 millones de marcos a 5,6 por ciento de los salarios y sueldos según dice Schulz-Mehrins en su trabajo «Socialización y organización de consejos».

No hay que tomar siempre cifras como estas como la expresión exacta de la verdad, pues sabido es que las empresas disimulan sus ganancias destinándolas en gran parte a fondos de reserva, haciendo en sus balances, amortizaciones exageradas de sus instalaciones y calculando sus dividendos sobre un capital aguado. Generalmente también no hacen aparecer como beneficio obtenido a expensas de los trabajadores los intereses pagados sobre «debentures» u otros capitales tomados por ellas, real o aparentemente, en préstamo.

Pero también es cierto que gran parte del dinero distribuido en forma de dividendos se destina a la ampliación de los medios de producción, y que aún en una sociedad donde cada productor tenga derecho al producto íntegro de su trabajo, será siempre necesario destinar gran parte del producto del trabajo actual, no al consumo inmediato, sino a constituir los medios para el trabajo por venir.

Si revolución social ha de querer decir elevación grande del nivel de vida del pueblo productor, no hay que pensar en realizarla por la simple expropiación. Será siempre necesario suprimir las pérdidas determinadas hoy por la rutina y por la competencia capitalista destructiva, será necesario producir más y mejor, elevar la técnica y organizar mejor el trabajo y en ningún caso trastornar la economía entera por medio de leyes y decretos que en este terreno no son tan capaces de crear como de destruir.

Expresa este punto de vista la proposición votada en el último congreso de nuestro partido para ser presentada al próximo congreso socialista internacional, que dice: El pueblo trabajador llega a la madurez política cuando es capaz de alterar las relaciones de propiedad (es decir, de expropiar a los capitalistas) elevando al mismo tiempo el nivel técnico económico nacional, o al menos sin deprimirlo.

No ha sucedido así en la revolución rusa y aquí aparece otra de nuestras verdades tan fuertemente conmovida que por el momento deberíamos llamarla más bien una de nuestras ilusiones. Creíamos que en una sociedad colectivista, basados en la igualdad y en la abolición del privilegio, la cooperación de los hombres sería espontánea y que todo andaría como sobre rieles en ese mundo perfecto, capaz de organizar por sí mismo y de marchar casi sin gobierno.

Pero he aquí que la revolución rusa viene a demostrarnos que la cooperación técnica en las grandes masas no es todavía espontánea, ni puede ser libre.

Han fracasado las esperanzas sugeridas en un momento por los famosos soviets o consejos de las usinas y fábricas rusas, nacidos en 1905 como órganos políticos de agitación revolucionaria, reaparecidos a principios de 1917 antes del predominio bolchevique, con intenciones de dirección de las fábricas, y que han suscitado imitaciones, por lo menos de nombre, en Alemania, donde todavía en enero de este año produjéronse sangrientos choques en las calles de Berlín, porque no satisfacía a los socialistas independientes y a la masa de pueblo que lo seguía, la ley de consejos de fábrica (Betriebsraete) dada por la Asamblea Nacional.

En esos mismos momentos llegaba precisamente de Rusia un despacho que anunciaba la abolición de los soviets de obreros de usina y de fábrica.

A este respecto tengo datos registrados en el periódico «Pour la Russie», semanario editado en París por socialistas revolucionarios contrarios a la dictadura bolchevique, miembros la mayor parte de ellos de la disuelta asamblea nacional de Rusia, y de cuya lealtad no puede dudarse, pues condenan abiertamente la política y los crímenes de los generales reaccionarios Koltchak y Denikín y se oponen a toda intervención extranjera en Rusia, en la seguridad de que aquel pueblo ha de encontrar por sí mismo su camino.

En el número del 14 de febrero último ese periódico publica un comunicado oficial de Schliapnikoff, comisario del trabajo de la república de los soviets, documento tomado del órgano bolchevique «Vida Económica», en el cual, después de describir la profunda depresión de la producción fabril rusa, dice: «La causa principal de esta situación catastrófica está en la ausencia total de orden y de disciplina en las fábricas. Los consejos de fábrica (organizaciones obreras) creados para restablecer el orden, no han hecho sino mal y han hecho desaparecer los últimos vestigios de disciplina; ellos han sido los instrumentos de una dilapidación completa del material de explotación y de los stocks. Todas esas circunstancias nos han obligado a abolir los consejos de fábrica y a poner a la cabeza de las empresas más importantes a dictadores con autoridad absoluta y derecho de vida o muerte sobre los empleados.»

Ya con anterioridad los consejos obreros de fábrica habían sido reducidos a simples clubs sociales obreros, quitándole la mayor parte de su poder y el gobierno bolchevique había adoptado una política de coerción de los obreros al trabajo. Así lo dice también «The Economist» en una correspondencia de Berlín fechada el 20 de enero próximo pasado, y destinada, como todas las publicaciones de ese periódico inglés, a ser leída no por el pueblo obrero, sino por hombres de negocios, banqueros y estudiosos de cuestiones económicas. «Actualmente la coerción, defendida con el argumento hecho en público por el comisario del pueblo Krasin, de que «si tenemos el derecho de enviar a ciudadanos leales para ser muertos en defensa de la revolución, tenemos seguramente el derecho de matar en nombre de la misma causa a los haraganes desleales», parece reemplazar al soborno. Los diarios oficiales publican un notable comunicado del comisario del trabajo Schliapnikoff. Los consejos obreros de fábrica, dice Schliapnikoff , aunque establecidos en el interés de la disciplina en las fábricas, han empeorado las cosas. La producción ha declinado y las instalaciones fabriles han sido disipadas». «Estas circunstancias nos han compelido a abolir por completo los consejos de fábrica y a poner dictadores, con poder ilimitado de vida y de muerte sobre los obreros, a la cabeza de todas las empresas importantes.» Entre tanto reinaba el salario por pieza, el sistema Taylor, el mínimum de rendimiento, el pago de premios, las listas negras y las multas en moneda y en alimento; y no sin éxito. Moscú tiene una «comisión regional para combatir la holgazanería en masa», que («Vida Económica», número 207) trata la ausencia del trabajo por masas de empleados como «sabotaje malicioso» y «entrega a los culpables a órganos administrativos para ser confinados en campos de concentración y trabajo forzado». El sistema de pago de premios varía en diferentes empresas. En los talleres de reparación del ferrocarril de Podolsk la norma de producción exigida es sólo de 25% del rendimiento en tiempo de paz. Los obreros que alcanzan a la norma reciben 20% de salario extra; los que quedan por debajo reciben 2/3 del salario regular, y si cumplen la tarea en la mitad del tiempo, reciben ciento por ciento de salario extra. Con una labor excepcional un obrero puede aumentar su salario 175%. En algunas fábricas los capataces están encargados de fijar la norma. A veces el premio se paga en pan. El grado de industria es vigilado con gran precisión empleándose un secundómetro. El comisario de comunicaciones decretó últimamente que «los salarios individuales se fijaran para todos los empleados ferroviarios de acuerdo con sus calificaciones individuales». «Todos los talleres que están bajo la Unión metalúrgica tienen sólo el pago de premios; pero otras importantes industrias, y entre ellas las dirigidas por el comité central poligráfico, reemplazaron últimamente el pago de premio por el salario por pieza».

