Manifiesto del Consejo Federal de la FORA, agosto de 1914.

A los trabajadores y al pueblo en general.

La actual situación nos obliga a preocuparnos seriamente de la suerte dolorosa que les está reservada a los trabajadores de aquella parte del mundo, envuelta en la más pavorosa de las tragedias que registran las páginas de sangre de la historia de las guerras. Y tenemos que preocuparnos seriamente de la conflagración europea, porque, en primer lugar, la clase obrera, el proletariado en su totalidad es el arrastrado al sacrificio para defender o conquistar intereses de la burguesía; de la clase criminal que tiene en sus manos el Estado con todas sus fuerzas y que espera con la guerra realizar un buen negocio. No se trata en la actual contienda de la “defensa de la patria, del honor nacional” y otros pretextos con que frecuentemente se engaña al pueblo; no se trata hoy de “la Bandera ofendida, de la dignidad no respetada de la nación” y otros recursos con que se consigue burlar a los trabajadores para que se presten sumisos como instrumentos a los caprichos de los capitalistas.

La guerra europea no es más que una operación comercial de la burguesía, donde ésta todo lo tiene a ganar, mientras que la clase obrera, todo lo tiene a perder, inclusive su sangre y su vida.

¿Cuáles son los móviles comerciales o mercantiles que han desencadenado el actual conflicto guerrero? Detenerse a enumerarlos no es posible en los límites que impone un manifiesto. Cada uno de los países de Europa, en un constante aumento de los efectivos de guerra, acaricia esperanzas de conquista sobre el África o los países balcánicos o no importa qué otro lugar. Se trata de hundir la garra en carne vencida. Los triunfadores serán siempre un puñado de millonarios audaces que alentaron en tiempo de paz la necesidad de las conquistas y armamentos.

Todos esos móviles criminales se han cubierto con una palabra fatídica: la patria.

La patria ha gestado un monstruo que siempre se desarrolló a la sombra de la bandera: el militarismo.

El militarismo se alimenta con la flor de la juventud, destruyéndola con vicios y corrupciones cuando no en el choque horroroso de masas de acero en los campos de batalla. La juventud, lo mejor del proletariado será destruida locamente para defender la patria que no le pertenece, que no es otra cosa que la manta que cubre los capitales de la burguesía.

No creemos, no podemos creer que la clase obrera de Europa sin una reflexión, sin un gesto, sin una santa rebelión se deje, pobre y desheredada, conducir resignadamente al campo de la guerra para defender lo que no le pertenece, lo que es de los ricos por cobardía de los pobres. Hasta el momento, ni una sola noticia nos ha llegado de Europa, que nos deje entrever la oposición de la clase obrera a la guerra. Nada sabemos de la actitud que asumirán los revolucionarios en estos momentos. Pero suponemos que esto se debe a la censura y al estado de sitio que impide la transmisión de noticias que puedan ser perjudiciales a los gobiernos.

El proletariado no creemos será totalmente víctima de ese viento de locura guerrera que agita los nervios de grandes masas embrutecidas y reducidas al nivel más lamentable de bestias.

Los pueblos armados no llevarán a su fin la obra de exterminio que desea el Estado bárbaro, la patria criminal y la burguesía degenerada. De un momento a otro es posible que los gobiernos reciban la noticia de que la guerra no será entre naciones, sino entre clases. El proletariado tiene en sus manos suficiente poder para impedir la guerra. Más, tiene poder para dirigirla triunfante contra la sociedad actual, contra el régimen presente lleno de infamias y organizado para el crimen de la guerra entre los hombres. La revolución es la conclusión fatal a que conduce la guerra europea. Y si no se produce en los presentes momentos en que una gran sugestión colectiva ha despertado las barbaries atávicas de la especie y se obedece sólo a los impulsos de animalidad, cuando los efectos de la formidable hecatombe empiecen a sentirse, se operará la reacción inmensa contra la guerra y las armas, más de un país se inclinará por la revolución social.

Nadie puede acusarnos de violentos y enemigos del orden al querer destruir una sociedad cuya organización conduce a monstruosidades y salvajismos como los que presentan las naciones de Europa. La revolución, que todos los proletarios esperamos, es en Europa una necesidad de cuya satisfacción depende la propia vida de la clase obrera.

Por de pronto, los trabajadores lanzamos la más franca condenación a toda guerra. De todos los congresos obreros celebrados en Sudamérica han salido acuerdos en que a la guerra se contestaría con la Huelga General Revolucionaria. Por eso, ante la guerra europea, nuestra protesta debe hacerse sentir.

Los trabajadores de la Argentina, sin distinciones de nacionalidades ni de ninguna índole, sabrán lanzar un formidable anatema contra todos los causantes de las guerras.

Y en el caso probable de que la revolución sea un hecho antes que termine la guerra europea, desde aquí toda nuestra solidaridad debemos prestar al proletariado que se decida a ello. Nuestro apoyo debe ser un hecho, sin vacilaciones, aun a costa de generalizar hasta aquí a revolución.

Los trabajadores no queremos patrias ni banderas y todos los trabajadores del mundo no tenemos más que un enemigo: “la sociedad burguesa”.

Trabajadores: contra la guerra, contra la burguesía, la revolución social.

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