Josep Termes, «La prensa obrera como fuente histórica» [1987]

Artículo publicado en Prensa Obrera en Madrid, 1855-1936, Madrid: Comunidad de Madrid, 1987, pp. 33-46.

El estudio de la prensa obrera queda enmarcado dentro del campo más amplio de la historia del movimiento obrero y de la historia contemporánea de nuestro país. Me parece obligado decir, antes de entrar en otras cuestiones, que estamos hoy en un momento extraordinario. Como saben ustedes, la historia de la prensa obrera nació científicamente en los años cincuenta, en medio de grandes dificultades: académicas unas, políticas otras. Tuvo sus primeros frutos, especialmente en la facultad de Geografía e Historia, en Barcelona, bajo el magisterio de Vicens Vives, del que salió la obra pionera de Casimiro Martí, “Orígenes del Anarquismo en Barcelona”, publicada en 1959. Desde entonces, esta sub-rama de la historia se ha diversificado extraordinariamente y contamos en la actualidad con una producción notable que nos viene de ámbitos diferentes, y eso conviene decirlo aquí, en la Facultad de Ciencias Políticas. Por un lado, del campo del Derecho, con trabajos de relaciones laborales; por otro de las facultades de Económicas, donde se estudia Historia Económica, Historia de las Doctrinas Económicas, y especialmente de las mismas facultades de Geografía e Historia, en los departamentos de Historia Contemporánea, donde se ha producido un florecimiento extraordinario de los estudios sobre realidad obrera. Y luego, yo creo que cada vez con más interés, en las mismas facultades de Ciencias Políticas y Sociología que ahora producen más que los mismos departamentos de Historia Contemporánea. Hoy pues, es en toda España, y no sólo en Cataluña, y en diversas facultades universitarias, y no solamente en historia contemporánea, donde la historia del movimiento obrero y de su prensa son investigados científicamente. Hemos superado esa bipolarización Barcelona-Madrid, en la que sólo dos centros culturales, prácticamente, daban riqueza intelectual a nuestra historiografía. Y estamos en un momento extraordinario en el que Valladolid, Sevilla, Salamanca, Bilbao, Santiago de Compostela e innumerables otros sitios se produce el auge de la historia local, de la historia regional, que nos está proporcionando instrumentos importantes para el conocimiento de la historia obrera y de ese sub-ramo de la historia obrera que es la historia de la prensa. Esta es una primera constatación; considerar como en este lapso de veinticinco o treinta años ha habido un crecimiento extraordinario de este sector de la ciencia social.

Por otra parte, en la historia de la prensa podemos considerar algunos nombres claves. En primer lugar, Max Nettlau, el judío austríaco anarquista, que en 1897 publicó la bibliografía del anarquismo, donde ya aparece un capítulo especial dedicado a España, y se incluye un importante primer repertorio de fuentes periodísticas. Nettlau es una pieza clave en la historia obrera española. Su pasión por el anarquismo le llevó a entroncar con la España de finales del siglo XIX, y principios del siglo XX, ya entonces la primera y casi única gran potencia anarquista en el mundo. Y su pasión por España le llevó a visitar el país, a tratar a los líderes, a los dirigentes obreros, a los militantes, a relacionarse con las revistas, a publicar. Este gran Nettlau, como saben ustedes, es la base de la documentación española del Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam, porque cuando tuvo que huir de Austria a punto de caer en manos de los nazis se trasladó a la muy liberal y judía ciudad de Ámsterdam. Allí murió y allí dejó el legado de su colección. Esta donación tuvo tanto éxito que desde entonces Ámsterdam es un punto de referencia para el anarquismo y por eso después de la Guerra Civil, los documentos que la CNT-FAI se llevó al exilio fueron a parar a Ámsterdam, así como la riquísima colección de la familia Urales-Montseny.