De otra buena fuente («Pour la Russie», febrero 21 de 1920) tomamos lo siguiente: «El Poder soviético ha prohibido oficialmente a los obreros el recurrir a su único medio de lucha contra el capital: el derecho de huelga es rehusado a los obreros en la Rusia soviética. El decreto del 21 de febrero reemplaza la jornada de 8 horas por la jornada de 12 horas».

Completaré esta información mencionando el despacho publicado en «La Prensa» de ayer sobre un discurso pronunciado por Trotzky en la 9ª convención del Partido Comunista, en que dijo que la militarización es el único medio de utilizar todos los recursos en hombres que tiene Rusia, y definió las relaciones entre la movilización del trabajo y la rehabilitación industrial, encontrando que la movilización es ahora más necesaria que nunca porque hay que utilizar la mano de obra de grandes masas de trabajadores que no puede ser utilizada sino por medio de la disciplina militar.

Ante este completo fracaso de la cooperación libre en el campo de la técnica, del trabajo que hacen los obreros sobre materias primas y con medios de producción que cuando dejan de pertenecer a los capitalistas deben pasar a la propiedad colectiva de la sociedad, brilla con singular esplendor el triunfo de la cooperación libre en el campo económico, en la organización de la producción, que acaban de obtener los trabajadores rusos asociados en las cooperativas unidas, al ser éstas invitadas por los gobiernos del occidente de Europa a servir de órgano de restablecimiento de las relaciones comerciales entre su país y esos países de occidente.

El socialismo, grande y vigorosa idea en marcha, ha de salir más consciente y poderoso de las contradicciones y conflictos internos que hoy lo conmueven, constituyéndose en un método amplio y completo de acción que conduzca libremente al pueblo trabajador a su mayor desenvolvimiento.

La Vanguardia, 12 de abril de 1920. 

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Ante un público numeroso dio ayer de mañana el diputado Justo, en el biógrafo de la calle Rioja al 2039, su anunciada conferencia sobre «El momento actual del socialismo». Después de haber sido presentado en breves y oportunas palabras por el secretario general del Centro Socialista de la 2ª, ciudadano Fidel García, nuestro diputado tomó la palabra e hizo uso de ella por espacio de más de una hora, en medio de la mayor atención.

A fin de informar a nuestros lectores lo más completa y exactamente posible sobre el contenido de la conferencia, damos a continuación una crónica compuesta de párrafos extractados y taquigrafiados. Por la lectura de esta crónica advertirán los lectores que esta conferencia ha sido tan importante como la primera dada por el doctor Justo sobre el mismo tema. Según nuestros informes, a esta conferencia seguirá una tercera, destinada a desarrollar nuevos puntos de vista relacionados siempre con el mismo tema:

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Trabajadores y ciudadanos:

He aceptado con sumo placer la invitación del Centro de la 2ª a dar esta conferencia, hecha por intermedio del muy apreciado compañero Fidel García. Me place doblemente hacerlo por tratarse del baluarte socialista cuyos laureles electorales están aún frescos, y para completar el desarrollo de ideas que sólo pude bosquejar hace una semana en la conferencia de la 15ª.

Mi tema principal será el fanatismo autoritario, que reaparece periódicamente en el movimiento obrero, bajo distintas formas e impulsos.

Somos los socialistas los sostenedores de la teoría científica de la Historia, que ve la base de ésta en la actividad técnico económica y asigna a la política y a la ley un papel muy condicional y relativo. Periódicamente, sin embargo, nosotros, o algunos de nosotros, caemos en la superstición autoritaria y parecemos creer que la autoridad impuesta por nosotros, pero así mismo simple autoridad, podría improvisar una sociedad nueva y perfecta.

Discutir en este país de política criolla lo que es la autoridad y cuáles pueden ser sus funciones es especialmente interesante, pues en la política criolla los conceptos de autoridad, de gobierno y de ley han sido siempre viciosos y falsos. Tengo derecho de hablar así, pues soy bastante criollo.

Uno de mis tíos que a diferencia del hermano de Lenín, no murió joven en la horca, sino a una edad avanzada y en su propia cama, tomó parte en innumerables revueltas para derrocar gobiernos argentinos o de las provincias argentinas. Me hablaba él una vez de sus relaciones con un gobernador de Buenos Aires, cuando esta ciudad era todavía capital de la provincia, y de su empeño de que lo encargaran de formar un cuerpo de blandengues para la policía en la frontera con los indios. «Cuando acordaran –me dijo- me tenían en la plaza de la Victoria», como se llamaba parte de lo que hoy es plaza de Mayo. Es decir, simulaba creer en la necesidad de una policía especial contra los indios planeando un motín más de la política criolla. Como aquel tío mío piensan muchos de los hombres políticos sudamericanos. Así pensaba, al menos, un caballero de Costa Rica con quien hice la travesía del Atlántico. Muy vinculado a la alta sociedad de su país, me hablaba de un personaje que había sido su amigo, pero a quien ya no saludaba, porque, siendo ministro de guerra, no había querido alzarse con el ejército y hacerse presidente. Este modo de ver ha sido muy común en la política criolla: una autoridad violenta y precaria, basada exclusivamente en la fuerza bruta, siempre insegura y expuesta a las deslealtades de los mismos factores irregulares y bastardos que le han dado origen. Y la autoridad así creada no ha podido ser, generalmente, sino una autoridad arbitraria, tiránica, rapaz, corruptora, y que ha mantenido a estos países en su estado de atraso bajo el dominio de las oligarquías locales, pues los jefes sucesivos de esa autoridad inestable han salido de la misma capa social, de núcleos de familias comparables a las familias patricias de la Roma de la edad Media, cuyas rencillas las ensangrentaban y arruinaban.

