Tres años de lucha (1920)

Juan B. Justo (1865-1928) / Escritos y conferencias

Tres años de lucha 

Publicado en La Vanguardia, diario del Partido Socialista, el 7 de noviembre de 1920.

Hace hoy tres años que la revolución rusa afirmó abierta y definitivamente su carácter proletario, con la toma de posesión del gobierno de Petrograd por el partido comunista.

Hasta el momento ella había pugnado en vano por constituir un gobierno firme; habían faltado en su dirección inteligencia y energía.

Los príncipes, burgueses y literatos que, a principios de 1917, le dieron el impulso, se lanzaron a la revolución sin comprender la tempestad que desencadenaban. Motivos sentimentales y teorías políticas apenas controladas por la práctica los habían determinado a la acción, y, para derribar la monarquía y proclamar un gobierno republicano provisorio, fácil les fue servirse de las grandes aglomeraciones obreras de la industria de Petrograd, organizadas ya en soviets e impacientes en su anhelo de una verdadera revolución.

Y desde el primer momento, vióse que las masas obreras y campesinas, hacinadas sin empleo y, en gran parte, sin armas, en campamentos y cuarteles, o todavía en actividad en las usinas y los campos, eran el alma misma del movimiento.

No era aquel un pueblo adiestrado en la lucha política como ésta puede desenvolverse en Inglaterra, en Estados Unidos, en Francia. Demasiada opresión, demasiada ignorancia, demasiada mentira y corrupción habían pesado sobre él.

Desde la revolución de 1905, en que los soviets obreros hicieron su primera aparición, hasta el momento en que Carlos Liebknecht escribió su informe sobre las persecuciones políticas en Rusia, para el congreso socialista internacional que hubo de celebrarse en Viena en agosto de 1914, pasaron de 5.000 en el imperio de los zares las ejecuciones capitales por motivos políticos, y las cárceles rusas encerraron, por centenares de miles, hombres y mujeres perseguidos por delitos de opinión.

Y todo lo contaminaba la policía imperial, con su oro y con sus espías. ¡Malinovski, agente de pesquisas disfrazado de tribuno y revolucionario, había llegado a ser vicepresidente del grupo bolchevique de la Duma!

¡Cuánto odio, cuánta desconfianza, cuánta implacable temeridad debió anidar en los corazones sinceramente revolucionarios, después de tres largos años de desastrosa guerra, traicionada, más que conducida, por los favoritos de una corte sujeta a la más inconsciente y negra superstición!

Así la revolución fue desde su comienzo un profundo sacudimiento social.

Las grandes huelgas en las fábricas planteaban la lucha a fondo con el capital, las huelgas de combatientes en las trincheras denunciaban para siempre la tradicional política de rapiña y sangre entre los pueblos.

Pronto fue completa la desorganización de la producción y de la guerra. Vandervelde, ministro belga que visitó oficialmente a Rusia en abril de 1917, la encontró ya en caos industrial.

Después, las arengas de Kerensky no infundieron a las tropas el espíritu y la convicción que les faltaban, y cuando hubo fracasado en mares de sangre la ofensiva rusa de julio, horroroso golpe teatral, y cuando el gobierno revolucionario burgués, vacilante en sus opiniones y en sus actos, hubo transado con generales reaccionarios alzados contra su autoridad, los soviets de soldados se dispusieron a llevar adelante la revolución, abandonando la guerra exterior.

Y así estallaron las insurrecciones bolcheviques, y se estableció la dictadura del partido que profesa sostener los derechos e ideales proletarios, y que, habiendo emprendido la transformación social más vasta y más profunda, cumple hoy tres años de existencia, prueba suficiente de su virtud y de su fuerza.

No vamos a analizar la obra de aquel gobierno revolucionario por excelencia, y que, por eso mismo, ha debido afirmar a toda costa su autoridad.

No vamos tampoco a juzgar sus tentativas de propagar sus procedimientos en otros países, sobre todo en la Europa Occidental, proselitismo que responde más a consolidar la propia situación, librando a la revolución rusa de peligrosos enemigos inmediatos, que a la creencia de que sea necesario ni posible hacer en todas partes lo que los bolcheviques han hecho en Rusia.

Nos limitaremos a notar que la revolución comunista rusa ha tenido y tiene un neto carácter de clase, ha ascendido por la fuerza, ha procedido por leyes y decretos, y ha emprendido una gigantesca reconstrucción social, según nuevos principios económicos, políticos y morales, que en su enunciado y en muchas de sus aplicaciones merecen y tienen la simpatía del mundo entero del trabajo.

Juan B. Justo (1865-1928)

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