El segundo gran repertorio periodístico, a mi entender, es el de Díaz del Moral, que en su gran monografía regional, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Córdoba, establece una excelente relación de prensa obrera anarquista andaluza, en 1929, y fue un segundo hito en esta construcción de la historia de la prensa obrera. Y el tercero, a mi entender, es el de Renèe Lamberet. Esta maestra de escuela anarquista, casada con un anarquista español, en 1953 publica otro gran clásico, en una serie de libros sobre el tema Movimientos obreros y socialistas. Cronología y bibliografía, publicó el volumen correspondiente a España, 1750-1936. Es una fuente inagotable de información, aunque con defectos inevitables. Es un libro construido con dificultades, sin, digamos, unas técnicas eruditas universitarias, pero es una fuente extraordinaria para el conocimiento de la historia obrera, sobre todo de la prensa. Lamberet fichaba los periódicos que conocía, pero fichaba también todas las relaciones de periódicos o de folletos que aparecían en la prensa, el resultado de lo cual es un catálogo extensísimo, pero sin que sepamos qué se ha conservado y qué no ha quedado; es decir, qué existe realmente y qué simplemente apareció pero no podemos utilizarlo. Esto pone de relieve una cuestión fundamental que es la necesidad de establecer hoy los catálogos de la prensa obrera, sea por tendencias, por localidades, por épocas, pero catálogos de la prensa obrera reales; es decir, existentes. Esto significa vaciar archivos, hemerotecas más o menos importantes, pero también hemerotecas locales, porque esta prensa obrera aparece en innúmeros pueblos de España en los que hubo actividad social. Por lo tanto, yo creo que esta es una de las grandes tareas para nuestro tiempo. Cada localidad, cada ciudad, ha de publicar sus catálogos de prensa conservada, y luego centralizar todo esto y difundirlo, porque si no el maremágnum será total y nos moveremos en el vacío, pensando que existe tal periódico y tal otro, y luego resultará que no se encuentran, que de cuatrocientos números publicados hay diez, como ocurre, por ejemplo, con Solidaridad Obrera de la época de Valencia. Por tanto, no sólo es necesario como Lamberet fichar los títulos, sino que es fundamental conocer exactamente qué títulos y qué número se conservan de estos títulos en cada archivo o hemeroteca.

A partir de estos trabajos pioneros de Nettlau, de Díaz del Moral y de Lamberet, se produce, en los años 60, una gran floración de estudios de prensa obrera. Y yo querría señalar aquí, los trabajos de Arbeola sobre prensa obrera en Barcelona, prensa obrera en España, hechos a partir de los fondos de Ámsterdam, igual que los trabajos de Marta Bizcarrondo. Ahora, por ejemplo, acaba de aparecer el catálogo de periódicos de la Biblioteca de Arús de Barcelona, que saben que es una de las grandes bibliotecas para prensa obrera de finales del siglo XIX, que conserva los papeles de la 1ª Internacional. La fundación masónico-federal de esta biblioteca (la primera biblioteca pública que hubo en Barcelona) cuyo primer bibliotecario fue un anarquista, Eudald Canibell, amigo de Valenti Almirall, explica que se empezaran a guardar periódicos anarquistas de fines del XIX, importantísimos, algunos de ellos inencontrables en otros lugares. Hay un corte en los años 20-30, decrece su interés; durante la Guerra Civil y en la postguerra no crece, se estanca, pero en los últimos años viejos anarquistas como, por ejemplo, Hermoso Plaja, que vuelven del exilio, depositan en la biblioteca Arús, también por su tradición progresista y anarquista, sus colecciones de libros, folletos y periódicos.