He visto de cerca el juego de fuerzas semejantes en la política argentina. A casa de mi padre, amigo político del doctor Leandro N. Alem, y en cuyo domicilio vivía también su yerno, capitán de artillería entonces, fue el gran caudillo para sonsacar al capitán e inducirlo a tomar parte, con sus soldados y cañones, en la revuelta del Parque. El entonces capitán se negó. Después de eso, sin embargo, las cosas no han ido mal para unos ni para otros. El capitán de aquel entonces ha llegado a coronel, si bien otros de su tiempo son ya generales, y el doctor Alem, si no llegó a presidente, ha llegado en forma póstuma a ser tío del presidente.

Toda mi experiencia política juvenil me llevó a mirar con odio y repugnancia la intromisión de la fuerza militar en la política y convencerme de que lo fundamental era promover en el país corrientes de opinión que prescindieran por completo del elemento militar. En Europa había seguido de cerca la aventura cesarista del famoso general Boulanger, que fracasó miserablemente. A mi vuelta, todavía sin ideas socialistas, fui de la Unión cívica de la juventud, formada en el año 89 para mejorar la política del país, y el único en oponerme en el seno de aquella asociación a manifestaciones de solidaridad con algunos cadetes del ejército que fueron sometidos a medidas disciplinarias por haber asistido a un mitin político. Mi manifiesta aspiración a que aquel naciente movimiento político no tuviera vinculaciones estrechas con el ejército hizo que en el año 90, hasta el momento mismo de la revuelta militar del Parque, yo ignorara su inminencia, a pesar de que en algunas publicaciones aparezca como uno de los participantes en aquel movimiento. Supe de la revolución del 26 de Julio cuando ya había estallado, y fui entonces al Parque, para prestar los servicios de asistencia y evacuación de heridos que me fueran posibles.

Después de aquella revuelta, que ahora se magnifica hasta hacerla aparecer como uno de los grandes acontecimientos de la historia argentina, las cosas siguieron como antes. Si anteriormente a la revuelta habíanse hecho emisiones clandestinas de papel moneda, después de ella se hicieron emisiones autorizadas mucho más abundantes y con las mismas consecuencias para la clase trabajadora: se deprimieron aún más los salarios reales, acreció la miseria, aumentó la emigración, al mismo tiempo que se fundaba con recursos de tan mala ley el actual Banco de la Nación. Las costumbres electorales tampoco mejoraron, y la política continuó siendo el juego de la influencia personal de caciques y círculos. Y en 1893 hubo en la provincia de Buenos Aires dos revueltas simultáneas y contrarias: se alzaba por un lado el doctor Hipólito Irigoyen, cuyo cuartel general estaba en Temperley, y por otro lado el libertador Manuel J. Campos, con su base de operaciones en Avellaneda, muy próximos el uno del otro, pero irreconciliables.

Aquella lucha mentida y estéril de facciones colmó la medida de mi desdén por la política criolla, y fue entonces que por primera vez me acerqué a un pequeño número de obreros organizados ya como Agrupación Socialista. Me hice socialista sin haber leído a Marx, arrastrado por mis sentimientos hacia la clase trabajadora, en la que veía una poderosa fuerza para mejorar el estado político del país. Mis más importantes lecturas de orden político y social habían sido, hasta entonces, las obras de Herbert Spencer, que en estilo claro y relativamente ameno, ha escrito sobre los que algunos llaman «sociología», pretendida ciencia en la que no creemos. Nos sentimos, en cambio, bien dentro de la Historia, desarrollo continuo y eterno de la humanidad, en que, activa y pasivamente, tomamos parte, y es porque queremos imprimir a la Historia un sentido dado que tratamos de ver bien claro en los acontecimientos para dirigirla mejor. Asimismo la lectura de Spencer me había dado algunas ideas, que ya eran un paso para orientarme en el desbarajuste político del país, que después de Sarmiento no había tenido hombres de ideas substanciales. El teorema spenceriano de la evolución social, del tipo primitivo militar a un tipo industrial definitivo, fue uno de los motivos ideológicos de mi adhesión al socialismo. Spencer también me iluminó haciéndome ver lo relativo y lo imperfecto de la función del Estado, lo muy poco que puede la ley y curándome así de todo fetiquismo político, de toda superstición por el poder de los hombres que hacen leyes y decretos.

La lectura de Marx me hizo ver más allá; comprendí la superficialidad de Spencer al denunciar al socialismo como la esclavitud del porvenir, crítica en la cual caía en el doble error de suponer que el esclavo trabaja siempre para su amo y los asalariados modernos siempre para sí mismos. De las ideas de Spencer me quedó, sin embargo, bastante sedimento para que al hacerme socialista, es decir, amigo de la formación y del desarrollo de un partido político obrero empeñado en la conquista del poder, tuviera la conciencia de la utilidad relativa del anarquismo anti-electoral, de esa secta que nos ha molestado con su obstrucción y difamación sistemáticas desde el comienzo de nuestra actividad social, desacreditándonos ante la opinión de los trabajadores que no son todavía capaces de comprender el socialismo, ni de utilizar el partido, y alejándolos al mismo tiempo de las facciones de la política criolla, acaparadoras del voto inconsciente del pueblo. Comprendí también la necesidad de que los socialistas no se encierren en los cuadros del Partido y sepan asociarse también con otros hombres, para otros fines, en otras organizaciones.

Desde luego, en la agremiación proletaria muy diferente de la política electoral, pero con fines y procedimientos muy análogos a los de la política.