No hay que decir que ese crecimiento de la prensa obrera va a caballo de un gran despliegue de la historia de la prensa en general: tanto historia local, como historia regional. Baste citar, por ejemplo, la Historia de la Prensa Catalana, de Torrent-Tasis, luego el libro de Fernández Clemente, sobre prensa aragonesa o los de Almuiña; y a partir de aquí va habiendo repertorios amplios de prensa a escala regional o a escala local. Hay muchos, he traído aquí una lista, que no vale la pena detallar, de centenares de publicaciones de historia de la prensa que ya no son simplemente una relación de títulos, sino que dan también el vaciado de estos periódicos, es decir, realizan ya un estudio del periódico en sí mismo. Paco Madrid está haciendo su tesis doctoral sobre historia de la prensa anarquista en España en la que recoge más de novecientos títulos de periódicos. Eso es extraordinario. Novecientos títulos de periódicos anarquistas publicados en España. Cerca del 40 por 100 sólo conocidos indirectamente, pero eso significa unos seiscientos localizables, de los que tenemos referencias; eso es una masa de material extraordinario puesto al servicio de los historiadores. Por lo tanto, estamos entrando en esa fase de catálogo bien hecho y también vaciado. Por poner algunos ejemplos, contamos con los trabajos de Elorza sobre El Obrero y La Emancipación, pero hay otros menos conocidos, por ejemplo La Justicia Social, de Reus, de su primera época, hecho por Masgrau y Capdevila, donde detalla las localidades donde se difunde, el precio del periódico, su correspondencia, etc., y que incluye una selección de los artículos más importantes. Y, a mi entender, el trabajo más completo que se ha hecho es el vaciado de la Revista Blanca del segundo período, no la madrileña de 1898 a 1905, sino la etapa barcelonesa, de 1923 a 1936. Este estudio, no publicado, está en la Biblioteca Figueras, de Barcelona. Toda la Revista Blanca fue fichada: todos los artículos, las notas, las gacetillas; todos los nombres que aparecen, los colaboradores, los títulos citados, los libros comentados. Es decir, que hay un fichero extraordinario y perfecto de todo lo que aparece en estos quinientos o seiscientos números de la Revista Blanca. Si tuviésemos, no digo de todos los periódicos y de todas las hojas obreras, pero sí de los grandes periódicos obreros: Solidaridad Obrera, o El Socialista, etc., etc., si tuviéramos un vaciado de todos ellos, de las mismas características, nos permitiría hacer una extraordinaria cantidad de trabajos de investigación de historia social.

Este trabajo hecho exhaustivamente planteó determinados aspectos técnicos: superando una primera fase en que simplemente copiábamos artículos y citábamos cosas, ahora este trabajo de catálogo y de fichero hay que hacerlo muy sistemático, citando título, subtítulo, precio, páginas, formato, si tiene o no ilustración, lugar de edición o imprenta donde se edita, duración, frecuencia, tirada, directores, consejos de redacción, colaboradores, tendencias, lugares donde se conserva. Hay que hacer un fichero muy exacto para poder avanzar y que no vayamos repitiendo ya cosas demasiado sabidas. Esto pone de relieve un problema metodológico: esta prensa obrera o bien la podemos considerar como una fuente para la historia del conocimiento de la realidad y, por lo tanto, de historia del movimiento obrero, de la realidad obrera, o puede ser también entendida, como un objeto de estudio centrado en sí mismo, y aquí entraremos ya en el desarrollo de ese campo en las facultades de Periodismo, que aún lo han hecho poco; es decir, necesitamos tanto el trabajo de vaciado que nos lleve a la historia social como el estudio técnico de cada uno de los posibles periódicos, sean revistas o diarios obreros, para el conocimiento de la estructura interna de la prensa. Quizá habría que apuntar que el conocimiento de la prensa obrera obligaría a realizar un camino paralelo o similar, que es el de la historia de las editoriales. Tanto para la historia de la cultura como para la historia del movimiento obrero existen unas editoriales importantísimas -ejemplo clásico es la Sempere de Valencia o la Cénit de Madrid-, de las que necesitamos saber los títulos que se publicaron, la fecha de edición. La difusión del libro obrero o de izquierdas sería otro apartado, la historia de las editoriales complementaria a la historia de la prensa obrera.