El gremialismo proletario tiene de común con la actividad política estos dos caracteres: como la autoridad política, los gremios proletarios regulan las relaciones entre patrones y asalariados, limitan ciertos modos de hacer y, a veces, les prohíben, imponen a los patrones, y muchas veces a los obreros reacios al movimiento, ciertas condiciones de trabajo, de remuneración, de jornada, etc. El gremialismo proletario es la fuerza que dice: no se trabajará más de 8 horas diarias; no se pagará un salario inferior a tantos pesos diarios; exigimos que se nos indemnice en el caso de sufrir un accidente de trabajo; imponemos el reconocimiento de nuestra organización gremial. Todas esas regulaciones son impuestas por la fuerza coercitiva del gremialismo proletario, que procede en ese sentido como el gobierno al aplicar la ley; coerción que se ejerce tanto sobre los patrones como sobre los obreros inconscientes que no entran voluntariamente en el movimiento.

Como la política, la acción gremial es reguladora limitativa y coercitiva, pero apenas crea, pues no educa ni capacita técnica ni económicamente a los trabajadores; no les enseña a hacer la mejor ni a organizar a los hombres para la producción. Y como la política, la acción gremial tiende a exagerar sus propios alcances y al fanatismo autoritario.

Lo hemos visto al aparecer en los gremios obreros esa nueva corriente de ideas que se ha llamado sindicalismo. Esta fue en Francia una reacción sana y necesaria contra la politiquería socialista en los gremios, divididos y confundidos por la multiplicidad de partidos titulados socialistas que hubo en cierto momento en aquel país. Aquel movimiento fue saludable, aún cuando afirmara la autonomía absoluta de los gremios y pretendieran éstos bastarse a sí mismos para realizar la transformación social, porque desdeñó las declamaciones de ciertos políticos y puso término a su injerencia perniciosa en la organización gremial.

Fue también un progreso del sindicalismo, su realismo social, que le hizo menospreciar las divagaciones sobre la sociedad entera y la emancipación final, para concretarse a las cuestiones positivas de hoy y de aquí, según la enérgica expresión que los socialistas argentinos hemos tomado de un buen documento obrero norteamericano. La misma tendencia sindicalista se manifiesta en el reconocimiento de su propio poder para mejorar ya, de inmediato, las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera, contra la opinión de los divagadores que todo lo refieren a un porvenir remoto. El sindicalismo caracteriza bien su tendencia al hablar de la acción directa de los gremios, capaces por sí solos de obtener grandes ventajas; pero la exagera al considerar suficiente esa acción y creerse en condiciones de prescindir de toda otra forma de acción social, y al engreírse en la eficacia universal de la huelga general. Esta, si no es todo lo que pretendían los sindicalistas, se presenta cada vez más como la forma incruenta y última de la revuelta política.

Ella ha puesto en evidencia todo el poder de los gremios proletarios como órganos de coerción al ser usada últimamente por algunos de los pueblos más cultos de Europa con fines netamente políticos y determinar en Alemania el fracaso del golpe de Estado militarista y reaccionario de hace algunas semanas, y en Dinamarca la caída del gobierno retrógrado improvisado a despecho de los partidos políticos populares para hacer efectiva la anexión de territorios alemanes, a lo que se han opuesto con todas sus fuerzas los trabajadores conscientes de aquel pequeño país.

La organización gremial proletaria, factor fundamental del movimiento histórico de conjunto que llamamos socialismo, ha llegado ahora a un nuevo grado de conciencia y de desarrollo. A partir de la revolución rusa y de la dictadura del proletariado en aquel país, los gremios proletarios del oeste de Europa han empezado a comprender que les es indispensable a los trabajadores manuales atraer a su movimiento a los gremios profesionales de la alta técnica y de la economía; y al mismo tiempo las grandes confederaciones sindicales europeas están demostrando comprender ahora las limitaciones de su poder: en Alemania, donde la unión de los sindicatos libres es uno de los más poderosos apoyos del gobierno actual, y en Italia y en Francia, cuyas grandes organizaciones gremiales no han hecho mucho caso de los aspavientos revolucionarios de ciertos políticos. Es, en efecto, en el Partido Socialista donde ha retoñado últimamente el fanatismo autoritario, bajo la influencia de la revolución rusa que proclamó la dictadura del proletariado. Esta dictadura no puede, en realidad, ser sino la de un partido determinado, o la de ciertos hombres de ese partido. Bien lo dicen expresiones de Trotzky en el folleto que he citado repetidas veces en otras ocasiones, en cuya página 4 habla «de la clase trabajadora a cuya cabeza estaba nuestro partido, y de las masas trabajadoras unidas a la clase trabajadora», en cuya página 6 dice «que por la lógica interna de la lucha de clases llegó al poder nuestro partido, que está a la cabeza del proletariado», y en cuya página 12 se pregunta: «¿estará la clase trabajadora, guiada por el partido comunista, a la altura histórica en la hora de la mayor prueba a que haya estado sometida a la historia entera?». Como se ve, se trata de la dictadura del proletariado sobre la sociedad rusa entera, y de la dictadura del partido comunista sobre el proletariado, y dentro de ese partido, del predominio absoluto de la docena de hombres inteligentes y enérgicos que lo encabezan.

¿Y en qué consiste la dictadura del proletariado?

La expresión no es para asustar a los socialistas argentinos habituados a la permanente dictadura de la clase burguesa que hace caso omiso de la constitución y de la ley cuando así le conviene, y que las aplica falsamente en sus relaciones con el pueblo que trabaja; a los socialistas de esta ciudad que vimos en 1909 cerrados todos los locales obreros por la policía, sin Estado de sitio, y al entonces jefe de policía coronel Falcón negar a la justicia federal que estuvieran cerrados esos locales; que para el Centenario vimos a hordas reaccionarias, guiadas y protegidas por la policía, asaltar los locales obreros y socialistas, destruir imprentas e incendiar bibliotecas; que ese mismo año vimos al parlamento, dominado por el miedo, dar leyes de excepción contra los movimientos de la clase obrera haciendo crímenes punibles con graves penas de actos insignificantes cuando cometidos por personas cualquiera; que vimos a trabajadores extranjeros expulsados ignominiosamente del país sin defensa ni apelación por un simple acuse del jefe de policía; a los socialistas de una república cuyo presidente maneja a su antojo, como «fondos propios», decenas de millones de dineros públicos, y donde el gobierno cobra durante meses impuestos que ninguna ley autoriza a cobrar, y contra los preceptos terminantes de la constitución; a los socialistas argentinos que vemos escalar el poder en larga serie de motines por hombres que jamás han iluminado la conciencia pública con una verdad, no hay mucho que pueda alarmarnos en la dictadura del proletariado.