Contamos con grandes periódicos obreros, como La Federación, El Socialista, Acracia, Ciencia Social y sería útil establecer una periodización: En una primera etapa, sobre todo anterior a 1868, sería la del “utopismo”, con periódicos más bien caracterizados, y aquí está Elorza para corregirme cuando me equivoque, por el doctrinarismo, fundamentalmente, en los que la información factual es poca, y donde prima, sobre todo, la disquisición doctrinal. A partir de 1869 aparece la prensa que sigue siendo doctrinaria pero que lleva ya información sobre la actividad obrera, es decir, información sindical. La segunda gran etapa que se abre con estos periódicos es la de la prensa como gran repertorio para la información sobre huelgas, conflictos, manifestaciones, congresos obreros, etcétera. O sea, nace el periódico más o menos sindicalista. A partir de los años 80 se da un gran esplendor del periódico de tipo anarquista, en el que se produce un intento de hacer prensa culturalista. Acracia, Ciencia Social, la primera Revista Blanca, que pretenden ser, más que prensa estrictamente obrera, prensa de cultura nueva, la de la crisis social, en la que hay reflexión teórica, información sobre grandes corrientes doctrinales, colaboraciones literarias de jóvenes intelectuales, etcétera. Al margen de ésta queda El Socialista, y a partir de los años 20 la aparición de la prensa comunista, que yo creo que tiene, desde ese punto de vista cultural que tratamos ahora, un interés especial porque significa la entrada de la nueva cultura de masas. Así como la prensa doctrinariamente anarquista habla del estado, divulga culturalmente aspectos científicos o artístico-literarios, a partir de la gran prensa comunista o marxista radical de los años 20 se introducen, en este campo del conocimiento, una serie de elementos clave para la configuración de la cultura contemporánea; por ejemplo, el cine. Podríamos simplificar diciendo: la revista anarquista es la que escribe de teatro, que habla de Ibsen, de Rusiñol o de Dicenta; la revista comunista de los años 20 es la del cine como nuevo arte de las masas. El cine es frente al teatro, minoritario, el nuevo arte de las masas. Sobre todo, hay un interés extraordinario por la divulgación de los distintos aspectos político-culturales del cine, así como los de la arquitectura y el urbanismo, que es otro de los elementos cruciales de la cultura contemporánea: la creación de grandes ciudades, la transformación del espacio urbano, el hábitat, las formas de vida urbana, etc. Por lo tanto hay, a mi entender, una evolución bastante lineal de la prensa obrera pero dentro hay unos matices, unos cambios a lo largo del tiempo.

Es importante también que pongamos a la consideración de ustedes el tema de esta prensa como fuente histórica. ¿Por qué ponemos tanto énfasis en ello? Bien, porque hemos nacido en una época en que la información se recibe de la prensa. Si comparamos la historiografía sobre el siglo XVI, XVII, XVIII, y no digamos la medieval, el archivo es la fuente importante. Los papeles son manuscritos, por tanto hay que ir a los archivos, al de El Escorial, al Histórico nacional, al de la Corona de Aragón, donde hay que ir mirando miles y miles de documentos manuscritos. Pero el movimiento obrero nace en la época en la que empieza a prefigurarse la cultura de masas, y una de las formas de esta nueva sociedad es la prensa. Por lo tanto hay que dar una primordial importancia al periódico, y eso provoca, por lo menos antes, un cierto malestar entre nosotros, entre estos historiadores de lo contemporáneo, por la falta de calidad, entre comillas, de las fuentes. Frente al medievalista o al modernista, que manejan papeles firmados por el secretario de Felipe II o las actas de la Inquisición, los contemporaneistas son señores que leen El Imparcial, La Vanguardia o El Faro de Vigo. Parecíamos investigadores de segunda mano porque manejábamos documentos de menor calidad. Esto, a mi entender, ha sido una etapa de mala conciencia infantil y lo que hemos de hacer es darle la vuelta. Frente a unos miles de papeles antiguos hay miles de millones de papeles de la época contemporánea. La prensa refleja la realidad, con todos los matices que se quiera, infinitamente mejor que cualquier papel del secretario de despacho, del alguacil o del secretario del rey. Hay una masa de información, que la prensa facilita a los contemporaneistas, extraordinaria. Con un matiz aquí también: el historiador de contemporánea puede manejar la prensa y cuenta además con los archivos y otras fuentes impresas, pero, en cambio, el historiador del obrerismo, del movimiento obrero, de la historia social, se encuentra aún más condicionado por la prensa, porque sus fuentes de información son aún más escasas y está mucho más obligado a utilizar la prensa, porque no hay, prácticamente, otras fuentes de acceso a esta realidad obrera que la prensa. Efectivamente, hay el libro o el folleto, a veces doctrinario, a veces factual, que ayuda. Pero da muchísima más información la prensa. ¿Y por qué no hay otras fuentes? Porque obviamente la CNT o el Partido Socialista en 1890 o en 1910 no eran el Ministerio de Hacienda ni el de Comercio, ni el Ayuntamiento de Madrid, por lo tanto, no guardaban miles de papeles, más o menos bien archivados, sino que eran pequeñas organizaciones viviendo en clandestinidad o en persecución constante y con dificultades, y por lo tanto no hay otro material de archivo que éste hemereográfico, que es el de la prensa.

La prensa obrera nos permite en primer lugar, el análisis de la ideología. Ya que es evidente que el obrerismo se configura como una praxis en buena parte sindical, pero también se estructura con una utopía, es decir, con una visión del mundo. La prensa obrera, con el folleto o el libro, nos posibilita seguir los avatares de estas ideologías o doctrinas; no sólo ya la información, sino la polémica con otras tendencias o doctrinas. Es evidente que un libro como el de Álvarez Junco, por ejemplo, nos muestra la importancia enorme que tiene el vaciado de prensa para ver que doctrinas funcionan en un momento determinado, cómo dialogan o discuten entre ellas, cómo se establecen unos grandes principios doctrinales, sean anarquistas, anarco-sindicalistas. Por lo tanto, la historia de la prensa ayuda al conocimiento de la ideología de una organización en un momento dado, al igual que de sus tácticas y estrategias. Pero es que luego tenemos otro gran apartado que, a mi parecer, no ha sido trabajado suficientemente, y es el problema de la cultura en la prensa obrera. Sea la cultura antropológica, vista como cultura popular, hecha más de ideas, sentimientos, símbolos, y que es importantísima, o de referencias utópicas a las «revoluciones», como la francesa, o la bolchevique, a la revolución en abstracto, al pueblo; pero hay también, aparte de esa cultura de imagen del mundo, una divulgación cultural, y en ese sentido, la prensa anarquista es la más importante de codas ellas. La prensa marxista, en general, es doctrinariamente más estructurada y más clara. En cambio, el anarquismo es un movimiento multifacético, polivalente, complejo. Una de cuyas facetas más marcada es la de la divulgación cultural, con pretensiones de ciencia. Pero no sabemos aún suficientemente qué cosas divulga, porque trata tanto del arte egipcio como de la vida de Jesús, o de los conflictos sociales en la época precolombina. Divulga el Spencerismo, el Darwinismo, el Naturalismo, el neo-malthusianismo. Hasta tal punto esto es importante que alguna vez he sostenido que una de las bases de la perduración del anarquismo en España, cuando en otros países ya ha desaparecido, es la función que realiza la divulgación cultural, que lo convierten en una subcultura urbana y que se mantiene en épocas de dificultad gracias a ese papel de difusión, de subcultura, y que es, para buen número de obreros de la ciudad o del campo, que son analfabetos o semi-analfabetos, una manera de emanciparse mentalmente y acceder al conocimiento del mundo y de la sociedad. Y este aspecto lo tenemos poco conocido. Sabemos las ideologías en general y las grandes discusiones doctrinales obreras, pero, en cambio, conocemos aún poco la gran divulgación en el campo artístico, científico, etc.