En Rusia se la ha querido aplicar según los preceptos dados por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista de principios de 1848.

Decían: «El proletariado aprovechará su dominio político para arrancar gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los medios de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante y aumentar tan rápidamente como sea posible la masa de la fuerza productiva. Esto solamente puede, desde luego, suceder por medio de ataques despóticos al derecho de propiedad y a las condiciones burguesas de la producción, esto es, por medidas que económicamente parecen insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento impulsa hasta más allá de sí misma, y es inevitable como medio de revolucionar por entero el modo de producción. Estas medidas han de variar, naturalmente, en los diferentes países, pero para los países más adelantados podrán, en general, ser puestas en práctica las siguientes:

1ª. Expropiación de la propiedad raíz y empleo de la renta del suelo en gastos del estado».

Esto lo sostienen también ciertas fuerzas conservadoras, los partidarios del impuesto único, que aspiran a absorber mediante el impuesto toda la renta del suelo, y creen haberla realizado los revolucionarios rusos al declarar todo el suelo de propiedad nacional, aunque los campesinos han tomado posesión de él, se lo han repartido en lotes y lo usufructúan como propiedad individual, sin que se haya hablado, como sabemos, de un impuesto sobre la renta del suelo.

2ª. «Fuerte impuesto progresivo», que debe referirse al impuesto ordinario elemental sobre la renta.

3ª. «Abolición del derecho de herencia», lo que sería una fuerte contribución para el tesoro público.

4ª. «Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y rebeldes», esto es, de los que se opusieron al gobierno proletario.

5ª. «Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un banco nacional con capital del estado y monopolio exclusivo», proposición que nos parece realizable a los que tenemos un Banco de la Nación y un Banco Hipotecario Nacional, y cuyo significado está en el reconocimiento implícito de la continuación del capitalismo en ciertas ramas de la producción y del comercio aun bajo el régimen proletario, pues sólo para operaciones de esa índole tiene aplicación el crédito.

6ª. «Centralización del transporte en manos del Estado».

7ª. Aumento de las fábricas nacionales, de los instrumentos de producción, preparación y mejoramiento de las tareas según el plan general.

8ª. «Obligación igual de trabajar para todos y formación de ejércitos industriales, especialmente para la agricultura», punto este último que considero equivocado, pues precisamente la agricultura es la rama de la producción que, lejos de haberse centralizado, tiende todavía a descentralizarse más, como que ha de hacerse principalmente en sinnúmero de chacras, trabajadas cada una por una familia, a la que acaso se agregue algún trabajador más; y niego posibilidad de que se desarrolle mayor número de familias en el país, pues no es deseable ni posible concentrarlas todas en la ciudad.

9ª. «Unión de la explotación agrícola con la industrial, tendiente a la gradual desaparición entre ciudad y campo».

10ª. «Educación pública y gratuita para todos los niños, abolición del trabajo fabril de los niños en su forma actual, combinación de la educación con la producción material, etc.»

Es indudable que en Rusia se realiza en estos momentos un proceso de profunda transformación social. Acerca de cuáles serán sus resultados definitivos considero insensato juzgar y mucho más condenar desde aquí, en última instancia, lo que allí ocurre en un ambiente que apenas conocemos, y en todo caso muy diferente del nuestro y que pasa por las circunstancias extraordinarias creadas por la guerra.

No menor error, sin embargo no menos insensato, es tomar como modelo y norma de conducta para nosotros, lo que existe en estos momentos en aquél país lejano. La dictadura, aun cuando ejercida por los hombres más inteligentes y más puros, es siempre un recurso de excepción. Cualesquiera que sean sus resultados inmediatos sobre el bienestar mensurable del pueblo, ella deja sin ejercicio ni desarrolla muchas aptitudes populares. Los sujetos en la dictadura podrán vivir mejor, y acaso peor, pero serán siempre instrumentos pasivos y posiblemente inconscientes. Ello suscita también locas y crueles luchas, más en países como los nuestros donde pululan los nombres sin conciencia dispuestos a simular cualquier opinión, y a adoptar cualquier «mote» que les permita conseguir los triunfos efímeros que persiguen.

La dictadura amenaza las instituciones económicas fundamentales del pueblo que muchas veces están desarrolladas no gracias al gobierno sino a pesar de él. Es lo que parece suceder con la cooperación económica obrera en Rusia, acerca de la cual los datos no son completos ni concordantes en las últimas publicaciones de que he dispuesto, pero que parece haber alcanzado un considerable desarrollo en los últimos 20 años; y sobre todo, a partir del comienzo de la guerra, no hablan de sus capitales ni de sus giros en cantidad de rublos, ya que hoy nos es imposible formarnos una idea aproximada del valor que un rublo representa.

Cuenta en todo caso la cooperación rusa con millones de asociados y consumidores, y con centenares de grandes establecimientos para la producción de artículos de consumo que distribuyen entre sus socios. Se acusa al gobierno bolchevique de haber gravado a las cooperativas con impuestos, de pretender absorberlas y transformarlas en comunas obligatorias de consumo, lo que habría puesto a muchas de ellas al borde de la ruina. Lo que haya de cierto en esas acusaciones, ha de ponerse en claro al definirse los resultados de la invitación de los gobiernos del oeste de Europa a la Unión Rusa de Cooperativas para que intervenga en la rehabilitación del comercio de Rusia con los países extranjeros.

Terminó el diputado Justo caracterizando las dos grandes actividades humanas históricas, que son el trabajo técnico y el trabajo económico, y diciendo a sus oyentes que en lugar de buscar dictadores, lo que urge es reconocer las aptitudes que nos faltan a cada uno para la acción histórica, y tratar de adquirirlas.

La Vanguardia, 19 de abril de 1920. 

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Ante un público que llenaba totalmente la sala del cine Minerva realizóse ayer la tercera conferencia del diputado Justo sobre el momento actual del socialismo.

A las 9,30 abrió el acto nuestro viejo compañero Carlos Mauli, quien presentó al orador en breves y oportunas palabras.

Ocupó en enseguida la tribuna el doctor Justo, quien, por espacio de una hora, disertó sobre el tema anunciado, habiendo sido escuchado con la mayor atención.

Ofrecemos a continuación un resumen taquigráfico de la conferencia, cuyas pruebas han sido revisadas por el autor.