Se ha empezado a hacer también el análisis de la correspondencia y el de los consultorios de la prensa obrera, que son una forma de acceder al conocimiento de la realidad. ¿Qué cosas consultan? Y hay casos, por ejemplo, el de Valencia con Estudios o Generación Consciente, que muestran el enorme interés de estas investigaciones. La organización obrera entendida no tan sólo como una suma de comités directivos, puede ser estudiada con mayor amplitud. Por ejemplo la distribución espacial de una organización. Ya sabemos que España no es Gran Bretaña, y que no ha tenido unas Trade Unions que a lo largo de la historia hayan sido homogéneas y estables, sino que en España se ha desarrollado un movimiento obrero diversificado, con una implantación muy variada en el conjunto de España, y suficientemente original para que se necesite aún más estudios que expliquen porque en Vigo, por ejemplo, hay más anarquismo, y en La Coruña menos; porque en Gijón si y en Oviedo no; porque en Cataluña y en Andalucía se producen fenómenos que no se dan en Madrid; porque en el País Vasco hay un tipo de organizaciones y otro en Aragón; qué doctrinas se implantan más pronto, o más lentamente etc. En este supuesto, la prensa es una fuente importante, de información básica, para establecer el estudio de la organización obrera, que reseñar los actos, mítines, conferencias que se dan; a escala local o regional. También hay quienes son los oradores, que temas tratan, en donde los tratan. En definitiva, ver su implantación local, tan variada en toda España. Y esto se puede hacer, igual, por vía de suscriptores, de corresponsales, de paqueteros, etc.

Otro gran apartado es el que permite establecer el conocimiento de los dirigentes. En muchos momentos, la prensa obrera hace una función necrófila, en la que el fallecimiento, no ya de grandes dirigentes, sino también de simples militantes locales, da lugar a la nota necrológica, que posibilita realizar la única biografía posible de un determinado militante o dirigente. Cuando se puedan hacer mejores vaciados de la prensa obrera, estableceremos censos infinitamente más completos de que militantes hay, dónde actúan, cómo evolucionan, dónde colaboran. La publicación, en la prensa obrera, de efemérides es también usual. Tanto las necrológicas como las efemérides nos permiten tener un conocimiento más pormenorizado de la historia del movimiento obrero. Otro tema también importante, especialmente para los años 20 y 30, serían los modelos internacionales. Esta prensa obrera es por vocación internacionalista, por complejo que sea el término y equívoco, a veces; tiene unas referencias internacionales; establece unas relaciones; sus dirigentes se comunican, van a unos congresos, intercambian revistas, citan unos países, unas huelgas determinadas. Por otra parte, hay la imagen internacional de qué es lo positivo. Obviamente, a grandes rasgos, para la prensa comunista lo ideal es la Unión Soviética, la Revolución Bolchevique, pero ¿La prensa socialista qué ve de positivo o de negativo en el concierto internacional? ¿Por ejemplo, entre 1900 y 1914?, ¿cuáles son sus grandes países? Obviamente, hace un análisis de clase, discute estados, gobiernos, crítica capitalista, ¿pero cuál es su imagen positiva? ¿Qué es el mundo latino, el mundo anglosajón, el mundo germánico? ¿Cuándo aparece el Tercer Mundo en la prensa obrera? Eso es posterior, evidentemente, a la Guerra Civil. Pero hay un problema, no sólo de las relaciones internacionales a través de la prensa, sino también sus modelos internacionales, sus imágenes de lo progresivo y lo regresivo de lo que está ocurriendo en el mundo. Y, en definitiva, otro gran aspecto a conocer es el uso de la prensa obrera para el conocimiento de las mentalidades colectivas, de la configuración de los grandes mitos sociales.

Hay que decir que en el campo cultural, la prensa obrera es también importante para estudiar la colaboración en ella de figuras intelectuales. Quizá el caso más típico y tópico sea el de los jóvenes de la generación del 98, los Unamuno, Azorín, etc. Pero el fenómeno es mucho más amplio y complejo de lo que creemos, ya que es evidente que en cada época hay un núcleo de escritores, de intelectuales, jóvenes o no, que participan en la creación de esta prensa obrera. Otro gran tipo de periódico es el de un sindicato concreto o de un oficio determinado. Aquí entraríamos en el estudio de las profesiones en España; que no está nada hecho. Yo creo que los países de buena tradición historiográfica, de la misma manera que tienen historia de la industria, del comercio o de la agricultura, tienen la historia de los obreros del textil, de los metalúrgicos, de los ferroviarios. Esto no lo podemos hacer en España tan brillantemente como en Estados Unidos o en Gran Bretaña, pero es evidente que algo se podría conseguir con periódicos como La voz del cantero o los del Centro autonomista de dependientes del comercio y de la industria. Y es importantísimo, por ejemplo a fines del siglo XIX y comienzos del XX, el papel de los oficios en el movimiento social: se puede decir que el obrerismo estaba dirigido por los obreros de la industria tipográfica, que son los obreros ilustrados y cultos que saben leer y escribir, y acaban leyendo en francés. Desde Farga Pellicer, Llunas y Pujals a Pablo Iglesias, los dirigentes pertenecen al mundo de la tipografía. Nos faltan, pues, los estudios sobre las grandes categorías socio-profesionales y sus organizaciones.

Otro gran apartado, también desgraciadamente en mantillas aún, es la historia del periodista obrero. Hemos tenido en España un movimiento obrero hecho por sí mismo. Un movimiento obrero, valga la redundancia, muy obrerista (y estoy hablando del período hasta 1936-39), donde las estructuras, los cuadros, las colaboraciones, están hechos fundamentalmente por los mismos obreros. Entonces. ¿Quiénes son los que escriben en la prensa? Aquí hay un periodista obrero, no de carné y de oficio, sino un trabajador empleado en una industria de curtidos de pieles, o un zapatero remendón, que escribe y publica. Y si se va siguiendo un poco la historia de la prensa obrera se ve que esto es importantísimo. Existe el colaborador espontáneo que envía una nota desde Medina Sidonia a un periódico anarquista de Madrid; hay unas gentes que se pasan toda la vida escribiendo en la prensa obrera. Van cambiando los títulos de los periódicos que desaparecen cada medio año o cada año, pero estos obreros ilustrados o grafómanos colaboran siempre. Tener el censo de estos espontáneos creadores de prensa obrera sería utilísimo. Yo creo que nos permitiría dibujar una especie de intelectual orgánico obrero, trabajador, que es un intelectual en minúsculas; un hombre cuyas ilusiones son leer, escribir y explicarse; ver hasta qué punto éstos son los mismos que hacen los mítines, los grandes discursos, los que salen a la calle a predicar, los que crean los Ateneos obreros, que los hay importantes. Esta especie, por tanto, de intelectual de casino se dobla, a mi entender, en grafómano: no escribe sistemáticamente, envía artículos de colaboración a toda la prensa: española, regional o local. No paran de escribir a lo largo de toda su vida. Este obrero ilustrado, grafómano e intelectual de casino, conviene estudiarlo, ver que hay una continuidad de ellos a lo largo del tiempo; muchas veces son los mismos que publican folletos de divulgación. Algunos tienen una mayor transcendencia, como Federico Urales; unas mayores preocupaciones culturales, una mayor densidad. Me parece que en los años 20 comienzan, sino a profesionalizarse, a entrar gente de mayores conocimientos. Entonces ¿Indalecio Prieto es un periodista o no lo es?, o quizá es un periodista que acaba siendo estadista y gran figura política. O De Guzmán, Cánovas Cervantes, Peiró, Pestaña. En los años 20 y 30 ya hay una superación de esta especie de intelectual orgánico y popular, omnipresente. Aparece un personal más culturalizado y más profesionalizado. Establecer la evolución y el censo de todas esas figuras sería también muy interesante.