A la invitación de mi viejo compañero Mauli no he podido sino contestar afirmativamente. Estamos hoy en la continuación de la serie de conferencias dominicales que pasan a ser casi una nueva costumbre del Partido Socialista.

Hubiera querido ocuparme aquí de la pésima obra legislativa proyectada por la comisión de presupuesto del Senado de la Nación en materia de gastos públicos y de impuestos, despachos que de ser aprobados vendrían no sólo a anular toda la buena obra legislativa de la Cámara de Diputados realizada en el último período por iniciativa socialista, sino aún a dejar las cosas peor de lo que estaban antes.

Pero se ha anunciado en LA VANGUARDIA y por carteles en las calles que esta conferencia ha de versar sobre el momento actual del socialismo. Y respetuoso de ese anuncio y creyendo que habrá hecho afluir hoy a esta sala sobre todo a ciudadanos que tienen el deseo de ahondar en la doctrina del Partido, me veo obligado a afrontar el tema.

Me ocuparé del momento actual del socialismo, sólo que, como he hablado ya un par de veces sobre el punto en otros locales, es casi como hablar del socialismo en todos sus momentos, es hablar del carácter permanente del Partido y de nuestro método permanente de acción.

Después de lo que hemos dicho en conferencias anteriores sobre acontecimientos que hoy conmueven al mundo, de recordar la enorme conmoción nacional rusa y su repercusión en todos los partidos obreros de los otros países, y, rememorando una vez más la declaración de la Conferencia de la paz de París del año 19, que dice: ni de derecho ni de hecho el trabajo de un ser humano puede ser asimilado a una mercancía.  Declaración de origen americano, llevada a París por los representantes de los Estados Unidos, que tienen ya incorporada esa tesis a los fundamentos de las leyes para combatir los truts, por una parte, y para favorecer las asociaciones gremiales de trabajadores, por otra , para que las restricciones legales al monopolio y a los abusos del capital no puedan interpretarse contra las asociaciones de obreros que tengan por objeto mejorar la remuneración de su trabajo, ya que no es lo mismo pedir más por un artículo determinado que exigir más alta remuneración por el propio trabajo, podemos ahondar en la doctrina del Partido y formular mejor nuestro método de acción analizando lo que es el trabajo.

Somos el partido del trabajo. Hemos, pues, de saber cuáles son sus diversas modalidades, cuáles son las circunstancias y aspectos accesorios que lo deforman y corrompen, y como hemos de organizar el nuestro para que sea bueno y completo.

Trabajo es toda actividad de los órganos de nuestro cuerpo, desde luego lo que se llama trabajo fisiológico. Los latidos del corazón, el trabajo de los órganos digestivos, los movimientos respiratorios, los fenómenos de la generación, la gestación de su hijo por la madre, la lactancia, todo eso es trabajo fisiológico, en que nuestra especie se confunde con las especies animales; y en gran parte está por debajo y fuera del campo de la historia, si bien debemos aspirar a que aún en ese campo del trabajo fisiológico, y desde luego, en los fenómenos de la generación, todo no se pase en la especie humana como en los animales.

Pero, en conjunto, ese trabajo fisiológico es que el menos se presta a teorías de partido. En eso todos los hombres somos más o menos iguales, ricos y pobres, parásitos y trabajadores; y no hay necesidad de preocuparse de la representación parlamentaria de los consumidores; es seguro que en el congreso los consumidores son los mejor representados.

El primer aspecto histórico del trabajo, es el trabajo técnico; el que hacemos cuando aplicamos nuestras manos, directamente o por medio de herramientas o de máquinas, sobre cosas inanimadas o sobre animales o plantas, con el objeto de transformarlos para que satisfagan necesidades humanas.

El trabajo técnico está bien representado por el trabajo manual común de los hombres. Hay el uso bastante general de llamar técnico sólo al trabajo difícil y complicado, que se aprende en escuelas superiores o universidades.

Yo creo que todo trabajo material, aún el más humilde, si es hecho con eficacia, en condiciones de producir lo que debe, es un trabajo técnico y tiene su técnica especial.

El hombre que trabaja con una pala y una carretilla, si lo hace bien, es un técnico. Los obreros todos deben de reivindicar el título de técnicos. Sólo los chapuceros deben renunciar a esa dignidad, que no merecen. Un hombre que sabe trabajar, aún en el trabajo más modesto, si lo hace bien, es un técnico en su género y en su grado.

Ese trabajo se hace sobre cosas o materias primas que resultan del trabajo de otros hombres, y que tienen un valor, y se hacen mediante instrumentos de trabajo, también valiosos, producidos como son por el trabajo de los obreros, que han hecho esas herramientas y máquinas.

La materia prima, las herramientas y las máquinas que usan diferentes hombres en su trabajo técnico son de un valor muy diferente.

Comparen ustedes el valor que mueve o de que necesita disponer un obrero terraplenador o un juntador de maíz de nuestras chacras, y el valor representado por los medios de trabajo de un obrero de una gran usina moderna, la de electricidad de Avellaneda, el molino del Río de la Plata.

El juntador de maíz opera en una pequeña extensión de campo, generalmente de escaso valor y que tampoco le pertenece. Sus herramientas son un clavo asegurado por una pequeña correa a la palma de una de sus manos, que le sirve para hendir la chala, y una «maleta» de lona o arpillera, atada a su cintura, dentro de la cual deja caer las espigas. Esos son los medios de trabajo que pone en juego.

En cambio, un maquinista, conductor de una gran locomotora, sobre una costosa línea férrea y que arrastra trenes cargados de riquezas, ese hombre desarrolla su actividad poniendo en juego valores inmensamente superiores a los que emplea para su trabajo el juntador de maíz.

Con las materias primas pasa lo mismo; desde las valiosísimas que manipula y elabora el joyero o el obrero en platino, hasta el montón de basura que sirve de materia prima al trabajador que la selecciona y clasifica.

En nuestra aspiración a la equidad completa en las relaciones de los hombres, debemos, pues, abandonar toda idea de apropiación individual de los medios de trabajo y denunciar no sólo la propiedad capitalista, sino también su eventual apropiación por colectividades cerradas y excluyentes.