Para finalizar, me gustaría generalizar sobre la situación de la historia obrera, de la historia social actual. Es evidente que, en el periodo entre los años cincuenta y setenta, se construyó en España una historia obrera centrada en ella misma. Unos investigadores se dedicaron a la historia del anarquismo, otros a la del socialismo; se estudió la fundación de la UGT, el socialismo utópico, etc. Era una historia obrera que se defendía en ella misma; que por motivos de confusión o de temor a la censura se llamaba historia social. El uso del calificativo social intentaba demostrar que era algo nuevo, distinto de la historia estricta. Esto era equívoco, a mi entender, porque la historia social es la historia de toda la sociedad, no de un grupo específico, pero era la manera de decir historia obrera, en los años cincuenta o sesenta, en plena dictadura. Se hablaba de una historia social, pero era una historia del movimiento obrero estudiado en sí mismo, que ponía mucho el énfasis en la organización obrera y en la ideología. Me parece que es suficientemente conocido que esta historia social entra en crisis; que se ve claramente la limitación de estos análisis y la necesidad de hacer la historia de un grupo, de una clase social (la obrera; de los campesinos), que es más compleja que una organización. Esta contradicción entre lo que se había hecho, organizativo-doctrinal, y la idea de que el movimiento de clases es más amplio que, simplemente, la historia del partido o del sindicato y de sus ideas y sus estrategias, de sus huelgas, llevó a la consideración de que hay que estudiar la clase social en conjunto. Vino también la idea de que esa historia obrera no es otra cosa, en definitiva, que la historia política. Y efectivamente, parece que es correcta la definición de que la historia de sus sindicatos, de sus partidos, de esas ideas obreras, es una parte de la historia de la sociedad, en su esfuerzo por articularse colectivamente, y por lo tanto, es una parte de la historia del poder político. Es cierto que esa revisión y este peso, de la historia de la organización y de la doctrina hacia la historia de la clase, comporta elementos de modernidad y de avance, ya que evita una historia obrera encerrada en ella misma y que acaba no explicando nada. Efectivamente, ¿para qué sirve tener una historia del anarquismo que dice que del año cinco al año quince son tantos los militantes y hacen tantas cosas?, ¿qué trascendencia tiene eso? Hay que enmarcarlo en una historia más amplia, la historia de las luchas político-sociales, la historia del poder, etc. Pero este banal desplazamiento del péndulo me parece que ha sido excesivo. Al convertir esa parte de la historia obrera en, simplemente, una lucha por el poder se ha diluido un elemento crucial, que es que ese movimiento obrero se articulaba, no sólo para conquistar el poder, sino para transformar la sociedad. Y que, por lo tanto, era una forma de lucha política pero era también una forma de conciencia, un sentimiento, una manera de ver el mundo. Entonces, si construimos una historia obrera diluida en esta historia política, qué son las elecciones, el poder, las crisis económicas, el gobierno, etc. Tendremos una historia más amplia, efectivamente, pero perderemos de vista que esos, a veces, pequeños núcleos obreros tienen una difusión mucho mayor que sus resultados electorales, que habían creado una conciencia, una mentalidad. En tanto en cuanto esa vieja historia obrera se haya convertido en historia política (y, a mi entender, se está en un momento delicado) el historiador, que es un técnico y un científico ganará en ciencia pero, yo me pregunto, ¿el historiador que se dedica al conocimiento del movimiento obrero, no es también, a su manera, un militante? ¿No ha de tener un cierto compromiso moral con las clases subalternas, las clases trabajadoras, que son el sujeto activo de ese movimiento obrero? Si es así -si no es simplemente un investigador que hoy trata de obreros y mañana estudia las organizaciones económicas del Mercado Común europeo, como un profesional que fabrica televisores o vende guitarras, yo entendería que el análisis de las clases dolientes exige un cierto compromiso con su historia conflictiva, dramática y difícil. Yo creo que ese compromiso debería impedir diluir esta historia obrera, que construimos hace años, en una macro-historia política en la que, al final, no será fácil distinguir los signos de identidad de la historia de las clases trabajadoras o laboriosas. Hay que insertar esa historia social en un conjunto más amplio, pero, de alguna manera, no puedo entender que la historia obrera acabe siendo un subgrupo, una faceta más al lado de la historia de los drogadictos, de los marginados, de los homosexuales, de los tocadores de guitarra o de los excéntricos españoles. Creo que es algo más. Esa historia es la expresión de unos dramáticos sufrimientos -con aciertos y sus errores en la lucha, con sus obcecaciones y su milenarismo-; el intento de unas clases subalternas de acceder a la vida de la sociedad, de expresarse, de movilizarse, de crear estructuras y pensamientos, de redimir. No puedo entender esta historia social, u obrera, si se neutraliza dentro de un conjunto caótico, en el que no hay una cierta unidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.