Para nosotros, los medios de producción, el ferrocarril, el molino, el campo de maíz, han de ser de propiedad social, propiedad colectiva de la comunidad y no de personas o gremios determinados. Esa circunstancia, la necesidad de que la propiedad de los medios de trabajo y de las materias primas sea social y no individual hace prácticamente imposible la cooperación libre en el campo de la técnica.

Los que trabajan directa o indirectamente con sus manos sobre cosas o con medios que hoy son de propiedad capitalista y que aspiramos a que mañana sean de propiedad social no pueden hacerlo con la libertad utópica a que algunos aspiran; han de trabajar como piezas de una organización humana de producción, han de obedecer a fuerzas extrañas a su voluntad. Así pasa en la sociedad actual, donde los señores dueños de los medios de producción ordenan a los trabajadores lo qué y cómo han de producir. Así pasa también en la Rusia revolucionaria de hoy día, donde se practica no sólo el estímulo al trabajo bajo la forma del salario por pieza, sino también la coerción al trabajo aún por el hambre, como que las multas a la pereza se perciben en pan. Y hasta se han organizado últimamente en Rusia ejércitos de trabajadores sujetos a la jerarquía y a la disciplina militares.

Un ejemplo repetidas veces presentado de la ineficacia de la cooperación libre de los trabajadores en el campo de la técnica son las cooperativas tituladas de producción. Desde mediados del siglo pasado, así que comenzó en Europa la moderna cuestión social, surgió la idea de crear asociaciones de trabajadores dueños de sus propios medios de labor en forma de cooperativas que produjeran para el mercado. Luis Blanc, revolucionario francés, atribuyó gran importancia a ese ensayo y consiguió para la tentativa el apoyo del Estado. Lasalle, gran orador socialista alemán, propició en su país la misma idea y hasta pidió algunos millones de talers, la moneda alemana de aquel tiempo, para llevar a cabo, por ese procedimiento, la transformación social.

El hecho es que esas sociedades obreras de producción, o han fracasado totalmente, disolviéndose, o han sido absorbidas por aquellos de sus miembros más ambiciosos y enérgicos, y se han transformado en vulgares empresas capitalistas, o sólo existen como departamentos de cooperativas de consumo que las han adoptado, las cuales se forman de hombres que actúan en ellas como organizadores de la producción más que como productores técnicos. La misma cooperación agrícola, actualmente tan próspera en muchos países, no es la asociación de trabajadores del campo para producir, sino para conseguir lo que necesitan y colocar sus productos.

Es indispensable reconocer, además del carácter técnico de los trabajos materiales más sencillos, la inmensa importancia social del trabajo técnico superior, el que se hace en los gabinetes y laboratorios, en la invención de nuevas herramientas y máquinas, en el desarrollo de los procedimientos químicos industriales, en el continuo perfeccionamiento de los medios de trabajo y en la dirección superior de ese empleo. Hemos de reconocer la importancia permanente y universal del trabajo eficiente de los ingenieros, químicos, veterinarios, etc., aunque ellos operen generalmente con medios materiales de trabajo cuyo manejo no exige un gran esfuerzo muscular.

Y hay que saber atraer al mundo del trabajo en el campo gremial y en el campo político a esa alta categoría de productores que lo son en toda la extensión de la palabra, pues contribuyen en primera línea, con su esfuerzo, a la obra constructiva de transformar el medio para la satisfacción de necesidades humanas.

Hemos de considerar también el trabajo técnico destructivo, el trabajo militar, que tanto en las relaciones externas de los pueblos, como en sus luchas internas desempeña todavía un gran papel.

Rusia, el país gobernado por el partido más revolucionario de Europa, ha reconstituido un enorme ejército, llamando para dirigirlo a algunos de los generales que sirvieron al zar. El gobierno del soviet cuenta con los servicios de las torpederas Carlos Liebcknecht y Rosa Luxemburgo.

Aspiramos a que el trabajo militar desaparezca del mundo por innecesario pero, tanto en las relaciones externas como en las internas podemos necesitarlo en defensa propia. Todavía en la última campaña electoral hemos sentido la necesidad de la técnica destructiva para defender nuestros locales y nuestras manifestaciones públicas contra la bárbara violencia de nuestros adversarios.

Sólo en alguno de sus pequeños aspectos el trabajo técnico del hombre opera sobre el hombre, como el trabajo del peluquero, el del médico, en buena parte comparable al del veterinario.

La principal actividad histórica que opera sobre el hombre es el trabajo económico, la organización de los hombres para la producción, la distribución entre ellos en proporciones más o menos necesarias y adecuadas de las tareas de la técnica, organización que no se hace por sí sola sino que exige que ciertos hombres, muchos hombres o todos los hombres piensen en ella y la realicen. No basta que haya obreros panaderos en el mundo para que se produzca pan, y se lo produzca en la cantidad necesaria y sin exceso. Es necesario para ello que haya empresarios de panadería, o cooperativas de consumo que organicen la producción en los lugares y en la medida en que ella es necesaria, como las grandes organizaciones económicas obreras que tienen verdaderas usinas de producción de pan en las ciudades europeas, para satisfacer esa necesidad de la alimentación casi como un verdadero servicio público. El trabajo económico de los socios de esas cooperativas de consumo no consiste en consumir pan sino en organizar en forma y medida apropiadas la producción de pan; y lo hacen ya indirectamente al elegir los directores de la sociedad, ya directamente como miembros del directorio o de las comisiones de control.

Este trabajo económico, de organización de los hombres para la producción, está hoy casi exclusivamente en manos de los capitalistas e íntimamente vinculado al privilegio de la propiedad privada de los medios de producción. De ahí que, en algunos análisis teóricos esa importante función social haya sido ignorada. Carlos Marx, para demostrar en forma más simple y terminante la explotación de los trabajadores por el capital, prefiere ignorar el trabajo económico de los empresarios. A este respecto, quiero leer las siguientes palabras de mi folleto «El Socialismo», editado en 1902:

«Marx dice que «al capital nada cuestan las fuerzas productivas resultantes de la cooperación y de la división del trabajo», a las cuales llama «fuerzas naturales del trabajo social». Si hacemos abstracción, agrega, del desgaste y del consumo de aceite y carbón, las máquinas obran sin costo, exactamente como las fuerzas naturales existentes sin la intervención del trabajo humano. Esta asimilación de las fuerzas técnicas y sociales a las fuerzas naturales es otro de los artificios de que se sirve Marx para demostrar la explotación del trabajador por el capital mediante las simples leyes del valor. Pero no es más que un artificio, como el del trabajo-mercancía. Si muchos obreros distintos construyen las diversas piezas de una máquina, y otro las unen y articulan, y otros ponen en movimiento esa máquina, junto con muchas otras, iguales o diferentes, que se reúnen en una fábrica, y ésta y otros establecimientos industriales y agrícolas se encargan de suplir recíprocamente sus necesidades, no es en virtud de fuerzas naturales, sino de fuerzas sociales e históricas, de la dirección coercitiva que ejerce la clase capitalista en la producción y el cambio. El problema es hacer pasar a manos del pueblo entero esa función de dirección que hoy monopoliza la clase privilegiada propietaria, pues de ella salen o en ella aspiran necesariamente a entrar todos los jefes de la industria».

Ese trabajo de organización y de economía del trabajo técnico tendiente a encauzarlo en el sentido de la satisfacción de las necesidades humanas se hace en el mundo capitalista en forma desordenada y anárquica, bajo el impulso hacia la ganancia, según las inspiraciones más o menos acertadas y arbitrarias de los dueños del capital. De cada diez empresas, se dice que nueve fracasan.

Nuestra misión histórica ha de consistir, pues, en reorganizar la producción y desarrollar nuestras aptitudes para el trabajo económico hasta superar la obra irregular y en gran parte destructiva de las empresas capitalistas, tanto como en abolir los privilegios mismos del capital. Es ya una gran manifestación del desarrollo a que aspiramos el movimiento mundial de la cooperación libre en el campo económico, que abarca ya varias decenas de millones de hombres en el mundo y cuyos beneficios inmediatos se extienden a muchas más decenas de millones de habitantes.

Por otro lado comienza también la actividad económica de la clase obrera, en la administración de los servicios públicos. A este respecto refirióse el conferenciante a la obra económica de los trabajadores encargados de la administración pública en los municipios de Mar del Plata y Avellaneda.

Pasó después a ocuparse del trabajo político, del gobierno, la ley y los jueces, apoyados todos en la policía, trabajo esencial de regulación y de coerción, el más comprensivo, pues extiende o pretende extender su influencia a todas las actividades humanas. Leyes, decretos, gobernantes y jueces tienen, por función especial, la de mantener los privilegios de la clase propietaria, en lo cual finca el orden y la paz sociales; pero en la medida en que por el sufragio universal la clase obrera contribuye a la formación de los cuerpos legislativos, a la formación de las leyes y a su aplicación, la actividad política pasa a ser un medio de reducir y abolir esos privilegios; y, en cuanto la administración pública establece y dirige servicios de verdadera utilidad social, como la instrucción primaria, el trabajo político se acerca al trabajo económico y hasta se confunde con él.

Tras breves palabras sobre el trabajo científico y el trabajo artístico a que todos los hombres deben considerarse llamados, ya activamente, ya como receptores de nociones y de impresiones estéticas, el conferenciante dijo que el valor de las cosas se mide por el trabajo contenido en ellas, pero trabajo complejo que abarca en mayor o menor grado las distintas categorías de trabajo humano. Desde luego, y principalmente, el trabajo técnico, después el trabajo económico del organizador de la producción y también el trabajo político. El trigo argentino –dijo- vale menos que el trigo de otros países, como consecuencia de la mala política argentina que mantiene a los agricultores en la inseguridad de su establecimiento y les impide construir galpones para la conservación de sus granos, que les encarece por malos impuestos esa construcción aún a los agricultores propietarios y que ahora dificulta la salida de los productos agrícolas con derechos de exportación. Hasta el trabajo artístico, con las impresiones y gustos que llegan a hacerse tradicionales en el pueblo, contribuyen a constituir el valor, como pasa con los productos industriales del Japón, que, aun los más ordinarios, tienen a nuestros ojos un peculiar valor estético.

Nuestro método de acción colectiva, que comprende la acción política, la acción gremial y la cooperación libre en el campo económico, no será completo mientras el socialismo no sea al mismo tiempo una norma de conducta voluntaria y consciente. Como el nacionalismo y el patriotismo, la acción gremial y la acción de partido importan en muchos casos el sacrificio de la propia convicción y de la propia voluntad. Se va a la elección o a la huelga como se va a la guerra, aunque no todos tengan la convicción de la conveniencia de esa acción, ni estén de acuerdo acerca de algunos de sus aspectos. El socialismo sería también una acción más o menos forzada y rebañega, si no se desarrollara como un estado subjetivo, como individualismo socialista, nueva moral que pueden todos adoptar, aun las personas ajenas a la clase trabajadora, y que será infinitamente más viable y fecunda que el neo-cristianismo con que algunos sueñan. Esa moral ha de tener sus principios esenciales en el derecho a la vida y la obligación de trabajar en un trabajo socialmente nuevo. Ha de refrenar los apetitos ordinarios de los hombres dentro de los límites que exige el deber de la salud personal y el respeto por la propia aptitud y la propia libertad para las actividades superiores. Esa moral, que dignifica a todo productor, debe llenarle también de la espiración a ser, cada uno en su ramo, un productor perfecto, y ha de condenar a los que pasan su tiempo en una simulación de trabajo por desdeñar la obra técnica que debiera servirle de fundamento, como la legión de titulados profesores argentinos de química y física, que pretenden enseñar sin laboratorio, o porque no lo tienen o porque no lo usan teniéndolo.

Esa moral exige a los hombres de buena fe ocupados en la economía la más completa claridad de sus cuentas; el buen patrón ha de decir a los productores que emplea cuántas son sus ganancias y cómo las hace. Esa moral, por fin, impone a los hombres sinceridad y verdad en la acción política, que, si puede dar lugar a divergencias de opiniones, no debe ser un campo de simulación y de confusión intencional. Ella ha de estigmatizar como verdadero crimen social la confusión de ideas calculadamente sembrada desde arriba, el anarquismo policial, por ejemplo, y el sindicalismo de ciertos parlamentarios que no están ni cabrían en ningún sindicato.

En síntesis, la moral socialista ha de consistir en el desarrollo y la integración de la propia personalidad en el ejercicio de las actividades sociales.

La Vanguardia, 10 de mayo de 1920. 

Juan B. Justo (1865-1928)

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